En enero de este año, después de varias temporadas sin director, la Filarmónica de la UNAM nombró director artístico al violinista Massimo Quarta. En este concierto, el tercero de los cuatro que dirige en su primera temporada como titular, nos ofreció el Concierto para violín de Beethoven en el doble papel de solista y director, y la monumental Novena sinfonía de Schubert.

El director y violinista Massimo Quarta © Stefano Goldberg
El director y violinista Massimo Quarta
© Stefano Goldberg

Con un programa como este, el propio Quarta fue el centro de atención. Si bien el público habitual ya había tenido oportunidad de verlo como solista en el pasado reciente y como director titular de la orquesta, para muchos sigue siendo novedad. Para mí lo era, y debo anticipar que no sólo celebro que la OFUNAM tenga nuevamente director artístico (lo estábamos echando en falta), sino también su elección.

Violín en mano, el protagonista de la noche salió al escenario y comenzó a dirigir el concierto de Beethoven. A primera vista parecía que el violín le estorbaba para comunicarse con la orquesta: sus movimientos lucían un poco acartonados y el tránsito de director a solista no resultaba muy natural a la vista. Sin embargo, fue una grata sorpresa presenciar cómo la orquesta respondía a sus indicaciones y lo bien que estaban sonando. Claramente la comunicación con la orquesta estaba sustentada en buenos ensayos y una clara comunicación de ideas, de modo que los gestos mínimos eran suficientes para que la maquinaria funcionara correctamente. Ante esto, la sensación de poca fluidez, que al principio inquietaba un poco, dejó de tener importancia y definitivamente quedó en segundo plano cuando Quarta tomó el violín. Bastaron unos pocos compases para que quedara claro por qué es un reconocido solista: muy buen sonido, completo dominio técnico, articulación nítida, pasajes virtuosísticos resueltos con perfección y soltura, pero lo que más me gustó de su interpretación fue la plasticidad de sus frases y la flexibilidad de sus tempi, además de la forma en que logró establecer un verdadero diálogo con la orquesta para construir juntos la obra. Sin duda ese es el principal logro de su apuesta como solista-director. Al final, después de salir varias veces al escenario llamado por los aplausos, y ahora nada más en su papel de solista, Quarta nos ofreció como encore el Recitativo und Scherzo de Fritz Kreisler, en el que destacó sobre todo la nitidez de las voces en los pasajes de cuerdas dobles.

Tras la pausa, con energía renovada y esta vez con batuta en mano, Massimo Quarta comandó a la orquesta para ofrecernos una agradable versión de la maravillosa sinfonía “Grande” de Schubert. Nunca había oído en vivo esta sinfonía, una de mis favoritas, y esperaba con mucha expectativa ese memorable canto inicial de los cornos... Lamenté que no se oyeran del todo sincronizados, pero rápidamente las cuerdas atraparon mi atención: su sonido renovado, muy bien ensamblado, lejos de ese sonido un tanto opaco de los últimos tiempos, fue reconfortante. En esta sinfonía pudimos apreciar un interesante trabajo de construcción paciente de crescendos, repeticiones variadas de los temas, cierta flexibilidad en los tiempos y, sobre todo, un muy buen trabajo de cohesión de la orquesta. De destacar fue la participación del oboe solista en el segundo movimiento.

En conjunto, fue una gratísima experiencia oír a la OFUNAM comandada por su nuevo director artístico. Parece que de esta colaboración saldrán cosas muy buenas.