Seis temporadas después regresaba La traviata al ciclo Òpera a Catalunya, un título de éxito seguro, como demostraba La Faràndula sabadellense llena y unos aplausos recurrentes entre números. Esta clausura de temporada recupera la escenografía de 2020, con unos protagonistas a la altura y una puesta en escena que funciona porque explica la historia con inteligibilidad, de manera directa, con una ambientación que emula los años cincuenta y ambientes de clase alta. Entre los detalles acertados cabe citar la inclusión de la pareja de baile en la fiesta de Flora y la personificación de la muerte en el tercer acto, como acento de contraste entre vida y fatalidad, entre drama íntimo y esfera social.

La escenografía única, convenientemente embellecida y adaptada a cada acto en luz y atrezzo, se basaba en dos niveles y una gran escalinata en curva como eje dominante —y tenuemente rupturista de la habitual frontalidad—, símbolo también de ascenso y caída social de la protagonista. Además, reforzaba su funcionalidad dotando de fluidez las entradas y salidas del coro. Un coro, por cierto, con numerosas renovaciones y un rendimiento fantástico (en pulsación y crescendo en “Si ridesta in l’aurora” y en el concertante del acto II), fruto del trabajo continuado de Daniel Gil de Tejada.
En el podio, Andrés Salado sigue creciendo como maestro (compartiendo funciones con Daniel Gil de Tejada), con una lectura musicalmente vívida, con empuje, que aporta tensión y un sentido genuino del drama a toda la representación. Al frente de una OSV resolutiva, el director madrileño encuentra un buen equilibrio entre foso y escena, priorizando la voz y dejando espacio a los solistas para respirar sin perder la pulsión teatral, marcando con la mano izquierda (cadencias vocales incluidas), generando contrastes y una riqueza orquestal que confirma su afinidad con el género. Dos muestras evidentes: el impulso y la fuerza obstinada en “Invitato a qui seguirmi” y la tensión sostenida del concertante del acto II con la texturación de las voces en “Di sprezzo degno”.

Recordada por unas irreprochables Liù (Turandot) y Micaela (Carmen) de temporadas anteriores, a Tina Gorina le llegaba la gran oportunidad que desde hacía años merecía. Sustituyendo in extremis a una indispuesta Maria Miró, ofreció una demostración de autoridad interpretativa y dominio instrumental, con una facilidad vocal casi insultante —incluidas las numerosas ocasiones en que debe cantar tumbada—. Su Violetta destaca por una naturalidad y madurez notables, con una voz nítida y carnosa, un leve claroscuro en el centro, vibrato agradable y un agudo brillantísimo, sostenido por un legato extraordinario y un uso refinado del fiato y las medias voces. Tomen nota las jóvenes cantantes de cómo frasear el “Dite alla giovane” en un trazo amoroso, delicado y sostenido en un largo arco en pianissimo poco habitual en este teatro.

El Germont de Luis Cansino no responde al modelo canónico de kavalierbariton, optando por una tinta más dramática que se impone por la veteranía —especialmente en el dúo con Violetta—, por el timbre oscuro y por una línea de canto trabajada con apianamientos y medias voces. No desaprovecha su momento de mayor lucimiento en el consabido “Di Provenza”, defendiéndose con solvencia en la cabaletta posterior y resolviendo el rol con firmeza, construyendo un personaje que evoluciona desde un carácter inicialmente marmóreo, distante y autoritario. Queda así el buen recuerdo de un intérprete que ha anunciado que, tras las funciones sabadellenses, retirará este papel después de dos décadas en los escenarios españoles y extranjeros.

Por su parte, y aunque necesita evolucionar escénicamente —quizá con una dirección de actores más incisiva—, el Alfredo de Antoni Lliteres convence por la maleabilidad alcanzada en el fraseo, reduciendo ciertas emisiones fijadas de temporadas anteriores. Su canto es atractivo, con volumen indiscutible y unos medios que, con inteligencia, deberían garantizarle un amplio recorrido profesional. Lo reitero, como desde hace tiempo: habemus tenor. Que se le cuide. Igual que se han cuidado otros aspectos como la inclusión en los programas de mano del calendario de conferencias en las bibliotecas catalanas.
Correctos, finalmente, los comprimarios, desde la Annina de Laura Obradors hasta la Flora de Tamara Abraão que, pese a alguna irregularidad propia de la juventud, apunta hacia papeles de envergadura con unos medios de gran alcance. Démosle tiempo y oportunidades, como también a Jordi Torrents, que ha cerrado su primera temporada como director artístico con un balance satisfactorio aunque ambivalente: unas flojísimas Le nozze di Figaro y una irregular y tediosa Norma, frente a la medalla de mérito de El holandés errante y esta excelente La traviata.

















