Con David Greilsammer como invitado doble, director y pianista, la OSN nos ofreció un programa cien por cien Mozart: la Sinfonía nº 27 en sol mayor, K199 y el último de los conciertos para piano, el nº 27 en si bemol mayor, K 595, en la primera parte; como única obra después del intermedio, la Sinfonía nº 39 en mi bemol menor, K 543 . Una interesante propuesta que combinó elementos de la tradición con algunos referentes a la interpretación histórica y un toque contemporáneo.

El pianista y director David Greilsammer © Julien Mignot
El pianista y director David Greilsammer
© Julien Mignot

De entrada, resultó llamativa la distribución de la orquesta: el joven director propuso una formación que remite a una práctica anterior a la de las grandes agrupaciones y que, en todo caso, cambia por completo la disposición habitual. Los primeros y los segundos violines fueron colocados frente a frente: los primeros a la izquierda del director y los segundos a la derecha, lo que permite un diálogo en igualdad de condiciones muy adecuado para esta música. Los cellos, junto a los violines primeros, con los contrabajos detrás y las violas al lado de los violines segundos. Detrás de ellos, las maderas.

Las dos sinfonías del programa, nº 27 y nº 39 contrastaron, más que por su distancia en el catálogo de Mozart, por lo que Greilsammer y la orquesta hicieron con ellas. Para la primera sinfonía, compuesta probablemente para cuerdas, dos flautas y dos cornos, se optó por una orquesta reducida, y el trabajo fue casi artesanal. Es muy probable que la OSN nunca hubiera tocado esta obra, lo que dio lugar a un trabajo más minucioso que le permitió al director desarrollar con más comodidad sus ideas. La articulación muy marcada, el fraseo, los matices, que alcanzaron un piano muy sutil, la gestualidad sin batuta del director... todo parecía estar verdaderamente moldeando cada sonido y guiaba la atención por cada detalle de esta poco conocida obra. La experiencia fue muy interesante.

En cambio, para la famosa Sinfonía nº 39 se optó por una orquesta más grande, no sólo porque la dotación de la obra es mayor e incluye timbales, trompetas, cornos y clarinetes, sino porque se también se reforzaron las cuerdas. De este modo se consiguió un sonido lleno, robusto, más cercano al Mozart que oímos cotidianamente en grabaciones y conciertos de orquestas con instrumentos contemporáneos, con una articulación menos marcada y matices más parejos pero con una orquesta muy cómoda que conoce bien la obra. El director, bien plantado y con de elocuente gestualidad, condujo a la orquesta por caminos bien conocidos con muy buen resultado, pero claramente sus ideas estuvieron más presentes en la primera sinfonía de la noche y en el concierto.

Muy al estilo de la época de Mozart, en el concierto nº 27 el director-intérprete condujo la orquesta desde el piano. Este formato con el piano al centro del escenario y la orquesta con esa distribución plantea una cierta inspiración histórica, pero los instrumentos de la orquesta y el piano de gran concierto nos ubican en una realidad contemporánea. Este diálogo, que toma elementos de ambos mundos, es interesante y refrescante en tanto en cuanto plantea una propuesta para integrar elementos de la muy presente práctica histórica a formaciones que tocan instrumentos contemporáneos y con un estilo heredado de una tradición del siglo anterior. Y eso vale también para el solista, que usa ese poderoso instrumento, no muy parecido al de Mozart. Así, con los recursos propios del piano contemporáneo, el Greilsammer pianista se incorporó al flujo de la orquesta con un sonido clarísimo y ligero y una articulación muy marcada. La parte de la mano izquierda casi siempre en segundo plano, se condujo con una precisión notable. Quizá lo más interesante fue su diálogo con la orquesta, construido desde su doble función y, sobre todo, sus propias cadenzas improvisadas, muy en el estilo de lo escuchado en el concierto, pero con un toque personal que dejaba deslizar acordes con cierto aire de jazz o algunas notas en el registro más grave del piano. Por fortuna, están volviendo a la música clásica la improvisación y los espacios creativos, y éste es gran ejemplo de lo bien que puede funcionar.

Después del concierto para piano, el muy pedido encore fue el famosísimo Andante del Concierto nº 21 en do mayor.

En definitiva, una primera parte del concierto muy estimulante y una experiencia completa gratísima. Mozart, poco conocido o muy conocido, siempre se agradece.