Tanto por la elección de las piezas a tocar como por los solistas invitados, el tercer concierto de la temporada 2016-2017 que la Euskadiko Orkestra Sinfonikoa ofreció este martes en el Baluarte fue un cariñoso guiño al genio musical francés y a una sensibilidad artística que, en los años de su auge creativo, lograron dibujar a la perfección en el pentagrama los paisajes exóticos más próximos a sus fronteras geográficas y culturales.

Las pianistas Katia y Marielle Labèque © Brigitte Lacombe
Las pianistas Katia y Marielle Labèque
© Brigitte Lacombe

Bajo la batuta de su director titular, Jun Märkl, la EOS iniciaba la velada interpretando la Suite algérienne de Saint-Saëns. El rigor compositivo, así como el carácter extremadamente descriptivo de la pieza contribuyeron a que la orquestra acercara al Baluarte los aromas y sonoridades árabes de la ciudad norteafricana, y también el espíritu imperialista de la Europa de finales del siglo XIX. La ejecución fue brillante y briosa, exacta en marcar las diferencias entre los cuatro movimientos de la composición y, de esta manera, recrear cuanto pudo ver y sentir el autor por la tierra que le acogió en los últimos años de su vida.

La entrada en escena de las hermanas Labèque despertó cierta expectación, no solo por su encomiable e innovadora trayectoria artística, sino por el hecho de estrenarse en la interpretación del Concierto para dos pianos y orquesta de Poulenc. El look black and white que las pianistas eligieron para la velada parecía acorde con la obra que iban a ofrecer: no tanto por el hecho de reproducir los colores propios del teclado, cuanto tal vez por su complementariedad. De hecho, y al margen de recordar a melodías de Gershwin o Mozart, el concierto parece estar estructurado como si fuera una espiral de doble hélice: si es cierto que en muchas partes los dos pianos iban a compás, necesitándose el uno al otro, en muchas otras, uno de ellos era el protagonista con una melodía que puede ser tocada de manera individual y con el acompañamiento o bien del otro piano o bien de la orquesta o bien por ambos. La compenetración entre las dos hermanas fue excelente desde el inicio hasta el final. Quizá ligeramente menor fue el entendimiento entre las dos pianistas y la orquesta. En el primer movimiento sobre todo, la sonoridad de los instrumentos de viento llegó a cubrir el acompañamiento que Marielle le hacía a Katia, creando un efecto casi esotérico. Igual que el blanco (color de su traje) es la suma de todos los colores, su piano sumó en sí y solo por unos segundos –como por arte de magia– todos los demás instrumentos de la orquesta.

Para agradecer el calor y el aprecio que les tributó el público, las dos pianistas ofrecieron como propina una pieza del contemporáneo Philip Glass, el último de los Cuatro movimientos para dos pianos. Lograda fue la intensidad de los dos crescendos que, en poco más de tres minutos, irradiaron este género de resolución interna que puede llevar al hombre a la toma de decisiones importantes para su vida. Y fue precisamente con el final abrupto de esta pieza como Katia y Marielle cerraron una despedida que se difuminaba poco a poco en el escenario.

En la segunda parte del concierto, la EOS interpretaba dos de las Images para orquesta de Debussy: Ibérica y Ronde de printemps. La ejecución de ambas piezas fue brillante por la sonoridad conseguida por la orquesta, y vivaz por la reproducción de los ritmos que, propios de alguna región española, tópicamente se suelen atribuir a la idealización que los extranjeros se hacen de toda España. Al respecto, impecable fue el papel de las percusiones, y preciso el de las cuerdas en los compases que requerían el pizzicato o el convertir el violín en una mandolina.

La habitual cita con la EOS en el Baluarte no decepcionó al público en la sala, que pudo disfrutar de un concierto muy agradable, especial y cautivador.