Aunque siendo una obra poco conocida (o poco dada a conocer, según cómo se mire), La Gioconda es un festival de melodías inestables, de pugnas vocales con un argumento dramático complejo de seguir y que pocas veces se deja ver en escena. En esta obra de Ponchielli, los cantantes deben demostrar una inagotable capacidad para llevar a cabo un drama de cuatro actos, que exige vigorosidad y trabajo de un libreto contundente, aunque más agradecido a nivel musical. Poco reconocimiento histórico de la obra, que exige una exhibición de cualidades importantes para el reparto y que el Liceu apostó fuerte con esta coproducción.

Hablamos de una de las obras representativas del movimiento artístico de la scapigliatura -donde las crueles realidades de la vida se muestran sin filtros románticos- donde la obra, basada en un texto de Victor Hugo, muestra la fallida historia de amor de Gioconda y su lucha contra las vicisitudes que le presentará el destino. Curioso es el tema subyacente del drama (posible núcleo real): la rara representación de la historia del amor maternofilial entre Gioconda y su madre invidente. Escenas de gran lirismo copan prácticamente todos los actos, contenedores de grandes números y donde no faltó de nada. Hubo danza, coros y hasta fuego (!).

<i>La Gioconda</i> en el Gran Teatro del Liceu © A. Bofill | Gran Teatro del Liceu
La Gioconda en el Gran Teatro del Liceu
© A. Bofill | Gran Teatro del Liceu

La dirección musical asumida por Guillermo García Calvo fue contundente en los instantes más necesariamente expresivos, sin ir más allá de la acentuación dramática de momentos como el de "Voce di donna o d’angelo" por una emotiva María José Montiel o el de la esperada aria "Suicidio!", por Anna Pirozzi. Batuta refinada en esta velada por el maestro, donde destacó la resonancia de la sección de cuerda a lo largo de la representación, sin llegar a sobreponerse a la fuerza vocal de los personajes. Las actuaciones corales fueron algo discontinuas, carentes en fuerza en ocasiones; en especial, el sector de voces femeninas con intervenciones que escaseaban en sonoridad.

Hubo cambios en el rotundo reparto seleccionado para La Gioconda del Liceu, en el que se esperaba a una Iréne Theorin, muy querida en el teatro barcelonés, en el rol protagonista y una de las presentaciones más esperadas de la temporada. Pero que, por prescripción médica, tuvo que ser baja in extremis. No menos acogedora fue la presentación de su sustituta, Anna Pirozzi, que no sólo desbordó las expectativas aguadas por no ver a la diva sueca, sino que la soprano del segundo reparto se llevó una de las ovaciones más largas y merecidas del público que hace tiempo no se dedicaban, gracias a la persistente interpretación tanto en registros agudos como en graves. Mostró una espectacular técnica, una potencia y fondo vocal sensacionales, que exponen su asentamiento en el panorama actual operístico. Una buena fortaleza vocal fue la que demostraron también la soprano Ketevan Kemoklidze, en el rol de Laura Adorno, con el acompañamiento de un convincente pero algo falto de emotividad, Stefano La Colla, en el papel de Enzo Grimaldo. Merece una alabanza también el trabajo escénico que llevó a cabo todo el reparto sin perder la potencia del ejercicio del canto en toda la velada.

Anna Pirozzi y María José Montiel © A. Bofill | Gran Teatro del Liceu
Anna Pirozzi y María José Montiel
© A. Bofill | Gran Teatro del Liceu

El marco de todos los entresijos amorosos de los personajes fue una Venecia minimalista (incluso rothkiana, presentada únicamente por grandes puentes y escalinatas en negros y rojos), concepción de Pier Luigi Pizzi que, aparte de recrear un vestuario y un escenario carnavalesco eficaz en el plano visual, no aporta contenido alguno a ésta. La belleza escénica de la ciudad de La Gioconda también enmarcó uno de los momentos más esperados de la noche. Minutos después del inesperado prendimiento de las velas del barco con antorchas al final del segundo acto o el sofisticado mecanismo de atrezo que hacía aparecer y desaparecer las góndolas venecianas a lo largo de la obra, la Danza delle ore (Danza de las horas) mostró a un cuerpo de baile armonioso y multicolor para recrear la esperada y conocidísima escena de miniballet. Fueron los solistas (y manecillas del reloj) Alessandro Riga y Letizia Giuliani –con coreografía de Gheorghe Iancu– los responsables de llevarla a cabo.

Letizia Giuliani y Alessandro Riga en la <i>Danza de las horas</i> © A. Bofill | Gran Teatro del Liceu
Letizia Giuliani y Alessandro Riga en la Danza de las horas
© A. Bofill | Gran Teatro del Liceu

Fue un trabajo descomunal el de la tríada de mujeres que dan vida a los personajes femeninos de la obra, así como el trabajo de orquestación para tejer musicalmente el fatigoso drama. Y el no menos aplaudido acierto, por parte de la dirección artística del teatro, de incluir títulos como éste en la temporada, que llenaron de clamor el Liceu este pasado lunes.

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