La temporada de la Sinfónica de Galicia retornó en su sexto programa a su hilo conductor: las sinfonías de Shostakovich, con la interpretación de la paradigmática Séptima sinfonía “Leningrado” de la mano de su director titular, Dima Slobodeniouk. El triunfal arranque de la temporada, con una interpretación de la Undécima sinfonía tan intensa como estimulante, hacía que las expectativas estuviesen por todo lo alto y que el Palacio de la Ópera luciese un magnífico aforo.

Previamente, la Sinfónica renovó su apuesta de las temporadas anteriores por dar cabida en sus conciertos a la actuación solista de sus propios músicos, presentando estos obras en su mayor parte infrecuentes. Fue en esta ocasión el turno del excelente fagotista Steve Harriswangler, quien optó ni más ni menos que por un estreno mundial: Fagkonzert, del compositor francés Alain Bernaud (1932). Esta partitura está escrita en un lenguaje tonal y accesible, rítmico e incisivo, pero no melódico. Su carácter expresionista se ve acentuado por la escritura orquestal, limitada a un austero conjunto de cuerdas.

El fagotista Steve Harriswangler © Alberte Peiteavel / OSG
El fagotista Steve Harriswangler
© Alberte Peiteavel / OSG

Ostenta gran dificultad para el solista, quien sin embargo la abordó con la misma seguridad y musicalidad que le caracteriza habitualmente. En el Allegro disinvolto inicial, lo más destacado fue la intensa y extendida cadencia, todo un tour de force para el intérprete. Harriswangler deslumbró por la calidad y claridad de su sonido, siempre límpido y cálido, incluso en el registro más agudo del instrumento. En el Andante, el discurso musical se vuelve más miniaturista y lábil, mientras que en el Rondo-Giovale, hay un despliegue de ideas musicales rico e incisivo, aunque nunca se llega a establecer un diálogo con el solista auténticamente creativo. Se trata obviamente de una obra que difícilmente se popularizará más allá del ámbito de los fagotistas, pero que permitió al público disfrutar del protagonismo de uno de sus solistas más apreciados.

En la segunda parte disfrutamos de una clarividente interpretación de la Leningrado, en la cual Dima Slobodeniouk volvió a exhibir una privilegiada lucidez en el repertorio soviético y en concreto, en una sinfonía que sigue siendo víctima de su propia historia y de los clichés políticos e ideológicos que se han apropiado de ella, antes incluso de que saliese la luz. El gran éxito de la interpretación de Slobodeniouk, cimentado por supuesto en una interpretación del conjunto memorable, radicó precisamente en huir de todos los estereotipos que rodean a la obra, buscando por encima de todo la voz propia e individual de un Dmitri Shostakovich en las antípodas del papel de héroe soviético que la propaganda a ambos lados del telón de acero le ha otorgado. Slobodeniouk tuvo el gran acierto de saber desvelar al público la verdadera tragedia soviética que se esconde detrás de semejante fresco musical: la de su propio creador.

La introducción del Allegretto inicial, estoica y carente de la más mínima grandilocuencia o triunfalismo fue el mejor ejemplo de lo comentado. Aquellos comentaristas que han visto esta sección como una sátira de la fingida felicidad del pueblo soviético, hubieran asentido con aprobación a la escéptica interpretación de Dima. Este escepticismo fue sólo mitigado cuando, en la transición al famoso tema de la invasión, el unísono orquestal dio paso a un solo del concertino inusual en su dulzura. Las paroxísticas doce repeticiones de la marcha invasora fueron de un recelo desolador. Es difícil imaginar una interpretación más anticlimática de la obra. Por sorprendente que parezca, en esta dimensión nueva la Leningrado ganó una fuerza e impacto sobrecogedor. Como era de esperar, el Moderato, llevado a un tiempo vivo, careció del más mínimo carácter poético.

El punto álgido de la interpretación fue un memorable Adagio en el que Slobodeniouk dilató el tiempo de una forma casi inédita en las interpretaciones de la obra, extrayendo de la música una dimensión espiritual sobrecogedora. Esta nos hubiese llevado a una casi insoportable disolución si no hubiese sido por la aparición de un majestuoso Allegro ma non troppo coronado por la voz triunfal, no de la propaganda que se apropió de la obra, sino del propio compositor.

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