Un corazón palpitante y angustioso resuena en todo el recinto. Son los últimos latidos de una mente valerosa que se despide de un mundo cuestionado y bien vivido. Los timbales mantienen el pulso de Sócrates, mientras que las maderas altas y el resto de la orquesta difuminan el movimiento vital como si fueran la propia cicuta que envenena el torrente sanguíneo. Una sucesión de figuraciones veloces y esquizofrénicas, aparentemente aleatorias, contaminan el ambiente. Por momentos, no hay sensación de pulso estable, aunque súbitamente aparecen patrones rítmicos agonizantes. La Filarmónica de Bogotá recita sentencias de muerte separadas, perturbadoras y agobiantes. Las técnicas extendidas en los vientos, los cortes marcados de las cuerdas y la percusión y los efectos de todo el conjunto de músicos generan una masa sonora inescrutable para el oyente y los músicos. La textura se aliviana para dar paso a un solo de violonchelo que evoca la sirena de una ambulancia. De nuevo, la masa sonora se precipita y las maderas agudas retoman su caótico resonar. El tiempo se detiene y el silencio anuncia la Muerte de Sócrates.

Esta primera obra de la joven compositora china Wang Jie fue la encargada de abrir el concierto de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, bajo la dirección de Nir Kabaretti, el pasado sábado 25 de mayo en el Auditorio León de Greiff. El repertorio, particular y novedoso, inició aludiendo musicalmente a la muerte y poco a poco condujo al público a momentos más lúcidos y mágicos que permitieron recordar que la vida es un instante frágil y fantástico.

El director Nir Kabaretti © Yasuko Kageyama
El director Nir Kabaretti
© Yasuko Kageyama

La segunda intervención de la orquesta se trató del estreno mundial del Concierto para cuatro trombones y orquesta, del compositor colombiano Germán Borda. Los solistas, integrantes de la Orquesta Filarmónica, la Banda Filarmónica Juvenil y la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia, se ubicaron al frente de una gran orquesta con todo su despliegue instrumental. Los tres movimientos buscan crear, más bien, masas sonoras cuya textura y densidad varía, propiciando timbres y colores diferentes en donde los cuatro trombones aportan brillo y un par de líneas que sobresalen. Las líneas en su mayoría son fragmentadas y cada trombón se sobrepone al otro generando una sensación de dinámica mayor. Campanas, líneas melódicas repartidas y primordialmente rítmicas son las principales características de sus intervenciones. Mientras tanto, la orquesta se encargó de intervenir brevemente para generar efectos sonoros que contribuyeron a generar atmósferas lentas y monótonas u otras más dinámicas y brillantes. El israelí Nir Kabaretti se caracterizó por su claridad en la dirección de esta obra: todas las indicaciones bien marcadas y explícitas, gestos amplios y amables que lograron una ejecución acertada de la orquesta y un carácter acorde a las atmósferas de cada movimiento. Por su parte, el cuarteto de trombones logró una buena mezcla con la orquesta y un balance acertado entre sí. El trabajo de ensamble se vio reflejado con mayor claridad en el tercer movimiento de la obra, de gran dinamismo y complejidad rítmica y en el que se desenvolvieron con gran precisión.

La obra no explota del todo las capacidades sonoras e interpretativas del trombón; tampoco hay líneas melódicas tan definidas y claras que permitan una mayor expresividad o desarrollo del ensamble. La interpretación, tanto de la orquesta como del cuarteto de trombones, fue sobria y justa con las atmósferas que demandaba. Es de destacar el objetivo loable de la Filarmónica de Bogotá de trabajar con compositores en vida y refrescar el repertorio orquestal, incluyendo nuevos retos en él.

Para terminar este concierto, la orquesta presentó Cenicienta, Suite No. 1 de Sergei Prokófiev, un cuento musicalizado en el que la magia hizo vibrar el recinto. La musicalidad y expresividad de Kabaretti se materializaron en las intenciones de la orquesta: un amplio abanico de dinámicas, atmósferas y contrastes de tempo definidos y coherentes. Las cuerdas sobresalieron por su homogeneidad en el sonido, sobre todo los chelos y los contrabajos en actos como El hada madrina y el hada de invierno, en donde los solos de las maderas también fueron fabulosos. La Mazurca, por su parte, permitió que los bajos de la orquesta se lucieran, sin embargo, en las cuerdas faltó precisión en la afinación y los inicios y finales de frase. De resaltar la impecable ejecución de los percusionistas en toda la obra y en general en todo el concierto, fue evidente su trabajo pulido y la entrega que dedicaron a este programa.

En definitiva, la última obra logró impregnar en la orquesta un carisma y una actitud llena de vigor y energía, cualidades que fueron contagiadas por la expresividad del director, reflejada en su forma de manipular la música y lograr contrastes auténticos. El desafío de este programa arriesgado surtió efecto en el público y musicalmente estuvo muy bien logrado.

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