Comienza el año en el Círculo de Bellas Artes de Madrid con su magnífico Ciclo de Cámara, en el que se ofreció esta ocasión distintos lieder de Schubert, los integrados en la agrupación facticia del Canto del Cisne, es decir, el grupo de canciones que el compositor dejó sin publicar tras su fallecimiento, y que le debemos a su avispado editor. Eran los tiempos poéticos en que todo el mundo se apresuraba a ponerle sobrenombres a las cosas, y así ocurrió que este ciclo recibió este singular apodo en alemán, Schwanengesang. Pretendíase con esto llamar la atención sobre la insuperable calidad de estas canciones, pues es sabido, o se cree, que los cisnes emiten bellísimos cantos antes de morir.

Ha sido, por tanto, un gran logro de los intérpretes, Matthias Goerne y Alexander Schmalcz, el darle una forma coherente a un grupo de canciones que, a diferencia de las que se encuentran en otros ciclos, no fueron concebidas para interpretarse de una vez. Evidenció este logro la cohesión observada entre ambos intérpretes respecto al tempo uniforme y al equilibrio dinámico, pero, sobre todo, a la feliz comunicación entre ambos que concluyó en una conexión emocional de las distintas canciones, haciendo del conjunto un inolvidable viaje musical.
Resultó, por tanto, una experiencia grata e interesante la de percibir a Schubert desde un punto de vista integral, no fragmentado; un mérito que también debemos atribuir a Ludwig Rellstab, autor de la primera tanda de poemas, y sobre todo a Heinrich Heine, autor de la segunda, con el sobrecogedor Doppelgänger que culmina el acto. En estos versos se perfilan diversos elementos de naturaleza variable, arroyos, estaciones…, y estados de ánimo dispares como la melancolía, el temor o la inquietud; imágenes y emociones que supieron transmitir cada cual con su técnica individual, pero también a través de un diálogo constante donde primó el aspecto narrativo sobre el mero virtuosismo.
Aun cuando le resultó a Schmalcz un tanto brumoso el sonido en diversos asuntos generosos de pedal, realmente supo subrayar con acierto el carácter pictórico, programático, de la escritura de Schubert por medio de un ritmo riguroso, trémolos controlados, y un sonido particularmente sugerente. De esta forma, el fluir del agua, la melancolía otoñal o la perturbadora presencia del doble encontraron su expresión pianística adecuada para el sustento del discurso vocal.
Asimismo se mostró Matthias Goerne especialmente inspirado en los pasajes más dramáticos, presentando una voz firme y densa, capaz de conmover y silenciar desde las profundidades de cada texto. Esta habilidad, en conjunción con una capacidad declamatoria sobresaliente y una proyección de gran intensidad en los registros más graves de su tesitura, le valió para demostrar una amplia capacidad para desplegar una gran paleta emocional. Quepan de ejemplo las intensas Der Atlas, donde entendimos la comparación con el titán al sentir la carga de un peso insoportable; o las fantasmagorías distantes de Die Stadt y, por supuesto, el desdoblamiento psicológico y el horror existencial transmitido ante el encuentro del yo consigo mismo, en la estremecedora Der Doppelgänger.
Es por todo ello que nos vimos ante un recital que apenas requirió la presencia de la propina, ese Der Taubenpost que muchos intérpretes omiten, porque es un epílogo especialmente alegre que suele debilitar el cierre trágico del ciclo. No obstante, en esta ocasión los intérpretes decidieron incluirla al final, y así fomentar que la audiencia saliera de la sala con un aire más alegre para terminar la semana.

