Seis bises. Es, tal vez, la forma de sintetizar el espíritu de un concierto que no por repetido dejó de ser único. Sokolov nos visita casi cada año, en esta ocasión de gira por varias ciudades españolas, y sus conciertos han acabado por tener más de procesión ritual o liturgia mística que de cualquier otra cosa. Son sesiones generosas, ya largas antes de comenzar con las propinas, y con un nivel de concentración en el público que raramente se repite en otros ciclos de conciertos. Sin toses. Sin móviles. Se acude a la sala con una placentera culpabilidad, donde prima la sensación del que espía tras la cortina, esa intuición de conformar entre todos una nueva raza de indiscretos James Stewarts con prismáticos que ejercen de voyeurs del genio de Sokolov, que transige en ser observado.

El pianista ruso Grigory Sokolov © AMC Artists Management
El pianista ruso Grigory Sokolov
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El secreto del pianismo de Sokolov radica en su idea del retorno a las Ítacas, con principios y finales poco espectaculares y con nada que dar más allá que el propio camino, que diría Kavafis. No hay un hilo argumental o una ligazón dramática en su Beethoven, ni un Bach imbuido de dinámicas historicistas. Tanto uno como otro se resuelven con una sucesión de paisajes, rincones y miradores selectos que se concatenan sin ningún tipo de coherencia interna. Es un álbum de fotos desordenado pero que funciona (y de qué modo) por alguna pericia secreta o prestigio inconfesable. Arrancó Sokolov con una Partita nº 1 de Bach poco recomendable para oídos puristas, de trino trabajado y licencias por doquier en cuanto al legato y al uso expresivo, casi diríamos que melódico, del contrapunto. La Sarabande fue ralentizada al límite del derrumbe, desmembrándola para luego reconstruirse en sonidos aislados, como una caja de música que se fuera quedando sin cuerda. En este concienzudo proceso de derribo, la música sólo resultaba inteligible a medida que el oído se acostumbraba a moverse a ritmos menos vertiginosos.

La Sonata nº 7 en re mayor de Beethoven, que ponía fin a la primera parte, fue otro nuevo ejemplo de visión muy personal (que nunca caprichosa) de una obra que ya se ha escuchado del derecho y del revés, y sobre la que es difícil decir nada nuevo. Con un virtuosismo recatado, una inusual potencia de ataque y un uso del rubato al alcance de Gilels, Leonskaja y un par de nombres más, la construcción de la sonata fue admirable, con una nueva sucesión de espacios independientes que no estaban marcados por las pausas de los movimientos, sino por el juego de matices y timbres que conseguía con el pedal y los contrastes de color en el sonido de su Steinway.

Sokolov ofreció un magnífico concierto el pasado día 9 en Madrid © AMC Artists Management
Sokolov ofreció un magnífico concierto el pasado día 9 en Madrid
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La segunda parte se dedicó íntegra a Schubert con una sorprendentemente profunda lectura de los Six moments musicaux centrada en los ostinati que aparecen aquí o allí, y que funcionan como esqueleto para construir discursos de enorme complejidad en unas obras que hasta ahora, no parecían haber dado para tanto. Para el pianista ruso las fronteras entre la forma y el fondo son difusas, y mensajes altamente evolucionados caben en receptáculos pequeños y sencillos.

Tras los aplausos siempre enfervorecidos, Sokolov dio comienzo a una tercera parte, la de las propinas que mantuvo cerca de media hora más, con seis bises que recorrieron un itinerario con mucho de inédito, entre las mazurkas de Chopin y los corales de Bach. Sin apenas un gesto de cariño o emoción, el pianista dejó el escenario madrileño ovacionado un año más. En estos días de desencantos a tantos niveles, decir que un concierto así es un milagro puede pecar de grosero y rozar lo frívolo. Dejémoslo entonces en discreto milagro, pero milagro al fin y al cabo. 

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