Coincide el día mundial de la poesía con el recital de Andrè Schuen y Daniel Heide para la presente temporada del Circulo de Cámara, en el Teatro Fernando de Rojas. Presentaban el ciclo Die schöne Müllerin de Schubert con ocasión del nuevo lanzamiento del sello Deutsche Gramophon que, como bien saben los melómanos, no suele arriesgarse en medianías. De momento la cosa va bien, y al parecer existe unanimidad al considerar que se trata de un conjunto sólido que respeta la música y el texto, sin pretender innovar pero aportando un carácter y una personalidad diferente a la de las versiones que podríamos llamar de referencia.

Le viene bien a la obra, decíamos, presentarse en el día de la poesía, toda vez que se ha apuntado que es la ausencia de ella la que propició que en Alemania no existiera hasta el siglo XIX una tradición resolutiva en torno al lied. Sostiene Einstein que la obra de Schubert se beneficia principalmente por ser éste contemporáneo de la “edad de oro de la literatura germana”, y por pertenecer a una época en que la traducción acercó a los románticos las obras de los grandes poetas del pasado. Nosotros podemos añadir que la obra de Schubert se beneficia, además, del dominio infalible de la prosodia que muestra Andrè Schuen en el recitado del texto de Wilhelm Müller.

El pianista Daniel Heide y el barítono Andrè Schuen
© Miguel Balbuena | Círculo de Bellas Artes

Esta es una de las características principales que conviene destacar de este barítono italiano y en la que tal vez no se haya profundizado demasiado. Se trata de la omnipresencia del ritmo en el discurso que produce la total comprensión del conflicto poético, aún cuando uno no entienda ni una palabra de alemán o se le resista su gramática. Los expertos en lingüística afirman que no se responde primero a la gramática o al vocabulario, sino a los sonidos y a las vibraciones del hablante, y a los elementos rítmicos que subyacen a su discurso (De Alcantara, Integrated Practice: coordination, Rhythm and Sound). En el caso que hoy nos ocupa podemos afirmar que Schuen nos contó con toda claridad la evolución de los conflictos emocionales que se encuentran en el ciclo, dispensándonos de hacer un seguimiento al texto que, en la mayoría de los casos, nos despista de la música.

Quepa lo antedicho, también, para señalar a quienes siguen el texto en el programa, que el continuo y sempiterno vaivén de páginas en el transcurso de la interpretación fue el único elemento discordante en una visión que se desenvolvió más bien en el elemento delicado del sonido, en lo contemplativo y en el color. Además, los únicos momentos en que se podría poner pegas a la afinación del barítono fueron los siguientes a una tos magnífica, a un contumaz timbre telefónico, a un bravo a destiempo, e incluso a una botella de agua que rodó estrepitosamente entre los asientos. Eliminamos del recuerdo estas molestias y nos quedamos con el sobrecogimiento producido por las canciones Der Neugieriege, Der Müller und der Bach, y Des Baches Wiegenlied.

Sin duda, alguien podría apuntar que a la sesión le faltó algo de mayor contundencia en el sonido, y se trataría más de una cuestión de gusto personal del oyente que de un problema de interpretación; después de todo apenas hay en la partitura indicaciones que sugieran alcanzar un “forte”, y sí abundan, en cambio, los pasajes que indican una emisión del sonido más reducida. Así, además, podemos apuntar que el dúo se mantuvo en todo momento en extrema sintonía con la música propuesta por Schubert, y sin demandar protagonismos personales.

Y decimos dúo, y no solista, porque no nos cabe duda de que nos movemos en el terreno de la música de cámara, con una escritura pianística que está en la historia, creando ambientes y comentando situaciones. Es un maestro del lied el pianista Daniel Heide, que afronta con una eficiencia extraordinaria las enormes dificultades que presenta la partitura, y que además las adapta a la intención conjunta de la interpretación. En los registros más brillantes se mantuvo estable sin sobrepasar el enfoque comedido de Schuen, y en los más delicados mostró un dominio del ataque sin fisuras, que en esos registros “pianísimos” es fácil que algunas notas no suenen y se desbarate la armonía.

Terminó, pues, el ciclo con la canción de cuna del arroyo, y a poco estuvo el esforzado barítono de tener que repetirlo entero, a demanda de la audiencia, tal fue la calidez de un enfoque de la partitura que, sin duda, tiene las miras de convertirse en versión de referencia para quienes puedan escucharla en una próxima cita.

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