A pesar de que La novia vendida de Smetana ha pasado a la historia como la primera ópera nacional checa (sin serlo en riguroso sentido cronológico), en realidad sería mejor definirla como una feliz síntesis, y no solamente en relación con el contenido, sino también con la forma: se escucha a Rossini por el sutil humorismo, se intuye la forma del singspiel y el gusto mozartiano por los conjuntos, hay bastante de la tradición belcantista y del primer Verdi y una dimensión sinfónica que alude a Wagner, aunque con tintas más luminosas. Luego, claro está, contamos con las danzas inspiradas al folclore checo y, por supuesto, el idioma.

Escena de <i>La novia vendida</i> en el Teatro Real &copy; Javier del Real | Teatro Real
Escena de La novia vendida en el Teatro Real
© Javier del Real | Teatro Real

En la puesta escena de Laurent Pelly asistimos a una estilización de esos elementos folclóricos a través de una inspiración a un imaginario checo, pero más reciente, como es el de los dibujos animados de ese país de los años sesenta. De esta manera, escapa de los clichés algo trasnochados de una puesta en escena de cartón piedra y vestuario recargado, pero mantiene coherencia visual, sin caer en un eclecticismo inconsistente (algo que se suele ver bastante en ciertas actualizaciones). Desde el punto de vista escenográfico, Pelly recurre en los dos primeros actos a una ingeniosa forma de ocupar el espacio: mantiene el escenario prácticamente vacío (en el primer acto, por completo, en verdad) para que cantantes y coro se puedan mover libremente, y coloca una gran cantidad de objetos y muebles suspendidos, como una nube, desde el techo, siendo un recurso de gran impacto y una buena metáfora del enredo de la trama. También es interesante la solución del tercer acto, al montar la carpa del circo directamente a escena abierta, coreografiando el montaje durante uno de los números de danza. La dirección de actores exigió un constante movimiento al coro y ligeras indicaciones para los cantantes que se beneficiaron en términos actorales. Sin duda, es una puesta en escena que exalta la vis cómica del libreto y de la música, a la vez que construye un espacio y un desarrollo dramatúrgico donde todos los elementos tienen cabida con naturalidad de manera elegante. No hay estridencias, pero en ningún momento decae la brillantez del ritmo.

Natalia Tanasii (Mařenka), Manel Esteve, María Rey-Joly, Toni Marsol, Martin Winkler, Monica Bacelli &copy; Javier del Real | Teatro Real
Natalia Tanasii (Mařenka), Manel Esteve, María Rey-Joly, Toni Marsol, Martin Winkler, Monica Bacelli
© Javier del Real | Teatro Real

En el aspecto musical, quedó claro desde los compases de la obertura el protagonismo que la partitura merece y que Gustavo Gimeno le iba a conceder sin ambages. Fue un sonido rico, generoso, sinfónico, que puso sin duda a la prueba a los cantantes. El maestro valenciano dirigió con gesto elegante y enérgico, encadenando con fluidez los números y logrando una luminosidad contagiosa. El Coro Titular del Teatro Real estuvo a su nivel habitual, esto es, excelente, sonando bien amalgamado, compacto, siguiendo y comentando la acción. A nivel vocal, la ópera tiene varios niveles de exigencia: por un lado el idioma, que supone un reto en términos de dicción, por otro la confrontación con la masa orquestal. Además, los papeles protagónicos tienen que conjugar una emisión suficientemente robusta a la vez que ágil y un sentido dramático vivaz y con desparpajo. 

Martin Winkler (Kekal), Sean Panikkar (Jeník) y Coro Titular del Teatro Real &copy; Javier del Real | Teatro Real
Martin Winkler (Kekal), Sean Panikkar (Jeník) y Coro Titular del Teatro Real
© Javier del Real | Teatro Real

Moisés Marín encarnó un Vašek muy convincente, en la ardua tarea de tartamudear cantando, pero sin perder firmeza en la emisión, y también actoralmente se ajustó al personaje con gran naturalidad. El casamentero de Martin Winkler brilló en su registro más bufo, algo forzado en el timbre, y se percibió cierta opacidad hacia el final, lo cual es comprensible siendo un rol que se encuentra prácticamente en todas las escenas. Sean Panikkar dio vida a un Jeník descarado en lo actoral como el personaje lo requiere y con una buena voz en términos de potencia y carácter. No es una voz especialmente aterciopelada y matizada pero maneja bien dinámicas y fraseo, con lo que consiguió un resultado notable. Natalia Tanasii plasmó una Mařenka que hace justicia a la complejidad del personaje: no se deja arrollar por los acontecimientos, se las ingenia para liberarse del matrimonio concertado, sabe ser dulce y lírica en el dúo inicial con Jeník y acto seguido burlarse de Vašek. Vocalmente se desenvuelve muy bien en el registro agudo con robustez y una interesante resonancia en términos de timbre. Se le percibió menos cómoda en los pasajes que requieren más agilidad pero incluso en ese registro se desenvolvió correctamente.

Moisés Marín (Vašek) y Natalia Tanasii (Mařenka) &copy; Javier del Real | Teatro Real
Moisés Marín (Vašek) y Natalia Tanasii (Mařenka)
© Javier del Real | Teatro Real

La novia vendida es, como se decía, una feliz síntesis de muchos ingredientes y así lo requiere en términos performativos. Por encima de los números y las arias está la continuidad del discurso, por encima del divismo están los conjuntos. Escénicamente, no necesita meter con calzador ideas rompedoras porque tiene un marco flexible donde el ingenio del director puede jugar con diversos elementos del libreto. Conscientes de ello, Pelly, Gimeno y todos los intérpretes supieron extraer la mejor esencia de la música de Smetana para una producción encantadora.