Siempre es agradable asistir a cualquier tipo de concierto junto con historiadores, pues conviene contextualizar lo que nos disponemos a escuchar. De otro modo, un servidor podría salir de la sala de conciertos asustado por el afán por la muerte y su constante presencia y dudar si más que para la sociedad burguesa de los siglos XIX o XX, no se hiciese esta música, acaso, para algún tipo de sociedad secreta adoradora de a saber qué manifestación terrenal de la parca.

El pianista Alexander Schmalcz y el barítono Matthias Goerne durante el recital del Ciclo de Lied © Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) | Rafa Martín
El pianista Alexander Schmalcz y el barítono Matthias Goerne durante el recital del Ciclo de Lied
© Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) | Rafa Martín

Con solo mirar algunas fechas ya podemos encontrar pistas que nos indican el porqué de tanto dolor y sufrimiento: 1943, una fecha terrible para Europa. Stalingrado, Kursk, Smolensk, Malta... ocupaban los titulares de los medios que se hacían eco de la devastación del continente. Si bien es cierto que Suiza era un remanso de paz, sus ciudadanos no eran ajenos a la barbarie de la guerra. Y en esta Europa caótica encuentro yo el sentido de los Seis monólogos de Jedermann de Frank Martin en los que los contrastes entre tensión y distensión se convierten en el punto clave para entender y disfrutar de esta obra. En ella, la melodía queda al margen para acrecentar una sensación de naturalidad en la que el oyente apenas es capaz de distinguir si el cantante recita o canta, ya que los piano se convierten en susurros y los forte en gritos de desesperación. Mientras, el piano de Schmalcz mantiene al espectador en un constante estado de tensión hasta la redención final de Jedermann en los últimos dos lieder. En estos destacó la tendencia al registro agudo y un cambio en el timbre de la voz de Matthias Goerne que reflejaba, al fin, un rayo de esperanza en medio de las tinieblas. Sólo se puede achacar la falta en este momento de algo más de potencia, una característica que la voz de Goerne tiene, pero que reservó en exceso para momentos muy puntuales.

La Suite sobre versos de Michelangelo Buonarroti de Shostakóvich fue especialmente trémula y, en una línea similar a la música de Martin, buscaba el contraste. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos del barítono de dotar a la interpretación de expresividad corporal, la música no pudo escapar de su pesadez intrínseca y los contrastes tampoco fueron tan notorios como hubiera sido deseable.

Tras un breve descanso para tratar de digerir todas las emociones negativas que transmitía la música escuchada, la segunda parte se antojaba más amable. El tema seguiría siendo la muerte, pero no el mismo tipo de muerte. Tras las unificaciones de Italia y Alemania, desde la década de 1870 y hasta 1914 Europa viviría un periodo, el más largo hasta entonces, sin conflictos bélicos en el continente. La muerte de la que se habla no es, pues, del soldado en la guerra. No es el mar de sangre y fango que mostrarían las trincheras de la I Guerra Mundial, sino una muerte limpia y pura, como el Liebenstod, una muerte por amor.

Por ello la melodía vuelve a tener un papel importante y la voz de Matthias Goerne funciona mejor en este repertorio más melódico, puesto que su fraseo es impecable y es capaz de mostrar una mayor expresividad en su canto. Cada “Ich liebe dich” de Sehnsucht de Hans Pfitzner fue, por ejemplo, diferente al otro y a la vez completamente sinceros. El sentimiento del diminuendo y el vibrato final de An die Mark o la fuerza de Abendrot le permitieron demostrar al barítono una gran gama de recursos en cuanto a intensidad y matiz se refiere, los cuales, hasta este momento, no había podido enseñar en todo su esplendor. Con Strauss, más de lo mismo, pasión, calma, sueño, evocación... y un espectacular corolario del piano en Im Abendrot que mantuvo al espectador en tensión, consiguiendo un prolongado silencio tras las últimas notas en el que parecía que el público no quisiese despertar del sueño de Strauss.

En fin, creo que es evidente que el hombre de hoy en día se identifica más con esa Europa de hace más de un siglo que con la de hace solamente medio. Dios nos libre de comprender, como lo hacemos ahora con Pfitzner y Strauss, a Martin y Shostakovich.

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