No cedió el brío en el Municipal. Una notoria destreza actoral, lírica y orquestal marcó la vuelta de Andrea Chénier a la Ópera Nacional, después de cuatro décadas. En una producción del Teatro Comunale di Bologna, la función ofreció una interpretación dramática de espectacular potencia. En los movimientos, en el canto, en el frenetismo de los personajes que, sumidos en la desesperación y la decadencia, ven a la muerte como glorificación del amor; fue la fuerza la que, bien administrada, condujo la complejidad de la historia. Las dudas, arrepentimientos y deseos se debatieron entre retumbantes arias de irrefrenable pasión.

Escena de <i>Andrea Chénier</i> en el Municipal de Santiago &copy; Alberto Díaz | Municipal de Santiago
Escena de Andrea Chénier en el Municipal de Santiago
© Alberto Díaz | Municipal de Santiago

Ya desde el comienzo es expreso el conflicto: la aristocracia contra la ciurmaglia —como apoda la Condesa al pueblo—, la Historia contra los anhelos. La elección de un tempo ligeramente más lento prolongó el protagonismo de los bronces, exponiendo su pulcro trabajo en las notas de mayor duración. En la percusión, el juego entre timbales y tambores facultó el relato narrativo. Con exacto pulso, precedieron ora el gentío revolucionario, ora los abruptos cambios sentimentales. La dirección de Sergio Alapont estableció un contraste a través de un volumen alto y constante en los momentos instrumentales —grandilocuentes y estridentes— y suave en los vocales. En las arias, la orquesta acompañó con cuidada acentuación y subrayando las líneas vocales. Cerca del final, en cambio, la proximidad del clímax incrementó la energía orquestal, culminando en un brillante “Vicino a te”.

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La irrupción de las masas en la intimidad sentimental de los protagonistas dio la oportunidad al Coro del Teatro Municipal de demostrar su excelencia en los fortissimi. La violencia de la muchedumbre enardecida a finales del segundo bloque resultó en una teatralidad espeluznante. En medio de la agitación corporal, el Coro mantuvo una afinación y estabilidad vocal excelentes. En el tercer acto, sus miembros se disgregarían en el espacio y exclamarían por sí solos y en conjunto, culminando en una actuación sobrecogedora entre saltos, peleas, protestas y caídas.

El barítono Gihoon Kim (Carlo Gérard) en el centro &copy; Alberto Díaz | Municipal de Santiago
El barítono Gihoon Kim (Carlo Gérard) en el centro
© Alberto Díaz | Municipal de Santiago

Evelyn Ramírez interpretó a una enflaquecida Madelon de imperturbable espíritu guerrero que ofrece a su nieto al ejército revolucionario. En Son la vecchia Madelon”, el paso desde una voz trémula hasta un desborde sostenido en el último agudo le valió un merecido reconocimiento en los aplausos finales. Paulina González hizo hincapié en la dualidad de las falsas apariencias en el papel de Bersi. Con un adecuado vaivén interpretativo entre dulzura y fortaleza, elaboró un personaje complejo con pocas palabras. Lo mismo ocurrió con el Fouquier de Ramiro Maturana, de carismática actuación y dicción.

La ambientación de época, a cargo de Nicolás Boni y Stefania Scaraggi en el vestuario, admitió una compleja ostentación de tocados rococó, peinados extravagantes y decoración de la época. Como detalle, los vestidos del primer acto estaban algo quemados en la base, anticipando el incendio de la casa. Asimismo, el planteamiento del salón de los Coigny como metáfora de una pintura paisajista cuyo marco se hallaba a maltraer, resultó atractivo.

Antonio Gandía (Andrea Chénier) y Gihoon Kim (Carlo Gérard) &copy; Maria Pia Merani | Municipal de Santiago
Antonio Gandía (Andrea Chénier) y Gihoon Kim (Carlo Gérard)
© Maria Pia Merani | Municipal de Santiago

Si bien es común la reticencia al uso de proyecciones de video en producciones operísticas, su uso en este caso como telón de fondo fue adecuado. Primero, fue una pintura campestre en donde las hojas de los árboles se mecían durante “Un dì all'azzurro spazio”. Luego, edificios derruidos o un haz de luz del alba. Fueron los monumentales ornamentos en escena, como la estatua desmantelada de Luis XVI o el tribunal en dos plantas, los que, en conjunto con la actuación del Coro, enriquecieron el declive moral.

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Sin embargo, fue el triángulo protagónico el indudable victorioso de la jornada. Gloria Jieun Choi asombró con una Maddalena de poderosísima proyección, lo cual no le impidió culminar “La mamma morta” con un excelente diminuendo que desapareció entre los trémolos de las cuerdas. A pesar de su marcado vibrato, mantuvo una afinación exacta. Antonio Gandía deleitó con un poético y emocional Chénier. Menos enérgico en el registro medio, aprovechó los agudos para sobresalir y presentar el idealismo de su personaje; de ligero vibrato y desgarradora expresividad, concentró en ellos su potencia vocal. En los duetos, subió el volumen de la voz mientras Jieun Choi lo reducía, logrando acoples de gran calidad. “Viva la morte insieme” retumbó por la sala con concisa sincronización orquestal.

Antonio Gandía (Andrea Chénier) y Gloria Jieun Choi (Maddalena de Coigny) &copy; Alberto Díaz | Municipal de Santiago
Antonio Gandía (Andrea Chénier) y Gloria Jieun Choi (Maddalena de Coigny)
© Alberto Díaz | Municipal de Santiago

Gihoon Kim interpretó a Carlo Gérard con vigor, mezcla de rencor y bondad. La transformación entre villano arrojado a sus pasiones y héroe trágico se llevó a cabo en “Nemico della patria” donde, bandera francesa en mano, ofreció una interpretación magistral al estilo atronador de Cappuccilli que acabó en una mandíbula tensa de emoción mientras resonaban los “¡bravo!” en la sala. Compartió con Maddalena el control en el vibrato, capaz de estremecer y enternecer al mismo tiempo. Hizo el tercer acto completamente suyo, destacando la diferencia entre su pesimismo y la romántica poética de Chénier.

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