En su homenaje a la música y cultura españolas, a cuya importancia se refirió ya en su presentación como nuevo titular, Kent Nagano escogió a un compositor central como Manuel de Falla pero con una obra poco frecuentada, por su carácter inconcluso y sus proporciones, como es Atlàntida. El emparejamiento con Debussy no era sólo temático en relación con el medio acuático, sino también musical, trabajando sobre ciertas afinidades tímbricas y formales que fuimos descubriendo a lo largo del concierto.

La velada se abría con la orquestación, encargo de la OCNE, por parte de José Luís Turina de La cathédrale engloutie del primer libro de Preludios del compositor francés. El trabajo de Turina devuelve todo el color del piano, suspendido y abierto, al mismo tiempo que a través de un fino artesonado explícita planos y motivos. Nagano dirigió con atención y perfil analítico, devolviendo esas sonoridades diáfanas que se encuentran ya en el original pianístico. Ahora bien, Debussy es un autor complejo de plasmar porque ahí donde nitidez, compacidad o definición serían virtudes indiscutibles en una ejecución, en el autor de La mer, pueden ser armas de doble filo. Seguramente Nagano brilló en estos aspectos así como en una impecable fluidez del fraseo y un equilibrado planteamiento estructural, pero a nivel tímbrico, especialmente en los dos primeros movimientos, se echó algo de menos esa liviandad, cuasi porosa, y esa controlada indefinición que permite alcanzar la excelencia en la interpretación en el autor francés. En todo caso, asistimos a una notable prestación de la orquesta, con un sonido generoso y exuberante, que se fue creciendo, firmando un tercer movimiento –Dialogue du vent et la mer– de gran impacto, especialmente brillante para la sección de metal.

Tras el descanso, Nagano propuso una selección de la obra de Falla, Atlàntida, principalmente del prólogo, la primera y la tercera parte, para la que se sumó el Coro Nacional y el conjunto Barcelona Ars Nova, además de los cantantes solistas. Atlàntida, cantata escénica sobre un poema de Verdaguer, afronta el tema del hundimiento de esa tierra mitológica así como el viaje de Colón hacia la nueva Atlántida, es decir América. Aquí pudimos apreciar la firmeza y contundencia en los coros, en la primera parte, así como la naturalidad con la que la orquesta afrontó la partitura con un Nagano enérgico recreando unas sonoridades suntuosas. Los cantantes se colocaron junto al coro, lo que generó un esfuerzo mayor a la hora de sobrepasar la masa orquestal, pero se desenvolvieron positivamente. López es un barítono versátil que supo declamar correctamente el texto a pesar de no ver su voz especialmente proyectada; correcta también la Pirene de Maite Beaumont con una voz bien centrada, y más destacada la Reina Isabel de Núria Rial, favorecida ciertamente por una de las páginas más líricas de la obra, y por un fraseo muy bien planteado. La tercera parte de la cantata reserva algunos de los momentos más logrados, en los que el virtuosismo orquestal consiste en trabajar las filigranas frente al mero efecto. En tal sentido, Nagano y los conjuntos orquestal y corales supieron producir un sonido bien empastado, sereno y majestuoso. Bien calibrados, los coros hicieron resaltar el entramado polifónico, al igual que la orquesta, que alcanzó una envolvente luz de serenidad.

El viaje, las impresiones del medio acuático, el tiempo mítico y el tiempo a venir, el paisaje y aquello que se sustrae a lo más aparente: todo ello estaba en autores como Debussy y Falla. Nagano bien lo desgranó, aportando una lección sobre colorido orquestal así como sobre el manejo de las formas abiertas y autogenerativas y la flexibilidad de los anclajes motívicos.

















