Le nozze di Figaro es más una obra de perfección conjunta que un ensayo de virtuosismo individual. Mozart lo quiso así, Da Ponte lo escribió así: el resto, lo interpretamos así. Su arquitectura musical y su tejido dramático no es posible si no es aplicando una mirada global que hace posible la sinergia mozartiana, aunando genio y acción. Nadie tiene sentido en la obra sin el otro. Con esto, Marta Pazos llevó a cabo una propuesta que consolida ese mensaje unitario con uno de los planteamientos más disparatados y llamativos de las últimas temporadas. Siendo un alabanza a lo camp, combinando con su concepción estética personal, rescata la esencia de Le nozze a base de disfraces, comicidad y mucho sabor. La idea subraya la crítica social subyacente de la obra no precisamente entre líneas: la sitúa justo en el epicentro del escenario. En forma de tarta gigante.

Escena de <i>Le nozze di Figaro</i> en el Liceu &copy; David Ruano | Gran Teatre del Liceu
Escena de Le nozze di Figaro en el Liceu
© David Ruano | Gran Teatre del Liceu

La galería de personajes es un laboratorio humano de ingredientes y sabores, todos con un papel a ejecutar y convirtiendo el escenario en una gran cocina multicolor. Cherubino, Barbarina o Basilio componen la nata, el caramelo o el coñac; el poder, la inocencia o la picaresca forman parte de la concepción mozartiana del amor, así como lo son ciertos elementos culinarios para un pastel. Y es que, en palabras de Pazos, “el amor es una cuestión de química”; de manera literal, esa reflexión pasa a convertirse en acto y escena bajo la escenografía de Max Glaenzel y el vestuario de Agustín Petronio. Por jerarquías (para los humanos) y por capas (para los ingredientes), se simula esta lucha de poderes y sensaciones adornada por una esencia festiva y comunitaria. El metarrelato configura la dramaturgia de la vida en varios niveles de acción, adaptándola a un ritmo vertiginoso: un juego de disfraces e identidades que equilibran el significado entre la comicidad y la humanidad. En definitiva, un suntuoso pastel de novios gigante se auto-complementaba con guindas, huevos y merengues danzarines, mientras el reparto se sumergía en el drama interior a medida que la tarta se iba despedazando. La hilarante propuesta hizo sonreír a muchos y fruncir el ceño a otros tantos; dividió su resolución al trato escénico de la obra de Mozart. Aunque las discrepancias estaban ya encima de la mesa, cabe decir que, gustase o no, Pazos dejó su huella. 

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Sarah Blanch (Susanna) y Julia Lezhneva (Cherubino) &copy; David Ruano | Gran Teatre del Liceu
Sarah Blanch (Susanna) y Julia Lezhneva (Cherubino)
© David Ruano | Gran Teatre del Liceu

El estreno no vino muy rodado por el entusiasmo moderado de Giovanni Antonini —a cargo de la dirección orquestal del foso del Liceu— de lectura muy comedida. El carácter teatral en la precisión rítmica no fue demasiado acentuada, acogiendo las maderas un papel general de sencillo acompañamiento. De nuevo, el poder musical de la obra reside en la coordinación colectiva entre lecturas dramáticas y estilísticas; Antonini equilibró todas las cantidades, pero no acabó por destacar ninguna. Resaltó el papel flexible de los tempi y acompañó la precisión de los conjuntos, optando por el refinamiento estilístico del sonido y la naturalidad del fraseo. La dirección —transparente, balanceada y elegante— mantuvo una actitud de cohesión, pero sin ir más allá ni resaltar la personalidad de ciertos pasajes.

Sarah Blanch (Susanna), Luca Pisaroni (Figaro) y Adriana González (Condesa Almaviva) &copy; David Ruano | Gran Teatre del Liceu
Sarah Blanch (Susanna), Luca Pisaroni (Figaro) y Adriana González (Condesa Almaviva)
© David Ruano | Gran Teatre del Liceu

Por parte del reparto, se presentó una variedad heterogénea de timbres y resultados escénicos. Luca Pisaroni tuvo agilidad y dicción en el personaje, pero realmente no destacó por encima de su voz el gran sentido teatral, siendo un Fígaro a medio gas. Su homónima, Sara Blanch como Susanna, llevó a cabo una interpretación polifacética muy lograda. A Blanch siempre es una alegría escucharla: por la luz de su timbre, la ejecución limpia y clara, además de la agilidad del fraseo y la ternura evocada para su personaje. Con ella destacó también su contrapartida, la Condesa de Almaviva, interpretada por una Adriana González con control dinámico, tesitura amplia y un legato que marcó varios momentos de la noche. Sin duda, este tándem femenino fue quien se hizo con el protagonismo del estreno. Andrè Schuen como Conde de Almaviva, defendió sus líneas con elegancia en la exposición, pero tampoco acabó por reafirmar toda la paleta de su personaje. Otra de las favoritas de la noche, Julia Lezhneva, fue un Cherubino espontáneo, flexible en el fraseo, con energía y dominio escénico incuestionable. Cabe decir que, dejando de lado la diversión infantil del vestuario, ciertos momentos fueron definitivamente incómodos para algunos cantantes del reparto, escénica y vocalmente.

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Los protagonistas de <i>Le nozze di Figaro</i> &copy; David Ruano | Gran Teatre del Liceu
Los protagonistas de Le nozze di Figaro
© David Ruano | Gran Teatre del Liceu

Una receta musical con resultados muy heterogéneos, pero que no fue excusa para ovacionar extensamente a todo el equipo una vez finalizada la función. Este Le nozze de Pazos y Antonini acabó siendo, a la vez, la guinda del pastel y la tarta de la discordia de la temporada. Como todo, y especialmente en el teatro, la cosa va de gustos.

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