Gustavo Dudamel, la Filarmónica de Nueva York y el Orfeó Català representaron un recorrido por la memoria histórica y la colectividad sonora en la creación de entre siglos, rescatando diferentes momentos históricos que se unían a través del recuerdo en el auditorio barcelonés. La exploración musical de Dudamel siempre conlleva energía, dinamismo y personalidad comunicativa, caracterizándose por la atención rítmica, subrayar colores orquestales y de construir grandes clímax. Precisamente, este mismo año asumió la dirección musical y artística de la propia Filarmónica de Nueva York. Cerrando el triunvirato, la participación coral del Orfeó Català amplió el sonido orquestal a través de una dimensión humana y reforzando el concepto de unidad a través de la voz.

Invisible House de Di Castri abrió el programa siendo una obra que plantea una exploración tímbrica en el lenguaje contemporáneo. En ella, la orquestación de Dudamel ya desplegó las expresividades de las melodías de la obra en un diálogo principalmente entre metales y percusión, atendiendo a sus colores, texturas y contrastes de sus líneas. La propuesta aportaba una evolución de la atmósfera sonora centrada en rescatar el recuerdo del pasado y desarrollarlo en un material musical poético, construido por la historia y las personas que la habitaron a través de la tradición folclórica ucraniana. Un neo-canto popular polifónico que emitió brillantez y potenciación la superposición de ornamentos y matices. El timbre, el color y la riqueza de esta exploración acústica demostró la solidez que acontece la transformación de experiencias individuales con una expresión compartida: un viaje tímbrico, como elemento estructural de toda la pieza, que contuvo una dimensión de conexión y resistencia al paso del tiempo.

Siguiendo la temática, On the Transmigration of Souls de Adams siguió la misma estela conmemorativa, en una obra concebida como homenaje a las víctimas del 11-S. La combinación orquestal y coral entre sonidos grabados presentaba un espacio inmersivo, donde se acumulaban todas las capas sonoras, progresivamente, hasta alcanzar un enorme clímax. La dirección articulaba estas capas con la importancia de los silencios intercalados; alejándose del réquiem y recreando una representación mucho más cruenta, la sonoridad se convirtió en reflexión sobre el duelo y la ausencia a través de una construcción musical fragmentada en forma de collage, donde la densidad sonora se asemejaba a la saturación de información e imágenes. El tratamiento tímbrico adquiría una relevancia funcional que permitía el desarrollo expresivo de la pieza, y donde Dudamel dominó la progresión con los tiempos, desde lo más contenido hasta la resolución (o recogimiento) del desenlace.

La Sinfonía núm. 5 de Prokófiev cerraba este programa con la grandeza sinfónica y dramatismo que caracteriza a la pieza. Combinación de lirismo, potencia y energía que Dudamel replegó en un tratamiento refinado en los detalles de los diferentes movimientos. La dirección llevó la monumentalidad sinfónica con toda la variedad de contrastes, haciendo de la ambigüedad expresiva un propio motivo musical. La Filarmónica de Nueva York construyó un discurso repleto de giros tímbricos, intensidad y carácter, entonando la potencia y el dramatismo de los diversos caracteres de la partitura. Los staccati de los violines, los ritmos incisivos y el control de la densidad orquestal fueron algunos de los pasajes que destacaron frente a una transformación temática, donde la batuta de Dudamel revivió todos los significados expresivos de los cuatro movimientos de Prokófiev.
Equilibrio entre precisión, ritmo y expresividad fue el resultado atronador para Gustavo Dudamel y la Filarmónica de Nueva York, en esta primera parada en su gira.


















