El ciclo Marcos Históricos constituye una de las propuestas más singulares del Festival Internacional de Santander, pues permite disfrutar de conciertos excepcionales en espacios de especial valor patrimonial, algo para lo que Cantabria ofrece un abanico difícilmente igualable. Lejos de agotarse, su número de sedes y propuestas crece cada año, incluso con varias de ellas coincidiendo en el tiempo. En esta ocasión, la iglesia de San Miguel Arcángel de Puente Viesgo acogió a Musica Ficta y a su director, Raúl Mallavibarrena, con Columbus. La Puerta del Nuevo Mundo, un viaje por la música colonial americana de los siglos XVI y XVII. Un repertorio nacido con la llegada a América de la polifonía religiosa europea, pero pronto transformado por su contacto con las lenguas, los ritmos y las tradiciones indígenas y africanas.

La velada comenzó de manera poco convincente con A la xácara, xacarilla, de Juan Gutiérrez de Padilla, pues la suma de las seis voces, la cuerda pulsada y la percusión generó una sonoridad demasiado expansiva para las reducidas dimensiones del templo. Fue, sin embargo, el único momento en que se planteó este problema. El resto del programa se ajustó perfectamente a las características acústicas del recinto. Así sucedió en Los coflades de la estleya, villancico de negros de Juan de Araujo, de ritmo contagioso y marcada naturaleza danzable, interpretado con vivacidad pero sin convertir sus rasgos populares en caricatura. Más sofisticado en su textura resultó A Belén me llego, tío, de Gaspar Fernández. Las coplas, alternadas por el tenor Fran Braojos –excelente durante toda la velada por claridad, flexibilidad y adecuación estilística– y la soprano Lore Agustí establecieron un diálogo constante con el conjunto, coronado por un bellísimo responsorio a cuatro voces.

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Música Ficta en la Iglesia de San Miguel de Puente Viesgo © Festival Internacional de Santander
Música Ficta en la Iglesia de San Miguel de Puente Viesgo
© Festival Internacional de Santander

La música de Gutiérrez de Padilla, el compositor más representado de la noche, regresó con tres piezas interpretadas sin solución de continuidad. Formado en Málaga y maestro de capilla de la catedral de Puebla desde 1629 hasta su muerte, Padilla fue una de las grandes figuras musicales de la Nueva España. De carámbanos el día viste, calenda navideña construida sobre imágenes invernales que acompañan el camino hacia Belén, destacó por la plasticidad de su escritura vocal. A continuación, el villancico Las estrellas se ríen, compuesto para la Navidad de 1655, desplegó una brillante policoralidad. Su romance inicial condujo al impetuoso estribillo “Afuera, afuera”, cuyas alternancias entre los cantantes, divididos en dos pequeños coros, fueron resueltas con precisión y desenvoltura. Muy distinto fue el breve Stabat Mater, menos contemplativo y más rítmico de lo habitual en el género, aunque Mallavibarrena lo condujo hacia una quietud expresiva que reveló otra faceta del compositor. Fue una magnífica oportunidad para que las seis voces luciesen su empaste, la precisión de la afinación y el cuidadoso equilibrio entre las distintas líneas.

El tránsito hacia las lenguas indígenas llegó con Sancta Maria y la intimista Xicochi conetzintle, dos breves chanzonetas en náhuatl vinculadas al archivo poblano e interpretadas sin interrupción. A continuación, Hanaq pachap cusi cuinin, himno procesional en quechua publicado por el sacerdote Juan Pérez Bocanegra en su Ritual formulario de 1631, dejó percibir el encuentro entre la polifonía europea y una sensibilidad melódica y rítmica de inspiración autóctona.

Mientras las voces reposaban, la guitarra barroca de Uxía Delgado adquirió protagonismo en las Gaitas y folías gallegas de Santiago de Murcia, conservadas en el Códice Saldívar. Volvieron las voces con No sé si topo, letra dedicada a Nuestra Señora del Topo, y el festivo villancico Oiga, niño mío, ambos del compositor bogotano José de Cascante. Ambas piezas recuperaron el pulso más popular del programa. Seguidamente, Desvelado dueño mío, del hispano-peruano Tomás de Torrejón y Velasco, envolvió la iglesia en una atmósfera serena y atemporal. El balanceo melódico de este rorró navideño a siete voces disfrutó de una interpretación especialmente evocadora y sensible. El cierre llegó con Convidando está la noche, del mexicano Juan García de Céspedes, sucesor de Padilla en la catedral de Puebla. Su estribillo en forma de guaracha condensó lúcidamente el carácter popular, bailable y multiétnico del barroco americano. Como propina, la cachua peruana Dennos licencia, señores prolongó el clima festivo.

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Fue, en definitiva, una valiosa incursión en un infrecuente repertorio, mediante la cual Musica Ficta mostró que la obra de estos compositores no constituyó una simple traslación de los modelos europeos, sino el verdadero nacimiento de un lenguaje nuevo: mestizo, permeable y extraordinariamente vivo.

El alojamiento en Santander para Pablo Sánchez ha sido facilitado por el Festival Internacional de Santander.

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