Cuando abandonábamos la sala después de este primer concierto de la tercera temporada de la OFUNAM, el azar trajo a mi atención el comentario de un hombre que decía a sus acompañantes: "Beethoven es Beethoven". Más allá de la obviedad de la afirmación, lo cierto es que Beethoven sigue siendo, por mucho, el nombre más atractivo en los programas de orquesta de esta ciudad. No importa cuántas veces se toque la novena, se agotarán los boletos (con orquestas locales o extranjeras). Si aparecen en un programa la quinta, "el Emperador" o el concierto para violín, no estará garantizado el lleno total, pero sí una muy buena taquilla; y con la tercera o la séptima pasará algo parecido. Las demás sinfonías por sí mismas no tienen este poder de convocatoria, pero si se insertan en un ciclo, el atractivo puede ser mayor. Así, la apuesta de la OFUNAM para esta temporada es tener a Beethoven como principal convocante: en todos los conciertos de este ciclo se tocará al menos una sinfonía del más famoso de los compositores de la mal llamada "música clásica". Una propuesta por demás atractiva para revisitar lo conocido y, quizá, conocer las demás sinfonías en dosis semanales.

Orquesta Filarmónica de la UNAM © unam
Orquesta Filarmónica de la UNAM
© unam

Decía al menos una sinfonía porque en este primer programa nos ofrecieron las dos primeras, bajo la batuta del reconocido director Jorge Mester, separadas por el primer concierto para clarinete de Weber, con Manuel Hernández, clarinete principal de la filarmónica, como solista. Para este concierto se optó por una orquesta reducida, decisión que, al menos en lo que a volumen sonoro se refiere, nos acerca al modo en que fueron concebidas y escuchadas estas obras en su tiempo.

En términos generales, podemos decir que este concierto fue de menos a más. La primera sinfonía, con una interpretación correcta en la que se marcaron cuidadosamente las acentuaciones y se buscaron cambios de carácter modificando las velocidades, se sintió pesada, como si la música tuviera un freno que limitaba su marcha (por recurrir a una metáfora de movimiento), que además provocaba cierto desfase de las voces. Para el siguiente número, cuando llegó el solista, sin duda lo mejor de la noche, la orquesta en conjunto sonó mucho mejor, arropando a la maravillosa voz del clarinete. Debo confesar que para mí, el timbre del clarinete es el más bello de los instrumentos de la orquesta, y que eso provoca que me rinda a los encantos de su voz.

El clarinetista Manuel Hernández © unam
El clarinetista Manuel Hernández
© unam
Sin embargo, por más bella que sea la voz, hay modos de decir el discurso, y en este caso, el solista lo hizo muy bien: construyó largas frases con una clara dirección, variación de volumen y mucha expresividad (aunque quizá hubo cierta precipitación en los finales de frase). Los trazos rápidos eran nítidos, y en general transmitía un gozo por la música que interpretaba. El diálogo con la orquesta, bien comandado por el director, fluyó muy bien. Acaso el único reproche sería que hacia el final del segundo movimiento, donde hay un maravilloso solo del clarinete con los cornos, no se consiguió un buen ensamble.

Después del intermedio, la orquesta nos recibió con una más animada segunda sinfonía con mucho mejor sonido de conjunto, y en la que destacaron los planos melódicos e interesantes contrastes dinámicos, lo que permitió al público una grata escucha de esta poco visitada obra. Así inició esta beethoveniana temporada de la OFUNAM, que además nos traerá una buena dosis de interesante música mexicana.

***11