Irene se impuso como protagonista indiscutible a los papeles titulares (Tamerlano en el libreto impreso, Bajazet en la partitura manuscrita) gracias al arte de Julia Lezhneva y el criterio de Thibault Noally, quien basó su edición del pasticcio vivaldiano en el texto de Agostino Piovene, seleccionando la música para aquellos números que faltan en la partitura. Para su aria del acto III, “Son tortorella”, decidió recurrir a “Quell’usignolo” de La Merope, de Geminiano Giacomelli, escrita originalmente, como las otras dos asignadas por Vivaldi a la princesa de Trebisonda, para Farinelli; las oportunidades para el lucimiento estaban, pues, garantizadas… para quien pudiese enfrentarse a la exigente escritura vocal.
Lezhneva es una cantante excepcional y superó los retos de estas tres arias con técnica y personalidad. Resolvió las vertiginosas agilidades de la célebre “Qual guerriero in campo armato” de Riccardo Broschi (de su ópera Idaspe) con una precisión pasmosa. No contenta con las dificultades existentes, consiguió aprovechar el da capo para adornar aún más la línea vocal. En el acto II, “Sposa, son disprezzata” (La Merope, Giacomelli) le ofreció la ocasión de mostrar su habilidad en el canto expresivo y en su aria final, la ya mencionada “Son tortorella”, volvió a asombrar con su facilidad para el ornamento. Las cadenzas y variaciones que introdujo en sus tres arias a veces se alejaban estilísticamente del lenguaje de sus autores y pecaban de cierto amaneramiento, pero se mantuvieron fieles al espíritu de su función original: ser vehículos con que dejar patente el dominio total del arte canoro.
Si estas tres arias para Farinelli constituían el mayor atractivo, Noally no descuidó en absoluto las demás. Su dirección sacó el máximo partido de cada número y mantuvo, sin decaer, el pulso toda la velada. En sus manos, los recitativos cobraban vida y nos recordaban que, a pesar de la pirotecnia vocal, la ópera sigue siendo teatro. Un momento especialmente reseñable fue el acompañamiento del aria de Asteria “La cervetta timidetta” (Il Giustino, Vivaldi) realizado con exquisita delicadeza por un cuarteto de violín (Noally, tocando su Jakobus Stainer de 1653), viola, violonchelo y laúd. Noally también tuvo un papel tan importante como inesperado en el aria de Idaspe “D’ira e furor armato”, que tomó de la ópera Montezuma de Vivaldi, sustituyendo en el último momento, por enfermedad, a la anunciada Anneke Scott (quien hizo el solo de trompa natural originalmente escrito para trompeta en el inicio de esta minigira en París, el pasado 6 de enero).
En el papel de Idaspe, la soprano Suzanne Jerosme destacó por la musicalidad y limpieza de su canto. Cada una de sus tres arias fue memorable: la belleza lírica de “Nasce rosa lusinghiera” (Il Giustino, Vivaldi), la perfecta ejecución de la coloratura desenfrenada de “Anch’il mar par che sommerga” (Semiramide, Vivaldi), que nada le tenía que envidiar a Lezhneva, y el diálogo con el violín en la ya mencionada “D’ira e furor armato”. En Andronico, la mezzosoprano Eva Zaïcik también ofreció un alto nivel de canto. Fueron especialmente bien recibidas las dos arias que Noally le asignó en el acto I: “Quel ciglio vezzosetto” (Il Giustino, Vivaldi), con unas variaciones de muy buen gusto en el da capo que arrancaron los primeros bravos del concierto, y su briosa versión de “Destrier che all’armi usato” (L’innocenza giustificata, Orlandini).
La contralto Anthea Pichanick aportó como Asteria un grato timbre carnoso y oscuro que contrastaba con las demás voces. Sus interpretaciones de “A chi fé giurasti un dì” y “La cervetta timidetta” (Il Giustino, Vivaldi) fueron agradables y melodiosas, pero a su personaje le corresponde el mayor número de arias —cinco— y al final parecía acusar el cansancio, rozando el parlando. Tanto Renato Dolcini en Bajazet como Cameron Shahbazi en Tamerlano tuvieron, a diferencia de sus compañeras, dificultades para imponerse a la orquesta. El primero compuso un sultán irascible e histriónico, el segundo, un vencedor algo indiferente que acabó palideciendo frente a la personalidad exhibida por los demás personajes. El contratenor mantiene un tono homogéneo incluso en el registro grave y el agudo tiene un brillo especial. Su aria di sortita “In sì torbida procella” (Alessandro Severo, Giacomelli) fue bien resuelta y adecuadamente potente, pero en la dramática “Cruda sorte, avverso fato!” (Semiramide, Vivaldi) las trompas lo sepultaron en no pocos pasajes.
Tras los prolongados aplausos y repetidos saludos de todos los artistas, Shahbazi, canadiense de ascendencia iraní, tomó un micrófono y se dirigió al público para homenajear la valentía del pueblo iraní sublevado, dedicándole una antigua canción iraní de aire melancólico, acompañado al laúd por Marc Wolff. Después de haber pasado la tarde con la recreación musical de dos brutales déspotas históricos, esta hermosa propina nos devolvió a la cruda actualidad y sus déspotas demasiado presentes.

