El público vigués parece estar ya familiarizado con orquestas sin batuta, que prescinden de la imagen empoderada de esa figura líder de la armonía, y conceden a la agrupación de músicos cierta libertad en la consecución del carácter interpretativo. Las obras de Tchaikovsky y Beethoven seleccionadas para la ocasión conviven con serenidad apasionada entre la vibración emergente de los miembros de la Orquesta Sinfónica de Galicia. David Grimal, como solista y director artístico, ha dominado con aplomo el reto que siempre existe en el artista que se enfrenta a un escenario.

El Concierto para violín y orquesta en re mayor, Op.35 de Piotr Ilich Tchaikovsky es uno de los griales de todo maestro del violín, a pesar de la desafortunada acogida que tuvo en su estreno aquel 4 de diciembre de 1881. Leopold Auer, en 1879 había rechazado su interpretación por las exigencias técnicas de la pieza, de extrema dificultad.

El violinista David Grimal © Julien Mignot
El violinista David Grimal
© Julien Mignot

La introducción orquestal antecede el tema desarrollado en el Allegro moderato, de una belleza melódica candorosa en apariencia, pero que en seguida rompe su aparente sencillez, con armonías que enriquecen y adornan los matices presentes también en la parte solista. La recuperación del tema por la flauta travesera, despiertan a David Grimal del trance en el que parece inmerso. Ha ejecutado armónicos aspirados, dobles cuerdas enérgicas y trinos infinitos que evocan el canto del ruiseñor, del jilguero o del canario, hacia una cadencia eficaz e incisiva.

El viento presenta la Canzonetta a tempo Andante. La madera del violín parece mudar de piel, y es otro el color de su timbre. La poeticidad eslava es el remanso de calma, fantasmal, sin artificios, pero con aguda aflicción, que solista y orquesta empastan con sutileza. El clarinete, seguido de flauta y oboe, emite con solemnidad una respuesta a los llantos del violín. Los glissandos no han sido en exceso acentuados, en cambio sí se permite en el solo, dominar el silencio y dejar en vilo a la orquesta, construir vertiginosas escalas y enfatizar el carácter español tan del gusto de Tchaikovsky. El Allegro vivacissimo presenta el contraste entre la elocuencia del staccato y la melancolía del movimiento anterior.

No es habitual poder paladear la presencia de un solista en la totalidad de la función; por lo que es conveniente tener en consideración que agradeciese las súplicas del público con ese bis tan ansiado, en el cual Grimal pellizcó las cuerdas con picardía. Tras ese derroche de virtuosismo, durante la interpretación de la Sinfonía núm. 4 en si bemol mayor, Op.60 de Ludwig van Beethoven, la OSG con el violinista francés como concertino se mostró contenida, consolidada y autónoma, enfrentándose con autodeterminación a una partitura de naturaleza jovial. La gradación de dinámicas colorea un arco de pureza sonora, que viaja con transiciones expresivas entre el pianissimo y el fortissimo, concediendo al mezzopiano y al mezzoforte un abanico de emotividad.

El clima musical, la intensidad y la vivencia artística de la orquesta como individualidad, genera finales redondos, pasando de notas ligadas por la sección de cuerda que traspasan su propia frontera para mimetizarse y aunarse con “la bocanada” airosa del viento. La modulación tímbrica del Adagio – Allegro vivace imbuye al desorientado a una grave introspección, de solemne majestuosidad, que se quiebra con el salto hacia un esplendor vivaz, próximo a la marcha militar. En oposición a este carácter, en el Adagio el paisaje sonoro cambia y los vientos, en su totalidad, completan el fulgor brillante en el que las cuerdas son espejo triunfal de “lo sinfónico”. En el Allegro vivance – Trio. Un poco meno allegro, el paraje se hace abrupto y los músicos no dudan en abalanzarse “atacando” la melodía con contundencia. La madurez compositiva destaca en el Allegro ma non troppo, en el cual la orquesta le confiere el conveniente temperamento. Los contratiempos rítmicos se acompasan al latir biológico. El espectador no se acomoda en la butaca, es participante pasivo de la energía diversa que fluye entre los miembros de la Orquesta Sinfónica de Galicia. Una noche en la que se satisfizo las expectativas y se generó un vigor fulgurante que atrapó emocionalidades.

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