Dividida quedó la primera producción que traía el Teatro de la Zarzuela para estrenar esta nueva temporada 2020/2021. La Tempranica y La vida breve habían sido las escogidas para un doble programa como tantos ha hecho ya el coliseo madrileño, para dar salida a tantas y tantas zarzuelas que, bajo el formato de “zarzuela por horas” que se dio a principios del siglo pasado, han quedado obsoletas para los gustos más “alargados” de los abonados actuales.La situación actual, de la que no entraré en valoraciones, obligó a la Zarzuela a dividir el programa en dos días diferentes. Hoy comentaré la parte que se refiere a La Tempranica.

La obra de Gerónimo Giménez no es una habitual de los teatros y es de entender. A parte del famoso número de “La tarántula” y el de “Sierras de Granada”, tan interesantes como diferentes, poco más vale la pena rescatar de esta zarzuela y mucho menos de la trama, que la Zarzuela no dudó en cercenar completamente. Eso no quita que haya que pasarla de cuando en cuando por la cartelera, que el patrimonio, bueno o malo, es patrimonio. Sin embargo, al igual que un buen comisario tiene que hacer que al público asistente le interese su exposición sobre los 200 tenedores que usaba la reina Maria Cristina para comer, lo mismo debería hacer un director de escena con estas obras que suben al escenario.

Nancy Fabiola Herrera como María, la Tempranica © Javier del Real | Teatro de la Zarzuela
Nancy Fabiola Herrera como María, la Tempranica
© Javier del Real | Teatro de la Zarzuela

No fue el caso de la escena que escogió Giancarlo del Mónaco. Dos cosas me sorprendieron: lo primero que, por lo visto, mientras que el coro sí contagia el coronavirus los solistas, no. Y así, unos cantaban con mascarilla dejándose unos cuantos armónicos por el camino y otros, no. Lo segundo, que no se vio ninguna referencia a la escena granadina a parte de un fondo de postales que dominó la primera mitad de la representación. Del Mónaco se llevó la escena (de una producción que han llamado “Granada”) a su Venecia natal en una escena que recordaba al carnaval de la ciudad de los canales, de la que sí quiero destacar tanto el excelente vestuario como la fotografía. 

Hubo momentos sumamente aburridos. Como comentaba anteriormente, La Tempranica cuenta con un par de números muy interesantes, pero los interludios no lo son en absoluto. Por ello, no se pueden presentar acompañados de una escena con poco movimiento escénico. El maestro Miguel Ángel Gómez-Martínez hizo lo que pudo con una pobre partitura y una orquesta reducida. Pero por muy notable que sea el maestro, de dónde no hay no se puede sacar.

Pero bueno, no seamos negativos. La Tempranica también tiene sus cosas buenas. Algunas se supieron aprovechar, como los momentos corales muy bien balanceados y ejecutados a pesar de que el coro también era considerablemente más pequeño de lo habitual. Otras no, como el famoso número de “La tarántula” en el que se optó por una versión completamente carente de lirismo. En fin, nada que no dejase claro el diálogo ficticio entre Giménez y Falla empeñado en vilipendiar a la prensa y al público.

En cuanto a las voces, se debe alabar el tono aterciopelado y profundo de Amoretti, quien hizo un excelente papel de don Luis. El bajo tiene la sorprendente cualidad de emitir tan dramático como claro, lo que hace de él un excelente cantante de zarzuelas. No fue este el caso de Nancy Fabiola Herrera que, una vez más, cayó en un exceso de lirismo y falta de vocalización que, si bien fue adecuado para “Sierras de Granada” (donde sus vibrantes agudos levantaron una gran ovación), no lo fue en absoluto para el dúo con don Luis, de carácter más castizo. Esto me hace pensar que la soprano carece de flexibilidad para adaptarse a las demandas del repertorio, lo que considero un gran defecto para dedicarse a cantar zarzuelas.

En resumidas cuentas, hay poco que me haga recomendar esta parte de un doble programa que se ha tenido que desdoblar y que, quizás mejora, si acaso, con La vida breve. Respecto a La Tempranica decir que es un evidente intento de convertir una obra menor en algo que no es y que el resultado es un sinsentido musical de poco más de una hora, aburrido y exageradamente pretencioso.

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