No fue la afinación el problema de Carmen en el Municipal de Santiago. Tampoco la orquesta que, a cargo de José Miguel Pérez-Sierra, director titular del Teatro de la Zarzuela, mantuvo un atractivo desplante instrumental. A pesar de un consistente elenco vocal secundario, el problema recayó en los roles protagónicos, cuyo titubeo y desconexión interpretativa no pudo ser resuelto ni en la voz ni en el cuerpo. La producción, demasiado austera, tampoco rellenó ese espacio, encaminando la obra hacia una incómoda desconexión entre la Carmen de Georges Bizet y el modo de contarla.

Adriana Bignagni Lesca, de titular, ofreció una disímil ejecución. Sostuvo numerosos agudos elocuentes con los momentos álgidos de la trama, pero adoleció del mismo vigor en el registro medio. La elección de un vibrato demasiado abierto y oscilante pudo haber sido un método para mitigar desafinaciones. No obstante, fue contraproducente. Bignagni no es desafinada, pero perdió claridad por el vibrato. La pastosidad de la voz le ayudó en las notas largas, pero impidió soltura. En la popular habanera “L’amour est un oiseau rebelle”, no pudo definir las variaciones de las notas en las florituras, sufriendo también retrasos en el pulso.
Similar confusión, aunque menos evidente, tuvo Mario Chang como Don José. Excelente afinación, pero alborotada administración del ímpetu vocal, difuminando así las líneas melódicas en los momentos de intensidad. Junto a Bignagni, tendieron a la rigidez corporal, restando sensualidad y deseo. Las peleas del tercer acto estuvieron cubiertas de extrañeza y ambigüedad, tanto en los movimientos como en el canto. Chang gestionó con más naturalidad al Don José compuesto del comienzo, que al celoso desenfrenado del final. Asimismo, conectó de mejor forma en los duetos con Micaella que con Carmen, con quien tendió al desajuste en volumen.

Inconscientemente, la producción hizo demasiado evidente la comparación decimonónica —y, ciertamente, patriarcal— entre Micaella y Carmen como el ejemplo de buena y mala mujer. Isabela Díaz, como la antigua enamorada del antihéroe, sorprendió con un sonido suave, pero firme, de fluidos legatos afrancesados. Luego de sus entregadas intervenciones en “Votre mère avec moi sortait de la chappelle” y “Ma mère, je la vois” junto a Don José, no fue sorpresa que, en el tercer acto, cuando vuelve a buscarlo entre los contrabandistas, se escuchase al público bromeando “elígela a ella”.
El barítono Eleomar Cuello, como Escamillo, agitó las tablas con un “Votre toast, je peux vous le rendre” que intercaló lirismo con fraseos casi declamados. Demostró gran carisma y control de los bajos, aunque halló en los agudos la oportunidad de proyectarse sobre la orquesta. Es válida la decisión de haber optado por la versión de la ópera con recitativos en vez de diálogos hablados. Sin embargo, las conversaciones habrían intensificado el histrionismo de los personajes, otorgando más movimiento a la obra y supliendo la timidez de los protagonistas.

Vanessa Rojas y Evelyn Ramírez sumaron energía en el papel de las gitanas contrabandistas. Su complicidad y jugarretas líricas recordaron a las hermanastras en Cendrillon de Massenet por la facilidad casi infantil de saltar entre agudos repentinos. Junto a Nicolás Noguchi y Javier Weibel, marcaron un cómico contrapeso al más puro estilo bohémienne. Matías Moncada, como el Teniente, ejecutó graves de solemnidad algo excesiva para la picardía del personaje, pero con buena desenvoltura. Bignagni recurrió a los personajes secundarios para sostenerse en los tutti, bajando el volumen para ajustarse en el tempo.
La escenografía utilizó el recurso de los dos niveles, conocido ya en la temporada de ópera de este año. En el superior, los personajes del Coro observaban lo que ocurría con los protagonistas en el inferior. No obstante, la falta de ornamentos en las estructuras —demasiado funcionales y con iluminación en base a barras LED— resultó perjudicial en una obra cuyo exotismo implica abundancia de decoración y colores. Más aun, por el abatimiento de la pareja principal. El último acto aportó más espectáculo: distintas telas en los vestidos de cola larga, mantillas y caídas; rojos vivos y cabezas de toro en la pared. Entre otros aciertos, los bailarines de flamenco en la taberna causaron repetidas ovaciones por la gracilidad de la danza.

El director José Miguel Pérez-Sierra articuló con la Filarmónica de Santiago una partitura particularmente vibrante. La obertura comenzó sin preámbulos ni aparente inspección general de la orquesta, anticipando el dinamismo. Ejemplo de ello fueron el prefacio del coro de las cigarreras y el final de la “Chanson bohème”, en donde no se escatimó ni en velocidad ni en potencia. Destacable la nitidez de los staccato en las cuerdas y bronces, así como de los fortissimo del Coro. Lo mismo con las románticas construcciones de las secciones emotivas. En especial, los cornos de “Je dis que rien ne m’épouvante”. Sostenida exuberancia de emociones que no se repitió en el resto de la producción.


















