Tarde de reminiscencias húngaras en la sala Pau Casals de L’Auditori que desembocó en una gran aceptación entre el público asistente. Un repertorio popular algo idealizado por la mirada occidental pero riguroso en su empeño, hace de él una de las propuestas más acogedoras en estos últimos meses del año en el panorama musical catalán. El maestro Josep Pons vuelve a dirigir a una Orquestra Simfònica de Barcelona de pleno rendimiento, dejando ver su cumplimiento en uno de sus objetivos más férreos: el de promulgar obras desde principios del siglo XIX hasta nuestra actualidad, con especial atención en la música sinfónica.

Los primeros acordes del programa presentaron dos piezas de las Danzas húngaras de Brahms para dar comienzo al festín ‘etnomusicológico’ de la tarde. La Danza núm. 1 en sol menor es la muestra de ese exotismo encubierto construido a través de una melodía sencilla que, alternada con varios pasajes posteriores, toma una forma hipnotizante e incluso improvisada gracias a la introducción de cuerdas y vientos, encargados de la simbiosis del tempo atenuado del inicio con el más jocoso en el núcleo. En la Danza núm. 3 en fa mayor, el protagonismo lo toman los oboes entonando una melodía volátil que se va arrastrando durante toda la pieza hasta culminar en el ensalzamiento de su aparente simplicidad por parte de la sección de metales.

El director Josep Pons © Igor Cortadellas
El director Josep Pons
© Igor Cortadellas

La muestra continuó con la presentación de las Danzas eslavas, Op.72 de Dvořák, las cuales fueron creadas a partir del modelo presentado por Brahms anteriormente, aunque bastante opuestas en intencionalidad (Brahms persiguió las melodías del folclore tradicional, mientras que Bartók se interesó por los ritmos de éstas). El entusiasmo desborda en la Núm. 1 en si mayor por la percusión a base de platillos y timbales junto con la sección de violines en un tempo molto vivace. Coherente si al pensar que esta pieza fue creada para recordar el odzemek, una danza masculina proveniente de la tradición bohemia, en el que los movimientos son improvisados y son característicos los cambios de intervalos rítmicos. En contraposición, y que sirvió de enlace, la Danza núm. 2 en mi menor está basada en el dumka; la canción popular de orígenes eslavos en el que es singular su temperamento calmado y glorioso, se muestra en esta pieza de forma variable haciendo eco a los cambios bruscos de temperamento que se reflejan en ella por los violines y violoncelos concretamente.

Para lo último quedó la representación de la ópera atípica (y única) de Bartók, El castillo de Barbazul, Op.11. Con un libreto que bebió de la vertiente simbolista, la música de Bartók apela al pesimismo desde la riqueza musical y cromática que se halla en la misma. Una música encargada de generar toda la acción de la historia, y más bien presentándose como una cantata, este drama deforma la psicología de los personajes y de su mundo. Aunque de carácter musical ascendente, la historia es una vorágine de desgracias que hunden a los personajes a las puertas del comienzo. Las cuerdas graves de contrabajos y las primeras notas de oboes y clarinetes son los que sentencian este viaje al interior de lo humano, en un espacio único y atemporal; el castillo se presentó como un personaje más (mostrando su pervivencia a través de los suspiros ahogados de todo el conjunto de músicos) y que envolvió a una Judith (Rinat Shaham) y a un Barbazul (Robert Bork) en un enfrentamiento entre inflexiones y tensiones sobre los tormentos, la soledad y las contradicciones nacidas entre ambos en una línea vocal al estilo canto hablado o parlando-rubato. Una orquestación muy colorida y dramática que marcaba el paso de los acontecimientos con atino, dejando ver que quizás el trabajo escénico (el que permitía la disposición) quedó algo escaso a la hora de seguir el drama. El trabajo conjunto entre la batuta de Josep Pons y la orquesta logró recrear los coloridos propios de cada puerta del castillo del pentagrama de Bartók, así como los motivos temáticos que se repetían y acompañaban (como son la sangre o las lágrimas) hasta llegar a la asfixia de la quinta puerta; aquí tuvo lugar el momento más álgido de la ejecución y que representó la culminación del ejercicio, con trombones, órgano, timbales, sordina, trémolos de cuerdas y demás. Ante este despliegue, la mezzosoprano Rinat Shaham se impuso ante el muro orquestal con potencia y con una ejecución del aparato admirable durante toda la obra, todo esto acompañado de una interpretación rigurosa en el rol de la joven Judith. El barítono Robert Bork se mostró también desenvuelto, sin muchas complicaciones, pero más contenido en su rol. Fue muy meritorio el trabajo lingüístico realizado por los dos solistas para la representación de una obra tan intensa de habla húngara. Bravó!

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