La Filarmónica de Nueva York recala en Ibermúsica tras 16 años de ausencia con su flamante nuevo director, Gustavo Dudamel, y con un programa que aúna obra de nueva creación y un gran clásico como Mahler. Hay una conexión emocional con el compositor bohemo, que fue director de la orquesta neoyorquina, y bajo cuyo liderazgo la formación se profesionalizó completamente. Una conexión que parece querer indicar la nueva linfa que se quiere insuflar con el nombramiento del carismático director venezolano.

La Orquesta Filarmónica de Nueva York y Gustavo Dudamel en el Auditorio Nacional © Todd Rosenberg
La Orquesta Filarmónica de Nueva York y Gustavo Dudamel en el Auditorio Nacional
© Todd Rosenberg

El concierto se abrió con Imágenes mestizas de Tania León, encargo de la Filarmónica de Nueva York y estreno en España. La obra parte de una melodía de origen nigeriano para integrarse en un mosaico ecléctico de lenguajes, con una elegante orquestación, en el que brillaron la madera y la percusión, bajo la batuta atenta, mesurada de Dudamel. Tras la breve pieza, de poco más de 10 minutos, tuvo lugar el descanso, algo inusual y que si bien no atañe estrictamente a lo musical, afectó al clima general del concierto, ya que dio una sensación de no haber comenzado plenamente la velada.

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En todo caso, a continuación tuvo lugar la obra principal: la Sinfonía núm. 5 en do sostenido menor, de Mahler. No necesita esta presentación y no escasean grabaciones, incluso de esta orquesta (legendario el registro bajo la batuta de Bernstein) y de Dudamel, aunque por separado. El primer movimiento ya nos transmitió la sensación general que se iría desarrollando, a saber, la de una formación de excelentes músicos a los que un nuevo director está comenzando a transmitir una idea de sonido y una identidad. Lo más logrado fue seguramente un inminente sentido del ritmo, así como algunas progresiones dinámicas muy bien construidas. Sin embargo, en el aspecto tímbrico los planos no sonaron bien integrados, con un metal proyectado en exceso.

Gustavo Dudamel © Todd Rosenberg
Gustavo Dudamel
© Todd Rosenberg

La partitura dota de especial protagonismo a dicha sección –especialmente exigido la primera trompeta, correcta en general aunque con notas falsas hacía el final del primer movimiento– pero está en el dominio del director el saber restar el punto de exceso, y no fue este el caso. También se echó de menos más atención a las voces intermedias, que tan a menudo adelantan los desarrollos en la obra en Mahler, y que dotan de sentido a las transiciones temáticas. Con ello, en ciertos pasajes la tensión tendió a caer a pesar del gesto preciso de Dudamel. Lo más conseguido fue el Scherzo: donde con mayor intensidad se trasmitió esa idea danzante y mordaz a la vez que tienen los tiempos de danza mahlerianos. Sonó interesante asimismo la sección central del movimiento, donde Mahler depositó alguna de sus intuiciones más innovadores y que la orquesta expuso con claridad.

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Dudamel al frente de la Filarmónica de Nueva York © Todd Rosenberg
Dudamel al frente de la Filarmónica de Nueva York
© Todd Rosenberg

En el célebre Adagietto, pudimos apreciar finalmente a la sección de cuerda, que en sí tiene un empaste interesante, aunque carece de la suficiente hondura para devolver la ambigüedad que tiene el tejido armónico, así como de una gama dinámica más matizada entre el piano y el pianissimo, que resultó algo plana. En el Finale, Dudamel optó por un registro de más voltaje para cerrar de manera enérgica y con sonido de gran impacto, brillantez y efecto, de gramaje cinematográfico, aunque sin especial profundidad.

No se puede negar que las expectativas por la formación estadounidense eran altas y frente a una prueba como la sinfonía mahleriana no quedan adecuadamente colmadas; hay que considerar empero que los comienzos con un nuevo director, y además en gira, siempre conllevan un tiempo para conocerse, moldearse y progresar, algo que seguramente sucederá en la etapa Dudamel.

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