Cuando empecé a escribir crítica, uno de los primeros consejos que recibí fue el siguiente: “David, nunca digas eso de «no dejó a nadie indiferente» porque, en primer lugar, está muy manido y, segundo, nunca es cierto”. Puede que el estreno de Tosca dejase a alguien indiferente, pero no fue una representación más. Hay que comenzar diciendo que, ya de por sí, Tosca no es una obra cualquiera. Es una ópera muy profunda con una capacidad emotiva brutal. La cita de El recurso del método de Alejo Carpentier al comienzo del programa de mano no es casual. Usada de la forma adecuada, la música de Puccini puede dirigir, sin duda, a la revolución, y de ello intenta convencernos Paco Azorín.

Joseph Calleja (Mario Cavaradossi) y Sondra Radvanovsky (Floria Tosca)
© Javier del Real | Teatro Real

El primer acto es el más elaborado, elegante e inteligente en cuanto a la puesta en escena. El escenario del Real se transforma en una la fachada de una iglesia barroca revestida de negro y que nos recuerda a ese barroco oscuro de Zurbarán, algo que no es casual, pues también pudimos apreciar las famosas representaciones de las Santas vírgenes de este pintor. La iluminación de Pedro Yagüe también nos evoca este barroco oscuro sevillano con una penumbra rota por un único foco lateral, recordando a los bodegones del pintor extremeño. El detalle de mostrar a las santas desnudas durante el Te Deum para mostrar la lujuria oculta tras la fachada del reverenciado Scarpia resulta un detalle magistral que se complementa muy bien con esa Floria Tosca disfrazada de sacerdote y bajo el palio –que siempre cubre lo sagrado– y que Scarpia descubre durante su interpretación. Una pena que en el resto de actos no se notase ese mismo cariño y, salvo por algún detalle como el descubrimiento de las jaulas ocultas tras cortinas rojas de terciopelo, podemos decir que la escena fue de una sobriedad prácticamente soviética, pareciendo que Cavaradossi había sido mandado, en lugar de a Sant’Angelo, a un gulag siberiano.

Sondra Radvanovsky (Floria Tosca)
© Javier del Real | Teatro Real

Sin embargo, poco importaron a partir del segundo acto ya los escenarios, pues el foco de atención se trasladó completamente a las voces y a la orquesta. Nicola Luisotti realizó una dirección épica de la Tosca. El maestro comprendió a la perfección el sentido de la música de Puccini, que es similar al de las actuales bandas sonoras. Su labor consistió en acompañar y sobresalir solamente –aunque no es cuestión menor– para exaltar las emociones acompañando tanto al canto como a la acción. De este modo, pudimos apreciar grandes ejemplos de paisajismo sonoro durante el primer acto y unos detalles muy cuidados sin los que las arias no hubieran tenido el mismo éxito. En cuanto a las voces, en el primer acto destacó principalmente un Scarpia excelentemente interpretado por Carlos Álvarez. El barítono malagueño dominó completamente la escena y supo proyectar un potente chorro de voz que le permitió batirse con comodidad con la soprano Sondra Radvanovsky en un dueto que me pareció mucho más destacable que el que realizó con el tenor. La voz de Joseph Calleja, en efecto, no estuvo en un estado adecuado hasta el segundo acto cuando, por fin, pude escuchar un "Vittoria! Vittoria!" a la altura de lo que se esperaba del tenor maltés. Estuvo en este segundo acto potente, con mucho cuerpo y sin flemas que enturbiaran sus agudos. Tampoco estuvo mal vocalmente el "E lucevan le stelle", sin embargo, no supo demostrar la misma naturalidad que sus compañeros, lo que me hace pensar que, quizás, a este tenor verdiano Puccini se le quede aún algo grande.

David Lagares (Sciarrone) y Carlos Álvarez (Barón Scarpia)
© Javier del Real | Teatro Real

La soprano Sondra Radvanovsky fue la protagonista de la noche gracias a ese histórico bis que le fue demandado de manera unánime por el público tras un "Vissi d’arte" memorable. Me lo he preguntado desde que acabó la representación, ¿qué tuvo de especial? y, ¿por qué me resultó mucho más espectacular que el bis? Creo haber encontrado la respuesta en la naturalidad. En como tanto la orquesta como la voz se ponen de acuerdo en empujar la música hacia esa pregunta, la misma del último aliento de Cristo en la cruz: “¿Por qué, Señor?”. En ese instante, con esa llegada tan natural al agudo, Radvanovsky desborda toda la emotividad que había acumulado y empuja al alma a un estado de conmoción. La orquesta recoge esa emoción con la interpretación del tema principal y sostiene por un instante la cadencia final, creando un efecto de dominancia sobre la emoción. La messa di voce de la soprano acompañada de los acordes del arpa termina por simbolizar ese dominio de la emoción, esa represión, esa humanidad, en definitiva, con la que se logra una absoluta empatía con el personaje de Tosca. Quizás por ello, la repetición, al ser artificiosa, no permitiese ese mismo grado de empatía que hizo de la velada un momento histórico, y que nos hizo sentir afortunados de haberlo presenciado.

No fue el único momento histórico de una noche en la que escena, orquesta y cantantes supieron mover las emociones de un público, tan entregado, que emitió un ahogado grito con la última nota de Tosca. Lo que ya no sé es si fue por empatía o por saber terminado tan gran espectáculo.

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