Si el binomio Oriente-Occidente nos evoca una tensión, un tránsito o un viaje, es porque nuestros ojos modernos, fascinados por la inmensidad del océano, olvidaron un mar interior, en torno al cual empero se desarrollaron gran parte de las civilizaciones antiguas y se mantuvo como un espacio común hasta entrada la modernidad. El itinerario que nos propusieron Jordi Savall y Pedro Estevan, inaugurando el II Ciclo de Cámara en el Círculo de Bellas Artes, implica dar marcha atrás, orientar la mirada hacia un pasado que parece lejano pero que siempre ha estado ahí. Se trata entonces de un viaje en el tiempo y en la memoria que nos obliga a retroceder a cuando nuestra disposición a la escucha musical no estaba marcada por el sistema de tonalidad occidental moderno.

“Diálogo de las almas”, como dice el título del concierto, es re-presentar diversas influencias, proveniencias y orígenes, esto es, poner en escena algo que tuvo lugar de manera dispersa y difusa. Ahí anida el interés de las propuestas de Savall: reunir en un mismo programa músicas de diversa índole, pero que muestran una continuidad geográfica, temporal e ideal.

Jordi Savall, rabel, y Pedro Estevan, percusión, en el Círculo de Bellas Artes © Miguel Balbuena | Círculo de Bellas Artes
Jordi Savall, rabel, y Pedro Estevan, percusión, en el Círculo de Bellas Artes
© Miguel Balbuena | Círculo de Bellas Artes

El programa se dividió en tres bloques, en cada uno de los cuales Jordi Savall tañó un instrumento distinto, y dentro de cada bloque asistimos a una sabia mescolanza entre músicas sefardíes, bereberes, saltarellos italianos o cánticas de Alfonso X. Tocar, improvisar, entrelazar las piezas es una forma de destacar la transmisión cultural a través de los espíritus inquietos. Verdaderas joyas son los propios instrumentos que Savall usó en el concierto: el rebab del siglo XIV al comienzo, una espléndida viola da gamba en la parte central y un rabel de singular timbre en el bloque final. Y parte de la magia del concierto estuvo en la presencia carismática de ambos intérpretes, capaces reinventar esas piezas lejanas a nuestros oídos por lo general poco acostumbrados.

En tal sentido, la puesta en escena, en petit comité, obligó a saber jugar con los silencios, con las hesitaciones, a hacer más con menos, dejando resonar esas escalas peculiares, esos ecos persistentes. Es una música que requiere de una conexión sensorial, que se nos acerca hasta que entramos en las frecuencias de una constante errancia. El comienzo se hizo por momentos duro, áspero, con las dificultades que entraña la técnica del rebab, con algún que otro desajuste en la afinación, pero con unas polifonías muy sugestivas, a través de las que Savall, progresivamente, fue creando esas atmósferas que nos llevan a costear cada rincón del Mediterráneo. Fundamental para la creación de este sutil universo fue Pedro Estevan, percusionista de valor incalculable, capaz de desarrollos temáticos y rítmicos a partir de pequeños elementos y motivos.

Jordi Savall © Miguel Balbuena | Círculo de Bellas Artes
Jordi Savall
© Miguel Balbuena | Círculo de Bellas Artes

El paso a la viola da gamba nos llevó a un discurso más cálido (comenzando ya desde el maravilloso momento de la afinación del instrumento), con melodías más articuladas y un timbre menos nervioso, aunque no por ello exento de energía en ciertos momentos. Es cierto que el enfoque de Savall, a estas alturas, es sosegado y meditativo, rehúye del virtuosismo, como fin en sí mismo, pero nunca es laxo, dado que la orientación dictada por la base rítmica de Estevan siempre está muy presente. El bloque conclusivo, con el rabel, de tono menos grave que la viola da gamba, brindó páginas enormemente bellas como el Lamento di Tristano o el Makām conclusivo de Dimitri Cantemir, páginas que nos aproximan a la nostalgia que nos han traído los sonidos de este Mar que ya no reconocemos como nuestro.

El nivel de exigencia es notable, a pesar de la aparente simplicidad de las piezas, porque implica reinventar cada pasaje, cada compás. Igualmente, el orgánico reducido requiere complicidad y saber limitarse para que esas improvisaciones no sean más que un amasijo de notas. Hubo algunos problemas de afinación y algún momento de incertidumbre en ciertas secuencias rítmicas, que sin embargo no opacaron una exhibición de gran maestría, erudición y experiencia.

El público estaba ya entregado de antemano, pero fue reservando cada vez más calurosas ovaciones, especialmente hacia el final, cuando la sintonía se hizo más intensa. Se reconoció además el esfuerzo y el mérito a Savall, quien, en una de las intervenciones, recordó como éste era el primer concierto desde el comienzo de la pandemia en marzo (cuando también ofreció un concierto en el Círculo de Bellas Artes) y después de haber superado él mismo la covid-19 recientemente.

Fue así un reencuentro con unos músicos de indiscutible relevancia y con un repertorio que nunca nos deberíamos cansar de descubrir, como viajeros incansables a los que esas notas se nos presentan como misteriosas apariciones.

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