Que en esta época una orquesta moderna ofrezca un programa ciento por ciento barroco llama mucho la atención. La pregunta que surge de inmediato es: ¿qué van a hacer? Y lo digo porque en nuestros días, interpretar música barroca es una especialidad. Hace ya varias décadas que hay agrupaciones dedicadas a tocar con instrumentos antiguos y con criterios interpretativos más cercanos a la época en que fueron concebidas las obras. Si bien en México aún hay pocos grupos que hagan interpretaciones históricas (afortunadamente cada vez hay más), lo cierto es que casi todos los que de algún modo estamos cerca de esta música, por afición o por profesión, hemos tenido contacto con este ya no tan nuevo modo de tocar la música barroca, y las diferencias entre las interpretaciones de estos grupos y las de las grandes orquestas son muy evidentes. No sólo eso: al convertirse la interpretación histórica en el referente de cómo tocar esta música en nuestro tiempo, las grandes orquestas han quedado en un lugar incómodo, en el que ni su modo de interpretar ni sus instrumentos resultan los más adecuados para una música que, hasta hace poco tiempo, era parte de su repertorio habitual. El resultado ha sido que estas grandes agrupaciones programan mucha menos música barroca.

Scott Yoo en su doble papel de violín principal y director © Maritza Ríos
Scott Yoo en su doble papel de violín principal y director
© Maritza Ríos

Ante este panorama, ¿deberían dejar de tocar música barroca las orquestas modernas? Yo creo que no. ¿Deberían entonces hacer interpretaciones históricas? Tampoco, o no necesariamente. La diversidad en la interpretación enriquece nuestra experiencia musical y, después de todo, un programa con Bach, Handel y Vivaldi (más aún si son Las cuatro estaciones, como en este caso), sigue garantizando una buena afluencia y anticipando un público satisfecho. En ese sentido la apuesta es segura, pero en el contexto de la interpretación histórica, tan consolidada hoy en día, abordar repertorio barroco saca a las orquestas de su quehacer cotidiano y las obliga a cuestionarse, tomar alguna postura y, en el mejor de lo casos, a plantear soluciones adecuadas a su modo de hacer música, pero atendiendo en alguna medida a la interpretación histórica. Justamente eso es lo que la Filarmónica de la Ciudad de México hizo en este programa.

Nos recibió una orquesta de cuerdas muy reducida con un clavecín dividiendo el semicírculo en dos partes iguales. Como estaba anunciado, Scott Yoo, director artístico de la Filarmónica, se bajó del podio y se incorporó a la orquesta como violín principal y solista. Para variar el protocolo y para integrarse verdaderamente en la orquesta salió al escenario junto con los demás músicos (un gesto pequeño pero significativo que se agradece) y desde su silla de primer violín dirigió el decimoprimer concierto del opus 6 de Handel. Hay que decir que el diálogo entre solistas y tutti estuvo muy bien logrado: se percibía una verdadera imitación que no era meramente mecánica y ya desde su primera intervención el solista-director mostró una solvencia técnica contundente, bien respaldada por una orquesta muy precisa.

En términos generales, hablando de estilo, la propuesta de la orquesta incluyó un vibrato bastante moderado y una articulación marcada en algunos pasajes, aunque ciertamente en otros hubo largos ligados no tan atractivos, y en general finales en los que se hubiera antojado menos ritardando. Si bien no había intenciones de hacer una interpretación histórica, el uso discreto de estos elementos, unidos al tamaño de la orquesta, el clavecín y la dirección desde el instrumento mostraron un intento por asomarse a otras prácticas, y en este experimento lograron una propuesta congruente, y una experiencia muy disfrutable.

Para el segundo número, la primera de las suites orquestales de Bach, se integró en la orquesta de cuerdas un trío de mujeres: dos oboes y un fagot, que definitivamente obtuvieron la atención y el reconocimiento del público. La fagotista, en particular, consiguió una interpretación extraordinaria. El hecho de que estuvieran sentadas al frente del semicírculo ayudó a la proyección de la voz de los instrumentos, logrando una nitidez y un equilibrio perfectos, además de reforzar visualmente la experiencia.

Después del intermedio llegó el plato fuerte del programa: Las cuatro estaciones de Vivaldi. Aquí Scott Yoo, el solista de estos conciertos para violín, se levantó de su asiento para seguir dirigiendo desde su instrumento, deambulando por el semicírculo con una naturalidad emanada tanto de su seguridad técnica como de su actividad como director. Establecidos los criterios de interpretación y ante una obra tan oída, lo que queda por hacer es sentarse a disfrutar. Si algo hay que decir de la orquesta, más allá de su precisión y buen ensamble, es que en este grupo de conciertos logró una variedad de matices muy interesante, pero sin duda lo que más destacó fue la interpretación del solista: potente, milimétricamente precisa y muy emocionante. Y lo fue no sólo por el despliegue técnico sino también por ver al director haciendo música desde el interior de su orquesta. Al parecer, esta experiencia fue emocionante también para los propios músicos, que al final aplaudieron efusivamente a su director.