No había probablemente una forma mejor de concluir la temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España, y la etapa de David Afkham al frente de los mismos, que con Mahler, un compositor que el director alemán ha colocado a menudo en los atriles del Auditorio, y que ha constituido una marca de la orquesta en estas últimas temporadas. En cuanto a la Sinfonía núm. 9, pensemos que solo tres años la separan del Pierrot Lunaire de Schönberg, y cuatro de la Consagración de la primavera de Stravinsky. Expresado así, Mahler parece pertenecer al mundo de ayer, al universo postromántico que llegaba a su fin. Pero ¿qué derrotero hubiera tomado su música si el compositor hubiera vivido otros 20 años? La Novena sinfonía es el brote de algo distinto que podría haber sido y marcado un destino diferente a la historia de la música del siglo XX. Por ello, es una música que nos desubica, que solapa un mundo que se agota con otro que está por llegar.

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David Afkham © Rafa Martín | OCNE
David Afkham
© Rafa Martín | OCNE

El primer movimiento se abrió con contención, intencionalmente alejado del paroxismo, con una cuerda más balanceada hacia lo luminoso. Mucho se ha dicho sobre la cercanía de esta sinfonía con la muerte, pero la lectura de Afkham está más cerca de la reconciliación y la serenidad que de un lúgubre presagio. Eso sí, sonó con plenitud y densidad entre las secciones y además supo evolucionar de un sonido elegante y sedoso a un toque ácido que bien entroncó con el siguiente movimiento. Como todos los extensos movimientos mahlerianos, hay vaivenes, contrastes dinámicos, el canto celestial y el descenso a lo hondo del ánimo humano: todo ello estuvo bien hilado por Afkham, con una intensidad derivada más bien de la concentración que del sentimiento exasperado.

Profesores de la Orquesta Nacional de España © Rafa Martín | OCNE
Profesores de la Orquesta Nacional de España
© Rafa Martín | OCNE

El segundo movimiento –en tiempo de Ländler, algo torpe y muy tosco, según la indicación de la partitura– es una metamorfosis de la música popular. Pero no es solo un juego ecléctico o un ejercicio de estilo: es el camino aparentemente jocoso hacia el precipicio. Así lo entiende Afkham, que lleva a cabo la transfiguración desde dentro con la misma intensidad que en el movimiento precedente, algo que pudimos apreciar en el fraseo vigoroso, la articulación del complejo tejido armónico así como la capacidad de los cambios de humor en el arco de un compás. El sucesivo Rondo-Burleske se insertó también en esta línea, si bien aquí Afkham liberó energía con más generosidad aunque con igual concentración. Es un movimiento de extrema dificultad contrapuntística con marcados contrastes motívicos, por lo que es prioritario darle en primer lugar claridad en los perfiles de las figuras rítmicas, algo que Afkham acometió dotando además de una expresividad y dulzura únicas aquellos pasajes más sosegados.

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David Afkham al frente de la Orquesta Nacional © Rafa Martín | OCNE
David Afkham al frente de la Orquesta Nacional
© Rafa Martín | OCNE

Para describir el Adagio final tal vez podríamos utilizar el verbo alemán entlassen sich, algo así como liberarse o expedirse de sí mismo. Es una música que se autogenera y que desde un núcleo primigenio se alza hasta la plenitud para luego replegarse y finalmente despedirse. No hay artificio, no hay nada que interpretar más allá de la propia música. Con la orquesta tocando a flor de piel, Afkham trazó ese arco, del fortissimo al cuádruple pianissimo (interrumpido lamentablemente por móviles y alarmas), con robustez de sonido pero con un equilibrio diáfano, hasta mantener esos últimos compases completamente suspendidos, integrándolos en el silencio que culmina la obra.

David Afkham © Rafa Martín | OCNE
David Afkham
© Rafa Martín | OCNE

No pudo haber una despedida más emotiva, a la vez que una lectura de este monumento mahleriano tan equilibrado y trabajado pero también sincero y expresivo. Una conjunción que denota la profunda interiorización de la partitura por parte del maestro y la orquesta. La Novena de Mahler es de una belleza que no necesita de añadidos, que tal vez nos hable de algo que está más allá de lo ordinario pero que justamente por eso constituye una experiencia estética excepcional. Gracias, maestro, y hasta pronto.

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