El fenomenal debut de Yaritza Véliz como Juliette en el Teatro Municipal de Santiago fue la cara más reconocida de un reparto vocal de destacadas intervenciones. La dirección musical estuvo a cargo del maestro francés Patrick Fournillier, ampliamente versado en la obra de Gounod, quien manejó con precisión un tempo más bien ágil.

Un solemne coro al estilo griego inició la historia. Entre coreografías, las dinámicas de sus líneas melódicas elevaron el volumen tímido de la orquesta sin opacarla. Arremetieron también con terroríficos “Justice!” en la muerte de Tybalt. Fournillier adoptó una interpretación académica de la partitura, priorizando el pulso y economizando en sentimentalismo, restándole impacto a la obertura. Pasado el segundo acto, la dirección ganó fuerza. Los accompagnatos se unieron a la potencia de las voces, orientando la tensión hacia los clímax.

Grácilmente desenvuelta en las escalas y trinos de “Je veux vivre”, Yaritza Véliz consolidó una Juliette dulce y entregada. Las progresiones melódicas de “Amour, ramine mon courage” culminaron en un “…je bois à toi!” de larga duración, respondido con grandes vítores del público. Ben Reisinger, como Roméo, marcó al amante trágico con sólidos agudos y una impecable administración del sonido en los crescendi. La sincronía en las armonías fue vital para ascender a las notas altas de los dúos.
Enérgico también Ramiro Maturana como Mercutio. El grupo de amigos de Roméo construyó la camaradería juvenil a través de risas y mucho movimiento en escena. Vanessa Rojas representó a un Stéphane con muletas, lo cual no le impidió lanzarse contra Tybalt luego del aria de la alondra. En el rol de Capuleto, con divertidas florituras, animó Arturo Espinosa la fiesta del primer acto, mientras que Matías Moncada interpretó a un apacible Fray Lorenzo con firme manejo de los graves.

La crítica literaria ha argumentado que la característica intrínseca de los personajes de Romeo y Julieta es que no evolucionan. Gounod resolvió aquello con la inserción de dúos románticos de aclamada belleza. Sin embargo, los diálogos sin acompañamiento orquestal, muy frecuentes, corren el riesgo de volverse monótonos. La estaticidad de la escenografía no mitigó aquello. A excepción del monasterio de Fray Lorenzo y el balcón de noche, con un notable uso de las cortinas siendo abatidas por Roméo, la acción ocurrió casi en el mismo lugar.
A pesar de un gran trabajo en los piani, la dirección no logró capturar la epicidad de los tutti y fortissimi. Sensación algo inconexa que se repitió en las decisiones escénicas, en donde no se entendió la relación entre la plataforma principal —cuadrada y lisa— y el fondo áspero, de aspecto industrial y cables expuestos.

El vestuario no resolvió la tensión entre texturas. El eclecticismo en los colores dotó al Coro del Teatro Municipal de Santiago de cierto hipnotismo cuando, al momento de levantar a la dormida Juliette a fines del tercer acto, reveló entre las túnicas blancas unos guantes largos y rojos. No obstante, los patrones excesivos en el traje de Capuleto y el estampado en el de Roméo, generaron un ruido visual discordante, disfrazando más que vistiendo.
El uso de luces y sombras suplió en parte la falencia, trasladando la atención a los momentos de penumbra, en los cuales se concentraron las arias emblemáticas. En el quinto acto, sorprendió un poético haz de luz desde la puerta abierta por la cual entra Roméo a escena mientras Juliette yace inconsciente en el cementerio. Las diversas fuentes lumínicas —lámparas colgantes, faroles de mano— aportaron profundidad al escenario. Mientras el tenor entonaba un sobrecogedor Ah! lève-toi, soleil la lámpara de lágrimas del Teatro Municipal fue iluminada por un resplandor azulado, imitando a la luna y proyectando la noche hacia la audiencia.





















