Nos hallamos ante un nuevo concierto del ciclo “Paroxismos” de la Orquesta Nacional, y además con un programa que le viene como anillo al dedo al sustantivo, y no solo por las obras que lo componen, sino por quienes las ejecutan. La solista invitada es Alisa Weilerstein, la chelista americana a la que no le tembló el arco cuando con veintiséis años se enfrentó al concierto de Elgar y a la batuta de Barenboim; y el director es David Afkham, que a estas alturas no requiere presentación. Además, tenemos estreno absoluto, una obra que la formación ha encargado al compositor Río-Pareja, y que se llama Los incensarios.

Inspirada en unos recuerdos particulares de la Semana Santa Los incensarios es una obra que pretende representar con medios audaces la agitación de estos elementos frente a las imágenes típicas. Una serie de episodios sonoros contrastantes en tiempo y carácter, y una muestra consistente de efectos instrumentales fue el resultado obtenido por una orquesta que, en todo caso, no se sintió especialmente entusiasmada. Correcta, nada más, la ejecución del director, mucho más hábil en el dibujo de la atmósfera y la estampa que en la proyección rítmica de una obra que se inclinaba hacia el decaimiento. Como ocurre a menudo en los estrenos, la interpretación recibió una acogida comedida entre cuyos aplausos se entonaron también algunos tímidos abucheos.

David Afkham al frente de la ONE y junto a la solista Alisa Weilerstein © Rafa Martín
David Afkham al frente de la ONE y junto a la solista Alisa Weilerstein
© Rafa Martín

Dadas las circunstancias, tal vez el concierto de Shostakovich no funcionó a priori como un revulsivo, pues abundan en esta partitura los pasajes de ritmo contenido. La exaltación que se podría esperar de un paroxismo en toda regla vino siempre determinada por la habilidad de la solista para mostrar todo el sentir expresivo de las angustiosas líneas melódicas. Alisa Weilerstein fue capaz de conducirnos al universo desesperado y opresivo de un Shostakovich afligido, pero al mismo tiempo ansioso de expresión. La gran abundancia de los pasajes introspectivos, no obstante, podría haber rozado el tedio de no haber en la partitura elementos contrastantes que pusieran coto a la oscuridad y a la introversión. La chelista americana supo conducir estos contrastes comprendiendo el sarcasmo que le es propio al compositor, y procurando desgarrar su instrumento en un intento de representar la exaltación extrema, que al final es de lo que se trata el paroxismo. El problema es que en una de estas acometidas se le rompió una cuerda a la chelista y hubo que detener el concierto en el momento más álgido para realizar las adaptaciones adecuadas.

No tiene importancia, le puede pasar a cualquiera. Pero en el ínterin tanto el público como la orquesta se despistó entre bromas y charlas, y se esfumó completamente el ambiente de continuo sofoco que la formación y la solista habían construido con tanto esfuerzo. Ya nada pudo hacer para reconducir la interpretación sino seguir, profesionalmente, hasta el final, y ofrecer una propina que, aun perteneciendo a Bach, resultó más bien poco reflexiva.

Con todo, llegamos al descanso con la urgente sensación de haberlo merecido, y por precaución ante la acometida que nos deparaba la segunda parte, que siempre conviene estar descansado para escuchar la Consagración, una obra que -como bien se observa en el programa de mano- es una explosión de ritmos y disonancias. También habla de misterios y de sensualidad, de brumas y misticismos, pero de esto hubo más bien poco, por contraste a la fogosidad y a la gran amplitud sonora que pareció ser el foco de la interpretación. En efecto, ya desde la entrada del fagot y las maderas se presentó la sospecha de que en la interpretación iba a preponderar el elemento explosivo, y así fue. Durante toda la obra se sucedieron los pasajes en que los metales sacaron toda su artillería en favor de una ejecución exuberante, pero con poco detalle, con poco equilibrio orquestal.

Al final la sensación preponderante fue que la ejecución de la obra se había enfocado, sobre todo, en esforzarse por llevarla hacia delante atendiendo siempre a una adecuada continuidad rítmica, y en llegar hasta el final sin encontrarse mayores sobresaltos por el camino. Un concierto, pues, en general, correcto, pero emplazamos el paroxismo para otra ocasión.

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