No hay comunicación sin presencia. Toda obra musical necesita encarnarse para existir más allá del manuscrito o de la erudición del musicólogo. La inconclusa Novena sinfonía de Anton Bruckner es un excelente ejemplo de un paradigmático dilema: ¿Debe preservarse el legado inacabado del compositor como un objeto arqueológico o, por el contrario, ser reconstruido con el rigor mínimo para devolverlo al oyente? Bruckner trabajó intensamente en el Finale de la Novena durante los dos últimos años de su vida, y de forma casi obsesiva en las semanas previas a su muerte, dejando un manuscrito interrumpido pero elocuente: una arquitectura formal plenamente definida, amplias secciones completamente orquestadas y otras en partitura corta con indicaciones tan precisas como las de los movimientos previos. La cantidad y coherencia del material conservado supera, paradójicamente, la de otros finales sinfónicos incompletos que sí han entrado con normalidad en el repertorio, como es el caso de los tres movimientos incompletos de la Décima mahleriana. Resulta difícil de explicar cómo las distintas realizaciones de este Finale siguen siendo una rara avis en los conciertos.
La realización de Samale-Mazzuca-Phillips-Cohrs (SMPC), es actualmente la más reconocida; en gran parte gracias al respaldo de Sir Simon Rattle y la Filarmónica de Berlín. Si ya era un privilegio poder por fin escuchar en el Palacio de la Ópera la más reciente actualización de esta “obra en progreso”, más aún lo fue el hacerlo de la mano de un director como Thomas Daausgard. Su interacción con los músicos de la Orquesta Sinfónica de Galicia, nació en un encuentro fortuito de hace dos años, cuando llegó como sustituto de última hora y estableció, contra todo pronóstico, un vínculo extraordinario con los músicos. Esa química fue determinante para afrontar esta Novena, una partitura tremendamente exigente y nada complaciente, que reclama tanto resistencia física como máximo virtuosismo.
Dausgaard rehuyó deliberadamente cualquier exceso retórico. Su aproximación a Bruckner no se construye desde el énfasis exagerado, ni desde la grandilocuencia, sino desde una comprensión macroscópica de la forma, en la que la música fluye impulsada por su energía interior. En algunos momentos pudimos echar de menos transiciones más contrastadas, silencios impactantes o cambios dinámicos más graduales; pero esa renuncia consciente al subrayado no empobreció en lo más mínimo el discurso. Al contrario: lo dota de una coherencia orgánica profundamente convincente.
El Feierlich, misterioso desplegó todos sus paisajes sonoros de forma inefable, con una arquitectura fluida en la que cada bloque encontraba su lugar sin necesidad de ser exacerbado. El Scherzo resultó de una brutalidad mecánica, descarnada y feroz, con una respuesta orquestal implacable, sin concesiones, que puso de relieve el carácter inhumano de su concepción. El Adagio constituyó el verdadero núcleo emocional de la noche: desarrollado sin romanticismo ni afectación, despojado de sentimentalismo, pero cargado de trascendencia, culminando en un clímax de una violencia sonora sobrecogedora, tan brutal como lúcido. En el Finale lo musicológico dejó de ser una cuestión teórica para convertirse en experiencia sonora. Para muchos nos resultó un alivio descubrir que la realización SMPC funciona en la sala de conciertos. Únicamente el carácter episódico de este movimiento (por otra parte, tan propio de los finales brucknerianos) sigue planteando interrogantes y puede resultar desconcertante, pero el conjunto despliega una sensación de inevitabilidad que termina imponiéndose. Incluso la coda, aun siendo la sección más arriesgada para los autores de la versión, convenció por su fuerza estructural y su lógica interna.
La disposición orquestal, con violines antifonales, violas a la izquierda y violonchelos a la derecha, reforzó el diálogo de las cuerdas y confirió claridad al entramado polifónico. La aportación del metal fue sencillamente abrumadora: hercúleo, infalible, y maleable, trascendiendo con mucho la mera cuestión del volumen. Las maderas, punzantes y plenas de personalidad, aportaron color y energía, mientras que la cuerda, de densidad admirable y entrega ejemplar, contó en Massimo Spadano con el ideal cordón umbilical entre director y orquesta.
El público respondió con un silencio final casi reverencial y sobrecogedor tras la poderosa coda. Un silencio que evidenció hasta qué punto la obra había sido escuchada y comprendida. Solo después llegó el reconocimiento explícito, largo y sincero, a una velada que se ha convertido en una de las cimas de la presente temporada.

