Como ya es tradición, algunas actividades del Festival Internacional Cervantino hacen escala en la ciudad de México en su camino a Guanajuato. En esta ocasión el Palacio de Bellas Artes fue sede de una presentación llamada "cine sinfónico", en la que la Orquesta Sinfónica Nacional interpretó Los planetas (1914-1961), la muy célebre serie de piezas orquestales de Gustav Holst, acompañada por siete cortometrajes del astrónomo José Francisco Salgado editados a partir de imágenes de la NASA y la Agencia Espacial Europea, junto con fotografías y animaciones del propio Salgado.

Aunque la inspiración del compositor fue, más que propiamente astronómica, astrológica (lo que explica la ausencia de la Tierra en la serie, pues la astrología pretende estudiar la influencia de los astros y los planetas sobre ella), esta propuesta tiene intenciones científicas y didácticas y busca generar en el público curiosidad por conocer más sobre el universo y propiciar un acercamiento a la ciencia y al arte. Salgado ha insistido en que las imágenes son reales, o recreaciones de hechos reales, que dan testimonio de nuestro conocimiento de los planetas. Sin embargo, según él mismo, sus cortos no deben ser vistos como documentales, sino como "piezas de arte". El resultado es un tanto disparejo. Mientras estas imágenes reales de los planetas son sorprendentes, la proyección de documentos y algunas de las animaciones afectan el hilo narrativo, pero con todo y sus altibajos, no cabe duda de que es emocionante ver tan de cerca el universo.

Como una experiencia integral puede resultar muy interesante, y ojalá que los objetivos de acercar al público a la ciencia o al arte se cumplan en alguna medida. Ya de entrada da gusto ver a niños entre el público de un concierto sinfónico. Sin embargo, en lo estrictamente musical hay algo que decir.

© J. F. Salgado
© J. F. Salgado

Un problema de los multimedia con música en vivo suele ser la metronomización. Las películas concebidas para una música preexistente normalmente tienen un movimiento que busca estar sincronizado con el de la música, lo que significa que el filme por fuerza está ligado a una versión particular o a un tiempo rígido (marcado por un metrónomo) al que hay que adaptarse, sin mucho margen de maniobra. El problema aquí es que la interpretación musical rara vez se acerca a la precisión matemática del aparato: las pequeñas variaciones del pulso y la flexibilidad del tiempo son parte integral del discurso musical. Esta libertad, sumada a otros factores, es lo que permite que haya diferentes versiones de una pieza, por ejemplo. La libertad y la creatividad propias de la interpretación son moldeables cuando hay personas interactuando, pero cuando hay que empatar la música con una imagen en movimiento es complicado hacerlas coincidir; de ahí la necesidad del metrónomo.

El resultado en esta aventura cósmico-musical fue que el director, Iván del Prado, lucía limitado, incluso en sus movimientos, y la orquesta se percibía no del todo cómoda. Era difícil ocultar la preocupación por cuadrar con la imagen, y sobra decir que esa no era la versión del excelente director invitado ni la mejor versión posible de la orquesta (independientemente de las desafinaciones de los metales). Con todo y esta importante limitación, hubo momentos muy bien logrados. Por ejemplo, la parte central de Júpiter, con las cuerdas en primer plano, fue muy emotiva. Entre los múltiples pasajes solistas de la obra destacaron los de violín y flauta. En el número final, la presencia del coro femenino fuera de escena (como indica la partitura) fue efectiva y se consiguió el efecto místico buscado, pero quizá la ubicación elegida no haya sido la mejor: el volumen era más bajo de lo deseable. Por lo demás, la presentación fue adecuada en lo musical; suficiente para cumplir los objetivos de la propuesta audiovisual.

Por fortuna, la orquesta tuvo la oportunidad de superar la limitación metronómica al ofrecernos, con el encore, una versión de Júpiter sin la película. Con un tempo mucho más ligero y elástico, Del Prado, artística y gestualmente liberado, dirigió una orquesta visiblemente más cómoda y nos ofreció, ahora sí, su versión del conocidísimo número. Así, al final la Sinfónica Nacional nos ofreció otro tipo de viaje cósmico, muy emotivo y más propicio para la imaginación.