La noche del 5 de noviembre, la Filarmónica de la Ciudad de México nos convocó al concierto Canciones de Wesendonck. Como el título lo revela, esta obra de Wagner fue el número central, y estuvo muy bien enmarcada por el Capricho español de Rimsky-Korsakov y Muerte y transfiguración de Richard Strauss: interesante programa con un cuidado guion dramático que fue de lo festivo a lo contemplativo.

El cuadro español de Rimsky-Korsakov inicia con un fuerte acento rítmico y la marcada presencia de las percusiones. Como suele suceder con esta orquesta, buena parte de la atención se dirigió a la timbalista principal (Gabriela Jiménez), que tiene una poco ortodoxa y siempre atractiva presencia. Para los amantes de la gestualidad, su manera de seguir el ritmo, casi bailando, y cada movimiento de sus baquetas son siempre un deleite.

Tras este potente arranque vino el primer solo de clarinete, impecablemente ejecutado, así como la primera de muchas apariciones gozosas del violín solista (reminiscencia de la idea original de la obra, que era para violín y orquesta). En el resto de esta espectacular pieza orquestal hubo oportunidad de que cada pasaje solista luciera, y aunque en todos los casos hay que aplaudir la ejecución, destacaron, además de la precisión de la orquesta y su juego de matices, el logrado ensamble de los cornos en el segundo número y el poderoso sonido del arpa en la "Escena y canto gitano".

La soprano Isabel Stüber Malagamba
La soprano Isabel Stüber Malagamba

A esta festiva obra le siguió el número central: las no menos emocionantes pero muy contrastantes Canciones de Wesendonck de Richard Wagner, interpretadas por la mezzosoprano Isabel Stüber Malagamba con la dosis justa de sobriedad emotiva. La joven cantante tiene un bello timbre en el registro medio y grave y unos muy bien colocados agudos (quizá le falta un poco de potencia, o al menos eso es lo que se percibió, pero es difícil asegurarlo por las condiciones acústicas de esa sala). Probablemente, uno de los momentos más emocionantes y mejor logrados fue el tercer número, "En el invernadero", donde las cuerdas graves arropan el registro medio de la cantante. Estas interesantes piezas están basadas en poemas de Mathilde Wesendonck. Como en toda canción, es posible disfrutar de la música y la emisión de la voz, pero saber de qué va el texto sin duda potencializa el disfrute. Por eso es una pena que el supertitulaje estuviera descompuesto.

Para terminar el concierto tuvimos el poema sinfónico Muerte y transfiguración de Richard Strauss. El ya de por sí escalofriante inicio de la obra arrancó en un casi imperceptible pianísimo que atrapó la atención de todos en la sala. De ahí en adelante, la orquesta desplegó todo su poder dramático en esta vívida especulación sobre la muerte y lo que sea que la suceda. Todo bajo la dirección de Angelo Cavallaro, director frecuentemente invitado por la agrupación y que, como he dicho alguna otra vez, tiene una gran integración con la orquesta y hace funcionar su mecanismo a la perfección.

Muy buena orquesta, grandes invitados y un excelente programa: perfecta combinación para sábado en la tarde.

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