No lo llevamos tan mal en Madrid cuando el portavoz del Cuarteto Mandelring reconoce públicamente su deseo de trasladarse aquí para así poder subirse más a menudo a un escenario y ejercer su profesión. No cabe duda de que nos encontramos en un momento crítico para la música -y no necesariamente por la irrupción sin freno de algunos géneros urbanos-; muchos eventos se cancelan a última hora y no son pocas las ciudades que sufren un desalentador silencio musical. Las cancelaciones allende nuestras fronteras motivan que el gremio se tambalee por lo que ahora es más necesario que nunca apoyar a quienes puedan ofrecer conciertos, eso sí, en las salas que cuiden con la mayor cautela las medidas de seguridad.

La situación, qué duda cabe, tiene un componente desesperante y opresor y, aunque bien nos valen las risas provocadas por el chelista Bernhard Schmidt en su discurso preambular, nos cala mejor a muchos el sentimiento a la par sombrío y arrebatado que impregna a la obra de Shostakovich, y que hoy nos presentaron aquí en la forma de cuatro cuartetos, concretamente los que van del nueve al doce.

El Cuarteto Madelring en el Círculo de Bellas Artes de Madrid
© Miguel Balbuena | Círculo de Bellas Artes

Esta es ya la tercera cita del cuarteto berlinés con el público madrileño (la formación se ha propuesto interpretar la integral de los cuartetos de cuerda de Shostakovich), por lo que, tal vez, ya no se requiera una presentación sobre sus habilidades camerísticas o expresivas; además ya se encuentran recogidas en el programa de mano que todos pueden consultar en la web del CBA con toda facilidad. “Destaca por su expresividad, extraordinario sonido homogéneo y transparente”, afirma el programa, y nosotros tenemos que destacar que esto es así, y que aún se queda corto en el elogio, pues afrontar toda una integral de esta categoría sin menoscabar la profundidad emocional de su contenido no es, en modo alguno, tarea simple.

La experiencia de escuchar en vivo a este cuarteto dista mucho, y es mucho más impresionante, que la idea que podamos extraer de una pequeña biografía; aún nos queda una cita más con la formación antes de que concluya el ciclo de quince cuartetos que nos dejó el autor ruso. Si uno se queda simplemente en la descripción, o en la reseña, sabrá que se trata de un conjunto que sobresalió en la proyección de un sonido versátil y cautivador; quienes acudimos a la cita pudimos constatar, además, la enorme capacidad del conjunto para comunicarse entre sus componentes sin mediar jerarquías o personalizar intervenciones; y también la notable habilidad para unificar un sentimiento musical y transmitirlo al público sin causar la sensación de ofrecer un espectáculo circense o pirotécnico.

Y es que conviven en estas obras, y con bastante presencia, los elementos desbordantes de vivacidad, explosivos y rítmicos, sarcásticos, y es fácil para un conjunto poco cohesionado someterse al llamado del virtuosismo per se, y no por dedicación al contenido musical. Hay que señalar que el Cuarteto Mandelring sobresalió en la homogeneidad expresiva en un ciclo abundante de velocidades indómitas y de ritmos traicioneros, que se muestran con toda claridad en el Cuarteto núm. 10, y que dio paso a un más que merecido y necesario descanso.

Una de las dificultades más rigurosas en este tipo de música es que con estos elementos frenéticos conviven otros que se encuentran en las antípodas expresivas. En estas partituras incursionan elementos sombríos y luctuosos, no pocos compases de carácter siniestro o melancólico; todos se beneficiaron de un enfoque atento al fraseo y al diálogo, con unos cambios de dinámicas y atmósferas bruscos y escalonados. Tal vez fue este dominio de la versatilidad dinámica lo que produjo lo que nos parece el mayor logro del recital, dotar de variedad y personalidad a cuatro composiciones que en el fondo -y a diferencia del modelo beethoveniano que se presupone que sigue Shostakovich- comparten numerosas similitudes entre ellos.

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