Un repleto Teatro de la Zarzuela se convirtió el pasado lunes en templo de veneración para los incondicionales al Ciclo de Lied del CNDM por varias razones. En primer lugar, porque Matthias Goerne es uno de los estandartes que más ha participado en las ediciones de este ciclo por su amplias dotes para este repertorio; en segundo, el público asistía a despedir el ciclo de esta temporada; por último, cualquier refugio del dantesco bochorno exterior es una grata alternativa.

El barítono Matthias Goerne © Marco Borggreve
El barítono Matthias Goerne
© Marco Borggreve
Con un repertorio más que justificado en torno a la muerte pero estilísticamente dispar, el barítono, acompañado por Alexander Schmalcz, ofreció plena versatilidad ante la variedad de la selección de obras. Tras la Sonata op. 1 de Alban Berg en el reciente concierto de Elisabeth Leonskaja –quien acaba de ser condecorada por el CNDM artista honorífica– se interpretó en este concierto el siguiente opus del compositor alemán, Vier Lieder, adaptado a la voz de barítono. Berg hace aquí un uso del lenguaje musical a caballo entre la tonalidad extendida del tardorromanticismo y sonoridades atonales –la herencia de su maestro, Schoenberg– para expresar sensiblemente el sueño de la muerte. Los claroscuros de la voz de Goerne –bien definida en todos los registros y sin necesidad de engolar como suele acostumbrar el cantante– se sumergían en las letras de Friedrich Hebbel, propiciando un clima de silencio absoluto como antesala a cada pieza.

Con el salto cronológico, y por tanto estilístico, de los Cantos del arpista de Schubert el barítono dejó patente el legado que sus maestros, Fischer-Dieskau y Schwarzkopf, le brindaron. En los Cuatro cantos serios destacó la densidad que el piano romántico de Brahms puede ofrecer. Ante una interpretación soberbia en manos de Schmalcz, se produjo una suerte de diálogo perfecto entre los dos artistas. A través de una amplia gama dinámica, desde los pianissimi más sutiles hasta las declaraciones en forte más intensas durante el tercer poema "Oh, muerte, qué amarga eres", Goerne estremecía los sentidos del oyente.

El cambio a Wolf y a Shostakovich inspirados ambos en una misma fuente, los sonetos de Michelangelo Buonarroti, dividía de nuevo estilísticamente el concierto. El cromatismo de los Tres poemas de Miguel Ángel se utiliza con una función expresiva, remedando el pathos plañidero que el mismo Wolf dejó patente al titular la obra Vanitas vanitatum, o la frivolidad de las preocupaciones humanas frente a la inevitable muerte. La expresión corporal del barítono, con un papel vocal muy difícil de asumir en el registro grave, dotaba de mayor realismo al ambiente sobrio.

El pianista acompañante Alexander Schmalcz
El pianista acompañante Alexander Schmalcz

Continuando con el mismo clima en la selección de la Suite sobre versos de Michelangelo Bounarroti, Goerne demostró una clara dicción del texto en ruso con el soporte de la partitura, pero no la expresividad evocada en las obras anteriores (posible consecuencia de no haber tenido ningún descanso). En la obra se vislumbra el lenguaje musical de un Shostakovich que ya veía cercana su muerte. Toda la paleta de colores de la versión orquestal surgió con perfectos matices desde las manos del pianista; aunque un ruido producido en cada pulsación del pedal derecho del Steinway & Sons distrajo sobre todo en la propina interpretada posteriormente.

Un concierto ad longum, sin descanso para cantante y pianista, en un ambiente lóbrego de luz tenue que permitía la lectura de los versos, dio matices quasi sacros. Un canto a la muerte desde el silencio, pocas veces visto, que anima a la continuación de un ciclo finalizado y a un público cada vez más adepto al Lied.

****1