El Teatro Municipal de Santiago presenta el icónico ballet Romeo y Julieta de Sergei Prokofiev, en el marco de una apuesta conservadora, pero contundente, de su temporada de danza clásica. La versión, protagonizada por el Ballet de Santiago, fue ideada por John Cranko en 1962, recordando el potente lazo entre la institución y el Ballet de Stuttgart, del cual Cranko fue director. Desde la década de 1980, el Teatro recibió una serie de visitas de la compañía alemana, cuyo legado se mantiene hasta hoy: la reposición general estuvo a cargo de Marcia Haydée, reconocida bailarina y discípula del coreógrafo sudafricano, quien fue la primera Julieta de su coreografía.

Si bien la producción es propia, corresponde a una reposición del año 2023. La monumental escenografía —aunque tosca por la robustez de sus edificios de roca— fue recorrida en toda su amplitud por el elenco. Las escalas, balcones y niveles otorgaron perspectiva y profundidad al escenario, mientras que los telones de fondo, ubicados a distintas distancias del público, ofrecieron movilidad y proyección a la historia. En un guiño a la tapicería medieval y renacentista, Elisabeth Dalton, encargada de escenografía y vestuario, dispuso una paleta otoñal de colores ocres y rojizos, complementada por la iluminación. Ya fuera el rojo en el duelo de Romeo con los Capuleto o el amarillo en las fiestas, cada juego de luz potenció las emociones de los personajes de un modo natural que jamás interrumpió la atención hacia la danza. En cuanto al vestuario, fue en extremo elaborado. Las telas resaltaron gracias a la diversidad de estampados, texturas y materialidades, cuya fantasía renacentista se tradujo en sombreros cónicos y enrollados y vistosos de vestidos de época.

La coreografía de Cranko incluye detalles como gestos vulgares o juegos de fuerza entre personajes. El trío de amigos de Romeo divirtió durante los primeros dos actos con acrobacias y bromas, sin embargo, se desincronizó en las piruetas, terminando los saltos a destiempo y con una ligera pérdida de equilibrio. Hubo en este aspecto un uso del espacio no del todo acertado: sus movimientos fueron enérgicos, pero carecieron de un orden que los aunase como trío. Los protagonistas, en cambio, formaron un dúo sólido en interpretación y técnica, ejecutando precisas elevaciones y giros asistidos. Y es que los movimientos alcanzaron tal nivel de fluidez que suscitaron las lágrimas del público en la escena del balcón. La fuerza física de Romeo y la elasticidad de Julieta se integraron a sus vestimentas ligeras y blanquecinas, acentuando las características de cada personaje. El resto de los bailarines también recreó en su corporalidad las características de cada papel, destacando las posturas ladeadas de las mujeres de la corte, en una ironía sobre la elegancia y esnobismo.

La dirección de Pedro-Pablo Prudencio con la Orquesta Filarmónica de Santiago, cuerpo residente del Municipal, obtuvo grandes vítores. La delicadeza de las variaciones dinámicas de las cuerdas y vientos madera, tan importantes en la definición de leitmotivs, jugó con los timbres más graves de la orquesta. Romeo y Julieta no es solo melódico, sino además muy rítmico; los bronces y percusión mantuvieron un pulso constante, sin competir en volumen con los demás instrumentos. La tensión entre ritmo y melodía se sostuvo, combinando glissandi con staccatos y trémolos. Tal como en la danza, la música trabajó minuciosamente la importancia de las emociones para el transcurso de la tragedia y mantuvo el orden que en ocasiones llegó a perderse en el escenario.

Aunque hubo momentos de la coreografía que resultaron mejor que otros —sobre todo respecto al uso del espacio— la elección de personajes fue acertada. Que las escenas del trío de amigos de Romeo hayan sido desordenadas se condijo con el carácter de sus personalidades picarescas. Del mismo modo, la madre de Julieta demostró una gran capacidad actoral al momento de transmitir severidad, ira y desesperación. Resultó uno de los personajes más expresivos. El cierre del segundo acto, cuando sube a la camilla en la que llevan a Teobaldo muerto, fue uno de los puntos más dramáticos, potenciado por la iluminación anaranjada, la distribución de los demás personajes en la escenografía y los cambios abruptos de vestuario.
Ante un ballet tan conocido como Romeo y Julieta, es esencial que su presentación sea capaz de sorprender y emocionar. La producción fue capaz de generar una historia en conjunto, en la que el papel de la ambientación visual y sonora fue decisivo para desarrollar el curso emocional de una danza de profundo romance y tragedia.

















