La temporada de la Sinfónica de Galicia continuó su periplo con un aforo creciente que de forma progresiva se acerca al tan deseado cien por cien. Aforo que conlleva recuperar toses inoportunas, ruidosos caramelos, móviles, voces infantiles y ese largo etcétera que formaba parte de la vieja normalidad. Pero la pandemia nos ha enseñado a ser flexibles, así que obviando estos imponderables, disfrutamos al máximo viendo en acción al santanderino Jaime Martín, uno de los directores españoles más influyente del momento. Sus titularidades en las cuatro esquinas del globo, más su nombramiento como principal invitado de la ONE, convierten a sus conciertos en España un auténtico privilegio.

Jaime Martín
© Chris Dunlop

El hermoso programa se inició con la Obertura en do mayor de Fanny Mendelssohn; su única obra para orquesta no vocal, escrita el mismo año que su hermano escribía la Sinfonía núm. 5. Su programación se suma a la reivindicación por parte de la OSG de mujeres compositoras como Alma Mahler, Clara Wieck y Louise Farrenc. Es Mendelssohn una compositora casi inédita en España; injustamente, pues se trata de una voz musical propia, aunque con lógicas afinidades con la música de su hermano y de otros coetáneos. Su obertura es una pieza sofisticada y extrovertida. La introducción, con su ensoñador diálogo de las maderas –en el que hubo algún desajuste- y las ondulantes melodías de las cuerdas, inspiró la Renana de Schumann. Tras un hermoso solo de la flauta –con una excelsa María José Ortuño, discípula en su día de Martín– éste construyó de forma orgánica, la importante transición al Allegro di molto. En el desarrollo, los dos temas principales, impetuoso y lírico, dialogaron de forma fluida. La coda, Piu presto e sempre acelerando, es problemática para el director, pero fue bien recibida por un público que en su fuero interno lamentaba el silenciamiento en vida de creadoras como Mendelssohn.

Un aliciente adicional fue la presencia de Pablo Ferrández; uno de los grandes del chelo. En las Variaciones rococó exhibió su afinación impecable, espléndida técnica y el maravilloso color de su Stradivarius. Estas variaciones, especialmente las más lentas, encuentran su vehículo perfecto en la elegancia interpretativa de Ferrández. Aquellos a los que no les satisfaciese la introspección de su fraseo, seguro claudicaron ante su exhibición técnica en el Allegro vivace y en la coda. Asimismo, insuperable el diálogo en la Variación IV, y la intensidad desplegada al en la cadencia previa a la Variación VI. El acompañamiento fue respetuoso con el solista aunque se agradeció poder escuchar en soledad a Ferrández en la Sarabanda de la Suite núm. 3 de Bach. Una interpretación intimista y llena de incontables matices.

La Sinfonía núm. 5 de Mendelssohn, menos habitual y convencional que sus ilustres predecesoras, permitió valorar de forma más exhaustiva el hacer de Martín. Éste desplegó energía a raudales; la misma que emana de su asombrosa personalidad. Esto se tradujo en una versión incisiva y afirmativa. Fue especialmente llamativa la forma en que Martín, forjado en la escuela británica, hizo que la Sinfónica sonase como una orquesta del Reino Unido, extrayendo de la OSG la energía y el vigor que caracteriza a las orquestas británicas. Esto se tradujo puntualmente en una dinámica excesiva y cierta asincronía entre las secciones, pero el resultado global fue exitoso; tanto en los pasajes intimistas –como el Amen de Dresde, el sublime Andante o el coral con el emotivo solo de flauta–, como en los más incisivos –por ejemplo el Allegro vivace con unas maderas excelsas. Un gran éxito para la orquesta y para Martín que recibió muestras de cariño por parte de músicos y público.

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