Hay un delicado equilibrio entre una interpretación con personalidad y una directamente extravagante; asimismo, hay un cierto exceso de tacto —por no llamarlo hipocresía— en la crítica musical a la hora de confundir ambas cosas o, mejor dicho, de suavizar lo que nos parece lo segundo diciendo que es lo primero. De igual modo, los tiempos actuales, más allá del ámbito musical, plagados de influencers y tertulianos, deberían enseñarnos que tener personalidad y tener fundamento no es lo mismo. Más allá de Vivaldi y Bach, este es el tema que, en mi opinión, suscita asistir a un concierto de Nemanja Radulović con su Ensemble Double Sens.

Se trataba de un programa de lo más antológico: los cuatro célebres conciertos del opus 8 de Vivaldi —Las cuatro estaciones— en la primera parte y los conciertos para violín y cuerda BWV1041 y 1052r de Bach en la segunda. Y aquí, sobre todo en lo que concierne a Vivaldi, hubo un malentendido conceptual: que una serie de obras sea archiconocida no autoriza a un tratamiento descaradamente lúdico de la materia musical. Desde tempi completamente arbitrarios —una Primavera a cámara lenta, llena de rubato, o un Otoño acelerado— hasta cambios de dinámica sin ningún criterio visible, pasando por una atención aproximativa en ciertas transiciones, la impresión general es que el violinista serbio pensaba más en cincelar efectos sobre unas páginas tan conocidas —aunque tal vez menos de lo que cabría esperar, dados los constantes aplausos entre movimientos— y en cambiar elementos a su antojo que en revelar su estructura intrínseca. Si a ello sumamos un sonido del conjunto más bien liviano, balanceado hacia el registro agudo —con una formación de ocho violines, tres violas, dos violonchelos, contrabajo y clave—, faltó también cierto empaque en los momentos más dramáticos, como los de Verano e Invierno. Y, obviamente, esto no tiene que ver con las sobradas cualidades técnicas de Radulović: el sonido es bastante robusto, la digitación, no obstante los tiempos a veces extremos, es apabullante, y la sensación de control también. Por tanto, el problema está en el criterio musical y en la atención al detalle, mucho más concentrada en aquellos elementos que el intérprete quiere enfatizar que en lo que contiene la propia partitura.
La segunda parte fue menos caprichosa en este sentido: a Bach parece que hay que tomárselo más en serio que a Vivaldi, y Radulović se presentó más centrado, aunque siempre con tiempos bastante acelerados, pero con una mayor coherencia en la construcción de las frases y en el equilibrio estructural, especialmente en la primera de las obras. Algo destacable —y que fue también la nota más interesante de la primera parte— es la espacialidad del sonido que alcanzan solista y conjunto: una notable compenetración que hace que los reenvíos de los motivos, las llamadas y respuestas entre el violín de Radulović y los demás músicos, o entre los propios integrantes de la formación, sean realmente envolventes y logren, en ciertos pasajes, un efecto que no es ya simple pirotecnia, sino una búsqueda de mayor profundidad. El BWV1052r, que nace justamente como reconstrucción moderna del Concierto para clave en re menor, dio lugar a una mayor imaginación por parte de Radulović, sobre todo en la gestión del fraseo, con marcados acentos y algún arranque más bien heterodoxo, si bien más medido que en la primera parte.
En definitiva, no se cuestionan los medios técnicos ni tampoco la creatividad del violinista serbio, pero sí resultan difíciles de asimilar ciertas elecciones en la articulación del discurso, así como una tendencia al entretenimiento que inevitablemente se percibe y que recuerda aquello de épater les bourgeois, ahora en su versión 2.0: suscitar el paroxismo a cualquier precio.



















