Asistir a una interpretación de la Novena de Gustav Mahler es siempre una ocasión especial: es una oportunidad para encontrarse, de la manera más definitiva, con la metafísica que atraviesa las sinfonías del compositor austriaco desde su primera obra. La interpretación que nos ha traído la Orquesta Sinfónica de la Radio de Fráncfort, bajo la dirección de su titular, el francés Alain Altinoglu, resuelve la dificultad de este relato trascendental de manera impecable, pero lo hace, además, con una voz propia: resistiendo la tentación de caer en lo efectista y buscando, ante todo, la belleza inherente de la partitura, desde sus momentos más líricos —algo más frecuente— hasta en los más descarnados y estridentes, algo que pocos directores logran.

El primer movimiento encontró en el pulso grave de las arpas un latido severo, casi orgánico, que actuó como fundamento rítmico de todo el Andante. El sonido de las cuerdas pronto se encargó de inundar la sala con una oleada de emotividad. Y ya en el primer forte, emergió una de las señas de identidad de la lectura del francés: una claridad extrema incluso en los pasajes más densos. Por cierto, vaya un aplauso con mayúscula para el trompa solista, que hizo de cada una de sus intervenciones un instante inolvidable. Tras la agitación de unos clímax sorprendentemente transparentes, la recapitulación abrió paso a fraseos de vocación litúrgica, instalando una espiritualidad que ya no abandonó la orquesta en el resto de la noche.

En el segundo movimiento, ese tríptico de danzas inclasificables que parecen surgir del inconsciente, Altinoglu se apartó de las lecturas más convencionales —centradas en lo grotesco o lo caricaturesco— y optó por una vía que resaltó lo tímbrico y rítmico. Con un impulso casi atlético, de cabalgata en tempo vertiginoso, desplegó el abanico sonoro de la orquesta en busca de una continuidad narrativa sin fisuras. Este mismo impulso se prolongó en el tercer movimiento —siempre he sentido ambos como dos caras de una misma idea musical—: las disonancias y estridencias se atenuaron sin que se perdiera el relato mahleriano de sarcasmo y desenfreno, marcando el contraste en el remanso de la sección central, con una emotividad pacífica que anunció la magnitud de lo que estaba por venir.

Una serenidad doliente y contenida presidió la lectura del Adagio final. En consonancia con ese “inexpresivo” que Mahler anota en la partitura, la belleza de unas secciones de cuerda con empaste sin fisuras, evocaron sensaciones de reposo, paz y eternidad. En el final, esas notas en disolución, en un pianísimo extremo, que trazan la frontera entre el sonido y el silencio, dejaron una impresión de trascendencia suspendida, de belleza que hiere. Y entonces ocurrió un pequeño milagro: tras una velada lastrada por toses y sonidos de móviles, antes de los primeros aplausos se impuso una quietud casi absoluta durante cerca de un minuto; fue la confirmación de haber asistido a un acontecimiento espiritual incontestable.

