El programa que la Orquesta Sinfónica de Euskadi presentó el pasado martes en el Baluarte de Pamplona tuvo como nota dominante el amor romántico, salpicado –pero solo por un instante– por un frenesí contemporáneo. La ejecución fue brillante gracias no solo a la profesionalidad de los músicos, sino también por la magistral dirección de Ainars Rubiķis y la actuación del pianista norteamericano Nicholas Angelich.

El pianista Nicholas Angelich, el director Ainars Rubiķis y la OE © Orquesta de Euskadi
El pianista Nicholas Angelich, el director Ainars Rubiķis y la OE
© Orquesta de Euskadi

Fue precisamente a este último a quien le tocó encender la velada en el auditorio navarro, ofreciendo una interpretación del Concierto núm. 4 de Beethoven. Desde el solo de los compases iniciales, Angelich dio muestra de una sensibilidad y una delicadeza tales que lograron crear la atmósfera propicia para que en la sala apareciera aquel arquetipo de amor romántico que Jane Austin, por ejemplo, describió con todo detalle en sus novelas. Con pinceladas seguras, el pianista estadounidense fue rellenando el escenario con diferentes acuarelas que hacían recordar los paisajes brumosos del sur de Inglaterra, así como fuentes bulliciosas de agua cristalina. La sintonía con los músicos y el director fue extraordinaria. Si el efecto que Rubiķis quiso dar con el contraste entre la discreción, decidida y acompasada, del piano, por un lado y la sonoridad energética de la orquesta, por el otro, fueron la mejor explicación que se podía dar de la tempestad emocional que el romanticismo abanderó en todas sus expresiones artísticas; las conversaciones que se pudieron escuchar entre el instrumento solista y las cuerdas o los instrumentos de viento, repitiendo motivos tocados alternativamente por uno y por los otros, convirtieron el escenario en una de estas salas de estar del ochocientos que protagonizaron muchos dramas amorosos. El público no pudo nada más que rendirse ante una interpretación tan emotiva y técnicamente precisa, agradeciendo calurosamente a Angelich.

La reanudación de la velada rompió el clima romántico, presentándose la obra Fragmentos del Satiricón de Buide del Real. A pesar de que el público que acude al Baluarte con mayor asiduidad tuviese la oportunidad de escuchar esta pieza del joven compositor gallego hará poco más de un mes pudo apreciar la importancia de un director de orquesta. Si el tecnicismo intrínseco de la obra hace necesaria cierta preparación previa y, sin lugar a duda, unos conocimientos musicales de cierta envergadura para apreciar la partitura; es igualmente cierto que el toque personal que el director da a la interpretación de una pieza puede destacar sonoridades nuevas que pueden resultar, cuando menos, interesantes. Y esto es lo que hizo precisamente Rubiķis.

Volvimos al amor romántico con la interpretación de la Obertura-fantasía del ballet Romeo y Julieta de Tchaikovsky. La OSE siguió siendo brillante en la interpretación de una partitura para ballet, ya de por sí altamente descriptiva. Con toques precisos y con una sonoridad redonda, director y orquesta fueron capaces de explicar resumidamente la historia de los dos amantes de Verona, y resaltando adecuadamente no solo los momentos de tensión y los de pasión de aquella historia, sino también la madurez técnica y compositiva que el autor alcanzó en su última versión de la obertura en cuestión, acercándole así a los cánones compositivos de comienzos del siglo XX. Empezando con sordina, la intensidad fue aumentando conforme la OSE iba cambiando de página en la partitura, alcanzando su punto culminante tanto en el cuadro del enfrentamiento entre los Montecchi y los Capuleti como, sobre todo, en el más conocido tema del amor y su desenlace final.

Para demostrar que sin los integrantes de la OSE, su éxito no habría sido posible, en su última salida al escenario el joven director lituano quiso compartir con los músicos los aplausos brindados por el público. Y, como raptado por ese amor romántico que caracterizó la velada, abandonó el escenario cogido de la mano de una de las violinistas.