La Real Filharmonía de Galicia y Baldur Brönnimann, inauguraron temporada en Santiago y Ferrol, cita que asimismo abría el curso de la Sociedad Filarmónica Ferrolana. Bajo el lema Memoria, la programación propone un reencuentro entre el gran repertorio y la creación de hoy. Como compositor residente, Magnus Lindberg será eje de la programación junto a nombres como Helmut Lachenmann, Anna Thorvaldsdottir, Caroline Shaw o Deborah Pritchard. En comparación con temporadas previas, la contemporánea se confina a un número de programas, centrándose el grueso de la programación en el repertorio clásico-romántico: Mozart, Haydn, Beethoven, Schubert, etc.

La elección de las Folk Songs de Berio, profundamente arraigadas en la memoria oral, no podía ser más coherente con el lema citado. Baldur Brönnimann las introdujo, evocando inevitablemente, a Cathy Berberian, figura indisociable de su historia interpretativa. Más allá de la impronta que supone su testimonio interpretativo, Brönnimann siguió su propio camino adoptando una visión contenida y reflexiva, estilizando deliberadamente el componente folclórico. Predominaron tempi lentos, especialmente en números como Black is the Colour, Motettu o Lo fiolairé. La voz de Katrin Wundsam, pequeña, oscura y de indudable musicalidad, se acomodó mejor a esa visión que al teatral y popular modelo de Berberian. Lógicamente, se echó en falta sensación de riesgo en las canciones que exigen mayor nervio. La refinada instrumentación que Berio construye alrededor de la voz emergió de forma prudente y equilibrada. La respuesta del público, poco numeroso, fue asimismo contenida.

La Sinfonía núm. 4 en sol mayor de Mahler cambió el tono de la velada. La RFG la abordó con una plantilla atípicamente reducida en la cuerda, incluso para lo habitual en la formación, (seis violonchelos y violas y tres contrabajos). El Auditorio de Ferrol es una sala agradecida: proyecta con claridad, envuelve el sonido y evita reverberaciones excesivas. Pero una buena acústica no funciona sola; depende de la relación entre la sala, la obra y las dimensiones de la formación. Tanto en los grandes clímax como en las efusiones líricas de la cuerda, se echó en falta mayor peso en el sonido. Esta sensación no hizo justicia a la sección, muy especialmente los violonchelos, liderados por Ferran Bardolet, quienes mostraron toda la noche un nivel técnico y una expresividad a la altura de la obra.
Brönnimann desplegó tempi canónicos, idénticos al centro de la tradición interpretativa mahleriana entre la que se encuentran directores como Inbal o Dohnányi. El resultado fue un primer movimiento sólido, transparente y bien construido, sin forzar el aparente clasicismo de la partitura. La respuesta orquestal fue excelente. En el segundo movimiento, el concertino James Dahlgren afrontó convincentemente uno de los cometidos más comprometidos de la obra: la mordaz recreación de la figura diabólica que Mahler asocia a la muerte. En sus solos restantes exhibió afinación y sonido, desplegando el carácter de auténtico recital. También estuvieron eficaces las maderas, así como el trompeta principal, Javier Simó. Mención especial merece, a la trompa, un infalible Jordi Ortega, puntal en una obra que exige seguridad y presencia constantes.

Brönnimann estuvo especialmente inspirado en el Ruhevoll. Permitió respirar ampliamente al movimiento sin que la música perdiese tensión, evitando sentimentalismo añadido y construyendo con claridad y sensibilidad para las transiciones un gran arco musical. En la orquesta encontró una respuesta de gran concentración. Únicamente en el enorme clímax del Vorwärts afloró la citada descompensación entre percusión, metales y una cuerda que difícilmente podía ofrecer el mismo peso sonoro. No fue un problema de ejecución sino de proporciones. En Das himmlische Leben regresó Wundsam. Su interpretación fue solvente, aunque su color oscuro y el peso de su registro grave se alejaron de la cualidad luminosa y casi infantil que música y texto piden. Faltó ironía y teatralidad en los interludios y determinados guiños vocales –como el glissando en “dazu lacht”– resultaron sobrios. Para compensar, la amplia sección conclusiva fue extraordinaria, extinguiéndose el sonido sin afectación y con serenidad.
Noche amena y estimulante, con unas intelectualizadas Folk Songs y un Mahler que mostró un excelente nivel técnico de la RFG y solidez y claridad de ideas por parte de Baldur Brönnimann.


















