El director Jordi Roch se mantuvo firme: la Schubertíada de Vilabertran tenía que ser una realidad, también en el verano más atípico. Pese a todas las adversidades, el festival mantuvo la programación original y apostó, como siempre, por artistas de primer nivel artístico que han vuelto a darlo todo ante un público exigente y ávido de nuevas experiencias estéticas después de meses de confinamiento. 

La presencia de cuartetos es una de las piedras angulares de la Schubertíada, dedicada esencialmente a los lieder románticos, pero también a la música de cámara. Jordi Roch es un gran amante de la música para esta icónica formación de cuerda y, en las últimas décadas, de una actividad intensísima, se ha revelado como su gran mentor. Cree que este es un momento especialmente interesante para el panorama catalán, con la eclosión de tantas formaciones que siguen la estela del Cuarteto Casals, (que encabeza el cartel del festival año tras año). En la edición de 2020, Vilabertran se ha reafirmado como la capital del cuarteto de cuerda, con los Casals y el Cuarteto Quiroga, Cosmos Quartet y el Quartet Gerhard.

Cosmos Quartet es una de las propuestas que se han revelado como más estimulantes en los últimos años por su depurado sonido y la gran exigencia que demuestran reto tras reto la violinista Helena Satué, el violinista Bernat Prat, la viola Lara Fernández y el violonchelista Oriol Prat. El programa que presentaron encaja como anillo al dedo con el ideario del festival, con un Schubert maduro y poético y un monumental Beethoven de gran transcendencia.

El Cosmos Quartet durante el concierto en la Canónica de Santa María de Vilabertran
© Silvia Pujalte

El Cuarteto de cuerda en do menor o Quartettsatz de Schubert habla de amor y del triunfo de la vida sobre la muerte, en una lucha entre la luz y la oscuridad. Compuesto en 1820, el que tenía que ser su duodécimo cuarteto ha permanecido como una forma sonata de un movimiento. A pesar de su brevedad, esta composición nos prepara para la grandeza de la obra posterior, antes de entrar en la etapa más concentrada y trágica de su vida compositiva. Es una obra muy emocional que por su estructura y planteamiento no da la sensación de “provisionalidad”, sino que tiene un carácter conclusivo a la vez que se revela con una extraña ambigüedad entre la luz y las tinieblas que impregna la forma, la tonalidad de do menor y el carácter de la pieza, con una melodía principal envuelta de un aire sombrío y triste: se abren las puertas del Romanticismo.

Este Schubert emblemático estuvo lleno de vigor, elegancia y expresividad a manos de un Cosmos Quartet que tocó con determinación y rozó la pureza sonora. El empaste tímbrico fue exquisito, con atención al balance sonoro de cada instrumento. Los cuatro músicos manifestaron grandes dotes técnicos y un equilibrio inteligente de las energías emocionales, desde la intimidad melancólica hasta la pura manifestación del gozo sensual. El movimiento interior de la obra se explicaba a través de la personalidad de la formación de cuerda, que dibujó una paleta sonora completa y llena de sutilezas, de forma evocadora e inteligente. Entre el sonido y silencio en el tiempo, la música se desarrolla en un espacio concreto, la canónica de Santa Maria de Vilabertran, con el que el cuarteto Cosmos entró en un diálogo fructífero y enriquecedor.

Después de esta declaración de intenciones entró en escena el gran Beethoven, el profundo y ceremonial, el que emana transcendencia y, a la vez, puro estetismo. El Cuarteto de cuerda núm. 15 en la menor, op. 132 se escribió cinco años después de el de Schubert por un Beethoven maduro. La obra se convierte en un laboratorio que combina la esencia del clasicismo con una visionaria concepción de la era romántica entre la melancolía, el misterio y la sensibilidad.

Esta obra tenía que convertirse en el final de la sinfonía coral, pero finalmente fue un canto a la divinidad, una canción instrumental que desprende serenidad e intimidad a través de la homofonía, evocando la salida del sol como si de una experiencia estética visual se tratara. La obra se despliega a través de la reflexión y tremendismo y requiere un control y un equilibrio tímbrico que Cosmos supo dar. El segundo movimiento sonó con más ligereza y guiños simpáticos al espectador sin abandonar la elegancia. La importancia del gesto se manifestó como algo esencial para mantener la tensión y el cuarteto supo transmitir el aura espiritual de la obra, la sublimidad transcendente a través de pocos elementos (recordando la loosiana Weniger ist mehr). Ahorro de material y máxima expresión combinado con pureza tímbrica y conceptual, sin olvidar la sensualidad.

Los músicos desvelan sus debilidades en los bises: Cosmos dibujó el vínculo entre la Primera y la Segunda Escuela de Viena a través de Anton Webern, del que interpretaron la quinta de las bagatelas del opus 9. Quietud, silencio sonoro y abstracción para evitar que la actual crisis económica y social se convierta, irremediablemente, en espiritual.

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