Una grata sorpresa ofreció el grupo Syntagma Musicum de la Universidad de Santiago en su debut en la Gran Sala Sinfónica Nacional junto a la Camerata Vocal de la Universidad de Chile. Bajo el título de Luces y sombras del amor, presentaron un programa que recorrió la transición entre el Renacimiento y el Barroco italiano, con madrigales de Claudio Monteverdi y obras de Salomone Rossi y Tarquinio Merula. El resultado fue acertado. Sumándose a la claridad y brillantez en el juego musical, la interpretación ofreció excentricidad y delicadeza, con una desarrollada teatralidad. Mediante una intensa pero natural combinación de risas, movimientos y gestos en escena, el concierto fue un homenaje al espíritu profano de comienzos del siglo XVII.

Syntagma Musicum es un sexteto de música antigua de larga trayectoria en Chile. Jaime Carter, director de la agrupación, dio inicio al concierto con un breve solo de clavecín de marcada precisión rítmica y emotiva. Sin necesidad de pasajes acrobáticos, vitalizó sus melodías con finos trinos y ritardandi, y dejó relucir ornados accompagnamenti que iluminaron el bajo continuo. Mantuvo siempre un aire expectante, deleitando con sus refrescantes intervenciones.

La sección de cuerdas estuvo compuesta por dos violines, violonchelo y tiorba. Siguiendo el estilo de época, los violines tocaron sin soporte y se abstuvieron del vibrato. Intercalaron títulos instrumentales, melodías famosas y desconocidas. Fue emocionante observar a los violines en los momentos de mayor dificultad, como la Ciaccona de Merula, donde, entre sonrisas, transitaron entre florituras y velocidad. La rapidez de la obra exigió habilidad en el uso del arco, lo que generó una divertida danza intencional entre los violinistas. A pesar de la dificultad de las partituras, no se desincronizaron ni opacaron. El volumen fue tan adecuado que la tiorba, de timbre menos potente, también pudo hacer alarde de sus ornamentos. Su belleza visual y la gracia con que Rodrigo Díaz la tañía se añadieron al activo espectáculo de los demás músicos.

En la lírica, hubo momentos polifónicos y monódicos. El coro estuvo bien articulado y se disfrutó el encuadre solemne de las voces femeninas en las polifonías de piezas como "Baci soavi e cari". Los cantantes masculinos, por su parte, demostraron un atractivo uso de dinámicas y diminuciones. En "Zefiro torna", número de gran dinamismo, los tres solistas supieron encarnar el juego barroco en los pasajes de virtuosismo, manteniendo afinación y sincronía impecables para sus exigencias. Juan Pablo Villarroel, director de la Camerata, marcó el pulso con cautela, evitando que los intérpretes se perdiesen. Sin embargo, fue evidente que el estilo les era poco habitual, pues las solistas tendieron a vibratos e impostaciones de voz muy gruesas, desmejorando el intimismo en páginas como "Pur ti miro" o "Si dolce è’l tormento", así como la inteligibilidad del texto.
Quizás la mayor sorpresa para quienes no conocían a Syntagma Musicum estuvo en la lectura lírica del cantante Gonzalo Cuadra, cuyo dramatismo y dotes actorales recordaron el papel que jugó Monteverdi en los comienzos de la disciplina operística. Su soltura de movimientos, agilidad técnica y clara dicción lo condujeron entre distintos personajes según la composición. La voz, ligera y con adornos cortos, manifestó su experiencia en el barroco, dejando en claro la labor musicológica que también realiza el ensamble. Su comprensión de la estilística de las obras permitió que la ejecución fluyese y cada músico pudiese destacar con las acometidas de sus respectivos ornamentos.














