El Festival Música en Sobrado ha ido adquiriendo en los últimos años una reputación creciente dentro del panorama musical, hasta el punto de que lo que surgió como una cita casi en familia comienza ya a perfilarse como un enclave de referencia. En ese proceso de consolidación, la presencia de la Sinfónica de Galicia está resultando decisiva, no solo por el prestigio evidente que aporta, sino porque empieza a convertirse en uno de los pilares artísticos sobre los que el festival está construyendo una identidad reconocible: Sobrado propone experiencias musicales que superan lo musical: conciertos en los que la arquitectura, la memoria espiritual del lugar, la concentración del público y la propia exigencia interpretativa generan un impacto imposible de reproducir en otros contextos. En esta ocasión, la apuesta era de gran calado: la Pasión según san Juan, con la OSG y el Coro, la dirección de Carlos Mena y Javier Fajardo y un muy notable elenco de solistas.

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Olatz Ruiz, concertino de la OSG
© Orquesta Sinfónica de Galicia

La tarde, extremadamente calurosa, convirtió el interior de la monumental iglesia del monasterio de Santa María de Sobrado, en un refugio ideal no solo para la escucha, sino también para el cuerpo. El lleno absoluto confirmó que la cita había despertado una expectación muy amplia, con aficionados llegados de distintos puntos de Galicia, conscientes del atractivo de una interpretación de estas características. Ya desde el gran coro inicial, Herr, unser Herrscher, quedó claro el nivel emocional y musical de la velada. Un arranque, menos majestuoso que el de la Pasión según san Mateo, pero más inmediato en su dramatismo, nos abrió de forma extraordinaria las puertas del universo bachiano. Carlos Mena acertó plenamente con una concepción ágil, lúcida, dramáticamente viva y muy atenta al flujo interno de la partitura. No hubo una solemnidad pesada ni un espiritualismo impostado, sino una expresión sacra en el sentido más amplio del término. Imposible no recordar que precisamente esta manera de hacer que la música religiosa adquiriera una fuerza casi escénica, fue uno de los elementos que tanto incomodaron a los superiores de Bach en Leipzig. Esa aspereza indomable afloró magníficamente en la magistral lectura de Mena y los músicos de la OSG.

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El tenor Juan Sancho
© Orquesta Sinfónica de Galicia

Un elemento crucial y único en Sobrado es la acústica. Sus paredes desnudas y sus altas bóvedas, generadoras de una reverberación única, fueron una vez más aliadas de la partitura. El sonido no fue aséptico, ni falta que hacía, pues fue envolvente y expresivo, como nunca se puede escuchar en una sala de conciertos. Las cuerdas ganaron en lustre y densidad sin perder movilidad; las maderas se proyectaron con una energía reforzada, pero también con color y calidez; y el continuo sostuvo con notable presencia el pulso interno de la obra.

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Coro de la OSG
© Orquesta Sinfónica de Galicia

El conjunto de solistas fue otro de los grandes aciertos de la noche. Juan Sancho ofreció un Evangelista de gran autoridad narrativa, ágil en el recitativo, preciso en la dicción y capaz de sostener durante toda la obra la tensión. Su emisión, bien apoyada y de notable proyección, se tradujo en una articulación limpia. Se defendió con soltura y convincentemente vehemencia en las agilidades del Ach, mein Sinn o del Erwäge integrándose a la perfección en el primer caso con una orquesta arrebatada y en el segundo con la soberbia concertino Olatz Ruiz. Jone Martínez estuvo inconmensurable en sus dos números, Ich folge dir y Zerliesse mein Herz, exhibiendo su proverbial línea de canto, construida sobre una emisión luminosa y flexible. Proyectó la voz en un espacio tan reverberante manteniendo siempre una sonoridad tersa y de gran nobleza. Josep-Ramón Olivé aportó nobleza vocal, musicalidad y presencia comunicativa, mientras que José Coca ofreció una voz grave, profunda, cavernosa, muy adecuada para dotar de peso específico a sus punzantes intervenciones.

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La soprano Jone Martínez
© Orquesta Sinfónica de Galicia

Mención aparte merece Carlos Mena en su doble condición de director y solista. Su esperadísima y crucial intervención en Es ist vollbracht!, acompañado por la viola da gamba y por el violonchelo de Raúl Mirás, fue uno de esos momentos en los que la música pareció quedar suspendida, ahora ya sin teatralidad ni subrayados innecesarios; con una emoción desnuda que Mena hizo que aflorase de forma inevitable, no buscada. Una de las cimas indiscutibles de la noche.

El Coro de la OSG confirmó igualmente el excelente momento que atraviesa. No se limitó a sonar bien. En una obra de esta calado debe comentar, interpelar, agredir y consolar. Lo hizo con empaste, claridad y una implicación expresiva admirable. Fue un ingrediente fundamental para que el público saliese de Santa María con esa mezcla de recogimiento y entusiasmo que solo despiertan las grandes noches. Una jornada de enorme altura, de esas que justifican un desplazamiento, un festival y, casi, una vida musical.

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