El planteamiento de la Sinfonía núm. 2 le llevó a Mahler no pocos problemas: en un clima de enfrentamiento no sólo musical, sino cultural y político en un sentido más amplio, el intento de hacer confluir música programática, y una eminente ambición metafísica y religiosa, en la arquitectura formal de una sinfonía fue visto con sospecha tanto por los seguidores de Brahms como por los de Wagner y Bruckner. Hoy en día ese prisma (afortunadamente) no nos condiciona tanto y, aunque no hemos de ignorar el contexto en el que se fraguó la obra, podemos permitirnos concentrarnos más en el material musical como tal, que no requiere en efecto de soporte extramusical.

Esta idea más contemporánea y absoluta es lo que parece guiar a Kent Nagano en su arranque de temporada y titularidad con la Orquesta y Coro Nacionales, no porque no perciba la carga espiritual de Mahler, sino porque comprende que su genialidad no está en su inquietud teológica, sino en la forma artística en la que es capaz de sublimarla. La conexión con la obra de Mikel Urquiza, Deseo tomó delicia, surge del propio material si bien con un lenguaje distinto: en este prólogo, encargo de la OCNE, Nagano mostró su absoluto control por el detalle, cincelando la masa orquestal y coral con equilibrio y exponiendo la partitura con orden. La obra expone fragmentos de Safo, con un uso rítmico de la palabra, un color que recrea la naturaleza y transmite una sensación de circularidad envolvente.

Sin apenas solución de continuidad, Nagano encaró el Allegro maestoso inicial de la sinfonía mahleriana. Pudimos apreciar ya desde los primeros compases una marca personal: en términos de estructura del sonido, al colocar los contrabajos al fondo a la izquierda, detrás de los primeros violines, dejaba a éstos enfrente de los segundos, creando un interesante espacio sonoro para la cuerda; por otro lado la precisión de los ataques fue superlativa, determinando por ende un fraseo bien construido de principio a fin. El gesto de Nagano es medido, sin nada superfluo, a la vez que extremadamente atento y con indicaciones puntuales pero siempre valiosas.

Hay una concepción consciente de la distancia entre compositor e intérprete que se traduce en un sonido cuidado y en una pulcritud muy interiorizada, algo que pudimos apreciar especialmente en el segundo movimiento: una luminosidad que ya no es ingenua, que mantiene unas tintas añejas, no siendo un mero momento de distensión. Esa pulcritud, por la que destaca Nagano, en algún pasaje del Scherzo le restó cierta mordacidad, con la sensación de que toda la tribulación interior del compositor se relativiza en las manos del intérprete, como si en cierta medida la obra ya no perteneciese a su autor. Es una lectura que en los momentos más concitados puede parecer algo fría –por el control que siempre reconduce el caos– pero que se reveló especialmente proficua en los movimientos finales: desde la Urlicht, finamente declamada por Bock y envuelta por los metales desde fuera del escenario, hasta el éxtasis del movimiento final. Aquí Nagano nos permitió escuchar cada nota, cada textura, distribuyendo exquisitamente la masa sonora con equilibrio y una orientación clara hacia el clímax final, en el que el coro brilló en todos los registros.

Se trató sin duda de una primera toma de contacto entre director y formación más que notable, donde ya se entrevén las pautas que van a determinar la evolución de las buenas bases que dejó David Afkham y que Kent Nagano sabrá, sin duda, aprovechar, a saber, abrir el camino hacia la verdad, con razón y emoción dándose la mano.



















