El Falstaff de Verdi es una de esas obras que sabe cómo señalar y revelar esa sutil línea que separa la comedia de la crítica. Como mejor momento, el de nuestros tiempos, para representar este juego de apariencias y mascaradas de roles que lleva funcionando desde que el mundo es mundo. La importancia de reírse de uno mismo constituye el epicentro de la obra, aunque podría servir para constatar la falta de ello en la actualidad: en un ejercicio por descubrir el engaño y burlarse de quien lo comete, la obra es representada en tiempos en donde se aplaude el engaño y se sacraliza al ejecutor. Una doble broma en la que se podría celebrar el humor, la inteligencia y la capacidad de Verdi para cuestionarse a uno mismo.

<i>Falstaff</i> en el Liceu &copy; A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Falstaff en el Liceu
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

Frente a este contexto disonante, el planteamiento de Pelly combina el realismo y la fantasía de los mecanismos sociales, planteados por una amalgama de víctimas y verdugos que se mueven por escenas que se desmontan, avanzando por un mundo que se abre hacia uno nuevo e imaginado uno dentro del otro. Entre broma y broma, la verdad asoma. Este nuevo mundo evoca la celebración de la humanidad imperfecta, huyendo del juicio moral y haciendo de ello una celebración puramente teatral con moraleja incluida. La transformación es el epicentro de la dramaturgia, centrada en una metamorfosis paulatina, sin abstractos ni resoluciones estridentes. Una escenografía firmada por De Limburg no podría ser más efectiva y trabajada; planteamiento regido por una distribución de espacios que nacen unos de otros, logrando que una ciudad quepa en una taberna. Gracias al juego de paneles móviles y tarimas modulares, las estructuras se integran y transforman jugando con las perspectivas y creando ilusiones escénicas. Yendo de la mano con el punto central, los trampantojos, perspectivas en fuga y trucos de trampilla se hacen con una dramaturgia risueña. Un diálogo continuo entre la idea de Pelly, la escena de De Limburg y la batuta de Pons, quienes consiguen recrear la intencionalidad del imaginario verdiano.

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Serena Sáenz, Daniella Barcelona, Santiago Ballerini, Gemma Coma-Alabert, Carolina López Moreno &copy; A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Serena Sáenz, Daniella Barcelona, Santiago Ballerini, Gemma Coma-Alabert, Carolina López Moreno
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

Luca Salsi dio vida al Falstaff del primer reparto, aportando la variedad de colores necesarios para la esencia del personaje. Logrando un calidoscopio vocal e interpretativo, Salsi demostró dominar la dicción –con una voz estable y profusa–, la flexibilidad en los cambios de ritmo y ejerció un legato elegante, confluyendo las diversas variantes del protagonista. Sin duda, el reto era afrontar la alternancia de caracteres en un flujo musical continuo, sin roturas ni fricciones en su avance, combinando los distintos caracteres y texturas de la partitura. Junto a él, pivotaba una Alice Ford, a cargo de Carolina López, confrontando las andanzas de Falstaff; la voz de López ofreció una línea elegante, con un fraseo refinado y atendiendo especialmente a una proyección ligera, junto a un dominio escénico que la posicionaron como una de las favoritas del estreno. 

Los protagonistas de <i>Falstaff</i> en la producción Laurent Pelly &copy; A. Boifll | Gran Teatre del Liceu
Los protagonistas de Falstaff en la producción Laurent Pelly
© A. Boifll | Gran Teatre del Liceu

En su contrapartida, Coma-Albert como Meg Page, con un color más cálido, presentó un timbre luminoso y vibrante; cómoda en la interpretación y haciendo simbiosis con el foso liceísta, la mezzo se hizo con el público por su naturalidad. El nervio y la humanidad vino dado por Lucas Maechem, llevando a cabo un Ford emotivo e intenso. Con una medida proyección, alcanzó la amplitud del sonido del personaje sin resultar histriónico; destacaron también sus contrastes en las dinámicas y la expresividad emotiva en su desarrollo. Cabe destacar también el trabajo de Serena Sáenz como Nannetta, de timbre luminoso y de lirismo pianissimi.

<i>Falstaff</i> en el Liceu &copy; A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Falstaff en el Liceu
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

En cuanto a la dirección de Josep Pons, quien con este Falstaff pone punto final a la titularidad de la dirección musical del Liceu, después de más de una década al frente, optó por el control fiel de los tempi y un acompañamiento a la respiración de los cantantes. Sosteniendo los fraseos y los rubatos, logró un ejercicio conectado entre escena y foso: resaltó la claridad contrapuntística de la orquesta y la sincronización rítmica en una construcción global dramática. Energía, tensión y un trabajo minucioso de dinámicas, Pons estableció un equilibrio entre las secciones, recreando casi un conjunto camerístico. El conjunto orquestal marcó una expresiva y clara línea melódica, teniendo el foco en la precisión y una ejecución limpia, de la mano con los parámetros vocales.

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Luca Salsi (Falstaff) &copy; A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Luca Salsi (Falstaff)
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

Indudablemente, la ovación en pie final fue dedicada para el maestro Pons, agradeciendo no solamente una buena dirección de la noche, sino toda una trayectoria dedicada a los proyectos liceístas de muchísimos programas que han marcado hitos en la casa. Un trabajo de engranaje y minuciosidad en este Falstaff, cerrando esta temporada en el Gran Teatre del Liceu, celebrando la importancia de saber reírse de uno mismo.

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