Cuentan que Valentino salió escandalizado tras ver a Violetta vestida con un impermeable transparente en Milán y se puso manos a la obra para recuperar el estilo perdido en la ópera por el azote del teatro de autor. Unos años más tarde, el diseñador ha cumplido su sueño: el resultado ha sido una producción mediática, con firma de alta costura, que demuestra que la potencia de las grandes obras está por encima de cualquier interpretación, incluso aquellas que la conciben como una visita a un glamuroso museo del traje.

Una elegante <i>Traviata</i> en el Palau de les Arts © Miguel Lorenzo / Mikel Ponce
Una elegante Traviata en el Palau de les Arts
© Miguel Lorenzo / Mikel Ponce

Como en las mejores pasarelas, el estilo y la elegancia presiden esta producción y enamoran a los ojos. Los ambientes clásicos de grande maison se suceden como fondos impecables para la exhibición de modelos exclusivos. Hay momentos memorables, como el de esa Violetta humillada, de intenso rojo valentino sobre fondo negro, que confirman el irresistible poder de la imagen. Una apuesta escénica en la que el drama se aleja de las profundidades y se sitúa en las telas, en los envoltorios, deliciosamente elegantes y magníficamente epidérmicos.

<i>La traviata</i> a cargo de Sofia Coppola en el Palau de les Arts © Miguel Lorenzo / Mikel Ponce
La traviata a cargo de Sofia Coppola en el Palau de les Arts
© Miguel Lorenzo / Mikel Ponce

No parece casual que se haya elegido a Sofía Coppola para la dirección de actores. Recordemos que es la responsable de mostrar la historia de Maria Antonieta como un simpático video clip y un terrible relato de un suicidio múltiple como un anuncio de moda juvenil. Al carácter somero de la narrativa de Coppola, se une el hecho de que teledirigiera esta producción, sin llegar a estar presente en Valencia, por lo que su aportación teatral a la escena es prácticamente inapreciable. Coppola cumple su papel, aporta marca y apellido, y deja espacio a los figurines y decorados, los verdaderos protagonistas de la producción.

La soprano lituana Marina Rebeka creó una espléndida Violetta, mostró unos excelentes medios vocales y técnica sobrada para cubrir el abanico de necesidades que se requiere para el papel. Se mostró cómoda y natural en unas coloraturas y agilidades bien dibujadas, presumió de un buen dominio de las dinámicas con emotivos filados, y cimentó todo ello en un sensual color, homogéneo en toda la tesitura, y en un arrebatador caudal incluso en la zona grave. Un placer para los oídos por el que la cantante no dudó en sacrificar la dicción. Se hubiera agradecido un tanto más de patetismo para completar una actuación redonda. Seguramente por las características de la producción, tanto su "Amami, Alfredo" como el "Gran Dio! Morir si giovane" tuvieron más de lucimiento vocal que de carga emocional.

Marina Rebeka y Plácido Domingo © Miguel Lorenzo / Mikel Ponce
Marina Rebeka y Plácido Domingo
© Miguel Lorenzo / Mikel Ponce

Frente a este torrente vocal, el Alfredo de Arturo Chacón-Cruz resultó insuficiente. Mostró problemas de proyección y tendencia a la inestabilidad en el tercio alto. Su mejor momento fue sin duda el segundo acto en solitario cuando, con la orquesta al mínimo, pudo exhibir una buena dosis de sensibilidad, celebrada por un público bien dispuesto a dejarse enamorar.

A Plácido Domingo solo se le puede calificar de milagro viviente. Desde hace años hemos creído que cada vez que lo escuchábamos en directo sería la última que podríamos disfrutar de su oficio, al menos con buena calidad, y en cada ocasión nos hemos equivocado. Hizo una admirable interpretación de Germont, aunque por supuesto, atípica. Se ha criticado hasta la saciedad que aborde este papel argumentado –y es cierto– que su voz no es de barítono. ¿Y a quién le importa? A su edad y con su experiencia la voz sigue asombrosamente potente, milagrosamente firme y exhibe un color inesperadamente sano. Puede sufrir en los episodios de carácter más ágil hacia la zona baja, pero esto no emborrona el conjunto de su actuación. Son esos más de cien papeles a sus espaldas los que le otorgan ese canto sabio, sentido y tan honradamente musical, que nos conecta con la esencia de la obra y nos hace olvidarnos por completo de la necesidad de cualquier modelo de lujo sobre el escenario.

Escena de <i>La traviata</i> © Miguel Lorenzo / Mikel Ponce
Escena de La traviata
© Miguel Lorenzo / Mikel Ponce

El director Ramon Tebar realizó una labor imprescindible para llevar la función a buen puerto, una interpretación sobresaliente a través de la siempre impecable Orquesta de la Comunidad. Fue él quien asumió el reto de dar carga dramática al conjunto a través de sonidos exuberantes, tiempos muy flexibles y acentos exagerados, siempre al servicio de una mayor emotividad. Junto con Domingo y Rebeka, puede apuntarse el mérito de dotar de numerosos momentos de verdadero arte a una producción que parecía sentenciada a lo superficial desde su misma concepción.

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