Aparece como un destilado esencial, una quintaesencia de romanticismo, el combinado de intérpretes y compositores, el concierto que se presentó en la primera cita de 2020 de Ibermúsica: la legendaria Filarmónica de San Petersburgo, con quien es su director desde 1988, Yuri Temirkanov, y el joven pero ya afirmado pianista Behzod Abduraimov interpretaron el Concierto para piano y orquesta, Op.23 de Tchaikovsky y la Sinfonía núm. 4, Op.98 de Brahms, dos facetas de lirismo decimonónico que en realidad están más alejadas de lo que parecen.

Yuri Termikanov y Behzod Abduraimov junto a la Filarmónica de San Petersburgo © Rafa Martín | Ibermúsica
Yuri Termikanov y Behzod Abduraimov junto a la Filarmónica de San Petersburgo
© Rafa Martín | Ibermúsica

El comienzo, tan reconocible cuanto épico, del Concierto de Tchaikovsky puso en muestra las características de la formación rusa, tan cómoda con este compositor. La singular disposición de la orquesta con la cuerda invertida, con el nutrido grupo de contrabajos a nuestra izquierda, y el metal colocado al mismo nivel que la cuerda, en el extremo derecho del escenario, reproducía una sonoridad delicada y abombada, con un buen equilibrio entre secciones y un empaste tímbrico compacto sin llegar a ser empalagoso. También la dialéctica entre solista y orquesta fue convincente, con un diálogo bien trabado y un buen control de las dinámicas. Al fin y al cabo este Concierto se podría entender como un ballet, por su manera de describir los personajes y hacerlos interactuar entre ellos, aquí con el especial protagonismo del piano. Abduraimov posee un toque vigoroso, técnica sólida y un trazo amplio en la elaboración del fraseo, lo que le convierte en un intérprete muy adecuado para este tipo de repertorio. Sonaron más convincentes los movimientos extremos, con una buena pulsión rítmica y una relación más efervescente entre orquesta y pianista, mientras que el Andantino semplice, sonó algo laxo por momentos y más bien austero, aunque con una definición nítida y siempre agradable. La fuerza de la Filarmónica es su vitalidad, su sonido denso y cautivador, su capacidad de recrear mundos encantados. Es una perfecta caja de música que funciona maravillosamente con Abduraimov y con una obra como la de Tchaikovsky.

Yuri Temirkanov al frente de la Sinfónica de San Petersburgo © Rafa Martín | Ibermúsica
Yuri Temirkanov al frente de la Sinfónica de San Petersburgo
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Sin embargo, las mismas cualidades que garantizaron el éxito de la primera parte del concierto se revelaron como las carencias de la segunda parte, con la ejecución de la Cuarta sinfonía de Brahms. Y se decía al comienzo que, en realidad, estos compositores están más alejados de lo que parecen. En las obras de Tchaikovsky, se trata de un relato, en el que el narrador se implica emocionalmente en aquello que describe, pero no deja de ser reconocible y, de alguna manera, externo a la narración misma. En el caso de Brahms, se trata más bien de un desarrollo inmanente del material, de un concepto que no quiere describir nada más que su propia evolución. Y ello requiere de una concepción completamente distinta, algo que sin embargo no se dio: Temirkanov prosiguió con un sonido y unas texturas parecidos a las adoptadas con Tchaikovsky, así como una análoga visión de conjunto, incapaz de plasmar esa serena distancia que caracteriza el Brahms tardío.

Un tiempo demasiado concitado en el primer movimiento impidió desgranar adecuadamente todo el entramado polifónico y dio lugar a algunos pasajes bastante emborronados. Faltó sosiego y meditación y todo fluyó sin demasiada trascendencia. En el segundo movimiento, las cosas mejoraron, con un tiempo más adecuado y un mayor refinamiento de la tímbrica, aunque por momentos se notó de forma muy acentuada las figuras rítmicas del bajo, rompiendo en parte esa atmosfera de indefinición tan característica. El tercer movimiento, el más resuelto, fue el más logrado: aquí el discurso del director ruso se adapta bien y fue un Brahms remozado y desenfadado. En el Allegro energico e passionato, retornaron los problemas del movimiento inicial, con una complejidad no bien desarrollada, aunque sí que hubo algunos momentos, especialmente a partir del segundo tema y en las transiciones, que resultaron convincentes. Aunque hubo algunos destellos, no llegó a ser una interpretación memorable.

Resultó por tanto un concierto desigual, tal vez por querer conciliar dos mundos –el de Tchaikovsky y Brahms– más lejanos de lo que podría aparecer a primera vista. No hay mucho que reprochar en el caso de Tchaikovsky, tanto para el solista como para la formación y su director, pero habría sido de agradecer una mayor búsqueda de la personalidad y peculiaridad propias de la sinfonía brahmsiana.

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