Desde que en 2018 Sir Simon Rattle dejó la titularidad de la Filarmónica de Berlín, tal es la devoción que el público berlinés sigue sintiendo por su figura que cada una de sus visitas a la orquesta tiene un carácter de ocasión única. Liberado del conflicto que supuso su apuesta por modernizar el repertorio de la orquesta, en choque frontal con los sectores más conservadores de la institución; en la actualidad, Rattle aprovecha cada una de sus visitas a la Phiharmonie para presentar música infrecuente por la que siente una especial estima. Este es el caso del presente programa en el que combinó la música del catalán Roberto Gerhard con rarezas orquestales de Antonín Dvořák.

Sir Simon Rattle
© Oliver Helbig

Es Gerhard parte de la impronta musical más temprana de Rattle, pues en sus años jóvenes la música del catalán exiliado en Cambridge formaba parte fundamental de la vanguardia musical británica. El propio Rattle narra como a los doce años escuchó la Sinfonía Collage en los Proms. De esa aproximación temprana surgió una afinidad por esta música que fue palpable a lo largo de todo el concierto. En las Danzas de Don Quijote la orquesta en pleno puso su virtuosismo al servicio de una partitura deslumbrante; en palabras de Rattle, un Sombrero de tres picos con anabolizantes. Tras la fanfarria introductoria, Rattle dio una lección de dirección, manteniendo con seguridad pasmosa el pulso rítmico en la Danza de los muleteros. Descaradamente folklórica, sin que esto sea en absoluto peyorativo, fue decisiva la participación del inspirado pianista y de unas maderas exultantes. Tras una punzante Edad dorada, llegaron la pegadiza ensoñación de La Cueva de Montesino con el tema Que me queréis caballero de Francisco Salinas y el emotivo Epílogo con la cita del Don Quijote de Strauss.

El tributo a Gerhard no se quedó en la programación aislada de las Danzas, tal como Rattle había hecho meses antes con su London Symphony Orchestra. En esta ocasión fue más allá programando la Sinfonía núm. 3 'Collages'; partitura ya impregnada del peculiar dodecafonismo del compositor en la que la electrónica –todavía casera– forma parte integral de la obra. Fue una interpretación abrumadora, intensa, por no decir atávica. El arranque, con la presentación de la primera serie de doce tonos fue una afirmación sinfónica a la altura de las grandes expresiones sinfónicas del pasado. Rattle mostró clarividencia, integrando cada una de las células dodecafónicas en un discurso global coherente y la Filarmónica fue el instrumento ideal para dar vida a una partitura rebosante de descripciones, ideas, emociones y conflictos, todos ellos expuestos y resueltos con lucidez asombrosa. La conclusión rozó la perfección gracias a un iridiscente Allegretto, en el que el amplio y naif solo electrónico resultó emocionante, y un nada relajado Calmo final, perfectamente moldeado desde el pódium para que el gran tutti final alcanzase un impacto indescriptible. Merecido éxito para una referencial interpretación de una gran música, nacida de la identidad nacional del compositor, pero igualmente tamizada por la multiculturalidad de sus raíces y de sus vivencias.

Fue más breve la segunda parte, en la que Rattle desempolvó dos brillantes partituras de Dvořák, inéditas para la orquesta: la Suite americana y el Scherzo capriccioso. Rattle se subió a su Rolls-Royce ya mucho más relajado, hasta el punto que cuando algunos aplausos estallaron tras el exuberante segundo movimiento Allegro, éste se giró sonriente y agradecido al público. Es la Suite una música de un encanto esencial, natural, carente de cualquier tipo de afectación y perfectamente orquestada; una partitura ideal para el lucimiento de la orquesta. El Scherzo capriccioso es sin embargo una partitura más próxima al mundo eslavo, de gran dramatismo e intensidad; todo un reto para la orquesta por su denso contrapunto, sus tempi vertiginosos, y por un continuo diálogo entre secciones. Todas las secciones de la Filarmónica sonaron como un único instrumento en lo que fue una vorágine musical, cuya festiva conclusión puso un brillantísimo punto final a una velada memorable. 

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