La mejor forma de constatar la evolución de una orquesta y de comprobar la mano de un nuevo director es la de programar obras conocidas, para ver la huella, pero también la de afrontar obras de nueva creación, donde se puede apreciar un cambio de actitud. Así, el programa de este Sinfónico 2 cumplía ambos requisitos: desde el bastante frecuente Concierto para violín de Sibelius hasta la celebérrima Séptima de Beethoven, pero también Nostalgia for light, Yearning for… de Núria Giménez-Comas de 2020.

Para el Concierto de Sibelius, además de Nagano al frente, pudimos escuchar a Veronika Eberle: la solista alemana posee un sonido robusto, con un buen punto de equilibrio del arco, una digitación limpia y mostró una notable determinación a la hora de afrontar los retos de la partitura del compositor finlandés. Por su parte Kent Nagano logró una gran variedad de texturas y una amplia paleta de dinámicas, desde un pianísimo inicial donde se pudo apreciar el detalle en la gradación, así como el entramado de las partes, hasta la sonoridad del tutti, rotunda, de aterciopelado empaque. Es cierto que se pudo percibir cierta diferencia entre solista y orquesta a la hora de incidir en determinados puntos de inflexión o en la articulación del fraseo. No se trató de verdaderas imprecisiones cuanto más bien de una forma distinta de hacer respirar la obra, en la que dio la sensación de que Eberle se precipitaba un tanto con respecto a la estructurada exposición de Nagano.

Tras el descanso, la Orquesta Nacional de España presentó la obra Giménez-Comas y aquí destacó la naturalidad con la que Nagano se enfrenta al repertorio contemporáneo. En algunas ocasiones, cuando se programa una obra reciente –es decir, de los últimos 10 años– la sensación es de mero trámite, casi una lectura de la partitura, una exploración, interesante para la orquesta, pero que raramente llega al público. Sin embargo, con el maestro californiano estas obras toman otro cariz: sin duda premia el gesto atento, la precisión para con el texto, pero hay una naturalidad en recrear sonoridades, amalgamas tímbricas, dar un sentido estructural cohesionado capaz devolver la unidad global de la obra. Por todo ello, Nostalgia for light no sólo no pareció fuera de lugar entre Sibelius y Beethoven, sino que nos preparó para la sinfonía de éste.

La Séptima, en la mayor, es un himno a la pulsión rítmica como se ha dicho muchas veces, pero esconde muchos detalles que una lectura más sosegada puede mostrar. La interpretación de Nagano no es acelerada hasta el frenesí pero tampoco languidece: se encuentra en el punto justo en el que la introducción del primer movimiento nos permite paladear el empaste cálido, casi mediterráneo, sin perder solemnidad, que hace que la marcha fúnebre del segundo movimiento se concatene sin estridencias, o el Presto resulte menos exagerado en velocidad y más contrastado con el Finale, este sí, bien vivo y enérgico. Y no es solamente esta atención a las indicaciones agógicas que muestra la impronta de Nagano: también se hace patente su gran trabajo sobre la cuerda, sólida y bien compacta, pero a la vez destellante y bien pulida incluso en las notas altas. También cabe destacar el gran trabajo en las progresiones dinámicas así como en las transiciones entre bloques donde Nagano puso de relieve detalles que otras veces se pasan por alto.
Decía Nagano en la entrevista del libro de temporada que lo que distingue a una orquesta con personalidad propia es el Klang, que el propio maestro definía como “la riqueza tímbrica [de una orquesta], su gravedad emocional, su capacidad de dar forma a lo inefable”. Este concierto confirma lo que vimos la semana anterior: la búsqueda del Klang de la era Nagano está ya avanzada y dando ya sus primeros frutos.




















